SISTEMA BIOCOMPUTACIONAL SUPERORDENADOR - Capítulo 327
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Capítulo 327: El Salón Loto Rojo (22)
Erik y los demás irrumpieron por la entrada principal del Palacio Rojo y salieron al fresco aire de la noche. La adrenalina les corría por las venas, pues sabían que la banda los estaba persiguiendo.
Acababan de luchar en el club; lograron escapar del edificio en llamas, pero el peligro estaba lejos de terminar.
Podían oír el sonido de pasos acercándose cada vez más detrás de ellos y el eco de voces que les gritaban que se detuvieran. Todos corrían tan rápido como podían, sin atreverse a mirar atrás por miedo a reducir la velocidad y ser atrapados.
El corazón de Marta le martilleaba en el pecho mientras corría, su mente acelerada con pensamientos de lo que podría pasar si los atrapaban. Echó un vistazo a Erik, que lideraba el camino con su Flyssa en la mano. Parecía tranquilo y sereno, con la mirada fija en el camino que tenían por delante.
—No puedo creer que nos persigan como a ratas —gruñó Mikey, mientras el sudor le chorreaba por la cara.
—Ya ves, ¿no? Esto es una locura —dijo Floyd, respirando hondo para seguir el ritmo de los demás.
—Quizá deberíamos separarnos —sugirió Benedicto, mirando por encima del hombro al grupo que se acercaba—. Podríamos despistarlos más fácilmente si lo hacemos.
—Ni hablar, es demasiado arriesgado —respondió Erik, recorriendo las calles con la mirada en busca de una posible ruta de escape.
—Estoy de acuerdo con Erik —dijo Gwen, con los puños apretados con determinación—. Tendremos más posibilidades juntos.
—No vamos a luchar contra ellos, ¿verdad? —preguntó Amber, pero con sus dagas preparadas.
—No, no lo haremos —dijo Erik—. A no ser que nos atrapen —añadió, mirando hacia el Salón Loto Rojo, de donde vieron salir a diez hombres. El joven miró entonces a Aaron.
—Aaron, coloca toda la baba que puedas entre nosotros y el enemigo. —Luego se giró para mirar a su novia. El largo pelo rojo de Amber estaba pegado a su frente, y ella se secó el sudor con el dorso de la mano.
Las gafas se le habían resbalado por la nariz debido al esfuerzo, y se las subió con un dedo. Su respiración era entrecortada y jadeante, y su pecho se agitaba con el esfuerzo de correr.
A pesar de su agotamiento, mantuvo el ritmo, sabiendo que no podían permitirse bajar la velocidad con sus perseguidores pisándoles los talones.
Su ropa estaba empapada en sudor y podía sentir la tela húmeda pegada a su piel. Le ardían las piernas por el esfuerzo de mantener el ritmo, y sentía los brazos pesados por el cansancio. Echó un vistazo a Erik, que también respiraba agitadamente, pero pudo ver la determinación en sus ojos.
Sabía que no podían rendirse, por muy cansados que estuvieran. Amber apretó los dientes y se esforzó más, ignorando el dolor de sus músculos.
—Amber —dijo Erik—. Sé que estás cansada, pero debes usar tu poder ahora.
La chica lo miró con expresión severa. —¿Aquí? ¿En medio de la ciudad? ¿Y qué pasa con los demás?
—No hay tiempo para preocuparse por los demás, Amber. La situación ya es un desastre; no hay ni rastro de los hombres de tu padre, y han muerto seis de nuestros compañeros, eso sin contar a los padres. ¡Debemos apañárnoslas con lo que tenemos para sobrevivir! —respondió Erik.
—Aun así, tenemos que tener cuidado —dijo Gwen, rompiendo la tensión—. Su poder es lo bastante fuerte como para destruir la manzana. Morirá mucha gente si no tiene el suficiente cuidado.
Amber agradeció el apoyo de Gwen, pero sabía que Erik tenía razón y, a pesar de que en realidad no quería hacerlo, creó su gas corrosivo y cubrió su huida.
Al mismo tiempo, detrás de ellos, Simone estaba con los otros nueve hombres y en ese momento perseguía a los chicos. Estaba atónito; sabía que los estudiantes del Palacio Rojo no serían adolescentes normales, pero nunca se esperó aquello.
Lucharon como leones; incluso mataron a algunos de sus hombres y lograron huir de la trampa que él había tendido meticulosamente. Sí, recibieron ayuda todo el tiempo, pero aun así no era una situación normal. Cuando decidió el número de hombres que colocaría en el club, redujo el número a propósito.
Como los padres ya habían sido drogados, no había razón para llevar a cientos de hombres solo para matar a un puñado de críos. Y, sin embargo, ese mismo puñado de críos logró liberar a los rehenes, despertarlos, y ahora incluso habían escapado. Los subestimó y pagó el precio.
