Shinkō to Risei no Aida de - Capítulo 1
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- Capítulo 1 - 1 CAPÍTULO 1 — El vértigo de creer
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1: CAPÍTULO 1 — El vértigo de creer 1: CAPÍTULO 1 — El vértigo de creer —Un placer, señor Rant —dijo el pastor, estrechándole la mano con una sonrisa cansada pero sincera.
—No, no… gracias a usted.
De verdad —respondió Rant—.
Me ha ayudado mucho.
El despacho olía a madera antigua y a páginas subrayadas.
No era un lugar solemne, pero sí honesto.
Un refugio.
El pastor asintió despacio, como si supiera que no todas las batallas se ganan con respuestas.
—Que Dios lo bendiga —dijo al final.
—Igualmente.
La puerta se cerró con un sonido suave, casi respetuoso.
Rant caminó unos pasos por la calle, dejó que el aire frío le rozara el rostro y, entonces, pensó: Por Dios… es demasiado difícil ser filósofo y poeta creyendo en Dios.
No era una queja.
Era una constatación.Y aun así, nunca —jamás— dejaría de creer en Él.
Creía en Dios…y creía en el Timelapse de la vida: ese proceso lento, invisible, en el que el alma madura sin pedir permiso.
Más tarde, Rant yacía boca arriba en su cama.
El techo era blanco, silencioso, como si esperara una confesión.
Su teléfono vibraba suavemente entre sus manos.
Le escribía a Luna.
Su novia.Su pausa.Su misterio.
Le envió una foto del poema que acababa de escribirle.
**Llegaste tarde,pero el tiempo fue quien se disculpó primero.
Traías en los ojos el cansancio de haber buscado sentido,y en la voz,la calma de quien ya no huye.
No eras lo que pedí,eras lo que quedó cuando dejé de pedir.
A veces el amor no llega tarde:llega cuando uno ya es capaz de sostenerlo sin romperlo.** Rant dejó el celular sobre su pecho.
Sonrió apenas.
No por orgullo, sino por gratitud.
Amar, para él, nunca había sido poseer; siempre había sido comprender sin reducir.
Entonces estiró el brazo, tomó su Biblia de la mesita y la abrió.Quinta vez.La misma Palabra.Una lectura distinta.
Cada relectura no le daba respuestas nuevas, sino preguntas más precisas.
¿Dios me va a querer aun así… siendo filósofo y poeta?La pregunta no nacía del miedo, sino del respeto.
Como si amar a Dios implicara no mentirse frente a Él.
Suspiró.
Cerró la Biblia con cuidado y sacó una hoja suelta, llena de anotaciones escritas a mano.
Filosofía.
Su otra forma de oración.
Leyó en voz baja, como si se confesara a sí mismo: **La libertad no debe entenderse como capacidad de elegir,sino como imposibilidad de no elegir.
Incluso la renuncia es una decisión.Incluso la obediencia presupone una voluntad que consiente.** Hizo una pausa.
**Aquí yace el drama humano:estamos arrojados a un mundo sin manual,pero cargados con la responsabilidad de interpretarlo.
La libertad no se experimenta como poder,sino como vértigo.
No abre caminos seguros;los exige.** Rant cerró los ojos.
**Quien busca refugio en sistemas cerrados —ideologías, dogmas mal comprendidos, identidades absolutas— no busca verdad, sino anestesia.
Prefiere la certeza falsa al riesgo real.
Pero toda certeza totales, en el fondo,una negación de la libertad.** El silencio volvió a llenar la habitación.
—Parece que tengo dos vidas… —murmuró.
Pero no era verdad.No del todo.
Amaba a Dios.Amaba la filosofía.
Y sabía que estaba mal amar algo o a alguien más que a Dios.Pero jamás había dicho eso.
Su meta de ser el mejor filósofo y el mejor poeta del mundo seguía intacta.No como soberbia, sino como vocación.
Y en algún punto —lo sabía— también sería pastor.
Tal vez su camino no era elegir entre fe y pensamiento.Tal vez su cruz era pensar creyendo y creer pensando.
Y aunque doliera… ese vértigo también era una forma de gracia.
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