Con esos pensamientos en mente, vio a Aaron lanzar un montón de baba al suelo. Sin embargo, el joven estaba muy equivocado si pensaba que eso bastaría para ralentizarlos.
Después de todo, ellos eran más fuertes y rápidos que los estudiantes, así que era seguro que los atraparían tarde o temprano. Sin embargo, simultáneamente, vio a Amber liberar sus gases, que rápidamente cubrieron toda la calle.
La joven aún tenía la mayor parte de su maná intacto, ya que había luchado con sus dagas y podía usar todo su maná para crear la nube de gas más destructiva posible.
También estaba claro que, desde que había aumentado sus enlaces neurales tras el ataque en el bosque, su poder era más letal que nunca, y era una lástima que no hubiera podido usarlo dentro del club, ya que sus amigos estaban allí. Si hubiera estado sola, la historia habría sido otra.
Lo primero en desaparecer fue el asfalto de la calle. Empezó a disolverse, dejando tras de sí un lodo negro y burbujeante. Luego, el metal de los coches cercanos comenzó a erosionarse, convirtiéndose en nada más que carcasas oxidadas.
Pero no solo los objetos artificiales se vieron afectados. La vegetación al borde de la carretera empezó a marchitarse y morir a medida que el gas ácido devoraba las hojas y los tallos. Las llamas comenzaron a prender en el follaje seco, extendiéndose rápidamente por los árboles y arbustos.
Mientras Amber continuaba liberando el gas, la escena se volvió cada vez más caótica. El fuego se extendía con rapidez, y estaba claro que la situación se estaba descontrolando a gran velocidad.
De repente, se oyó un fuerte crujido cuando un tendido eléctrico cercano fue disuelto por el gas. Saltaron chispas por todas partes y la zona se sumió en la oscuridad. Las llamas eran la única fuente de luz, y proyectaban sombras parpadeantes sobre los edificios circundantes.
Amber abrió los ojos y miró hacia atrás, horrorizada por la destrucción que había causado. Su intención había sido usar sus poderes para ayudar a la gente, no para causar este tipo de devastación. Pero ahora se enfrentaba a la terrible realidad de lo que sus poderes eran capaces de hacer. Al mismo tiempo, Simone observaba la escena; era aterradora.
Esa era la diferencia entre la gente corriente y la élite. Sus poderes de cristal cerebral los hacían ricos, poderosos o lo que fuera, y podía entender por qué el Palacio Rojo solo aceptaba a estudiantes excepcionales. Si este era el poder que solían obtener, entonces era obvio por qué lo hacían.
Cuando Marta vio que los matones seguían persiguiéndolos a pesar de la niebla, decidió hacer algo. Concentró su energía e invocó sus enredaderas espinosas, que salieron disparadas del suelo y se enroscaron en las piernas de los perseguidores. Ellos tropezaron y cayeron, sorprendidos por el repentino ataque.
Simone, el líder de los matones, se quedó atónito por un momento. Pero luego ladró órdenes a sus hombres, diciéndoles que se liberaran y siguieran persiguiendo. Marta sabía que tenía que mantenerlos atrapados un poco más.
Invocó más enredaderas, que se hicieron más gruesas y fuertes, atrapando a los perseguidores con más fuerza aún. Forcejeaban y maldecían, pero era difícil liberarse. Marta y los demás aprovecharon la oportunidad para seguir corriendo, con sus pasos resonando en el pavimento. Sabían que no podían detenerse hasta estar muy lejos del peligro.
Marta vio cómo el rostro de Simone se contraía de ira y frustración a medida que ganaban distancia, con sus ojos moviéndose de un lado a otro.
Ella y los demás siguieron corriendo, y una expresión feroz apareció en su rostro; quizá iban a lograrlo.
—Deberíais habéroslo pensado dos veces antes de meteros con nosotros —dijo Floyd de repente a los matones, con voz fría y amenazadora.
Simone escupió en el suelo. —¡Al final os atraparemos! —gritó de vuelta, con la voz chorreando malicia.
Floyd se rio de eso. —Buena suerte con eso —dijo, dándose la vuelta y echando a correr.
Al final, los matones lograron liberarse de las enredaderas, pero la baba y el gas los esperaban. Tenían que atravesar aquel gas infernal si querían atrapar a los chicos. Dudaban en hacerlo, ya que acabarían heridos, pero el problema era que, debido a la personalidad de Matthew, iban a morir si no atrapaban a los chicos.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Britney. Era una de las supervivientes, pero no estaba en buena forma.
—No hay mucho que podamos hacer. Por ahora corremos —dijo Erik—. Luego nos esconderemos y esperaremos a que lleguen los hombres de Caiden, pero no sé dónde están ahora. Amber, ¿puedes encargarte de esto?
—Sí.
El grupo serpenteaba por las sinuosas calles de la ciudad, manteniendo un perfil bajo e intentando evitar cualquier atención no deseada.
Erik, en particular, estaba en alerta máxima, sabiendo que la banda de la Cruz de Cristal seguía buscándolo, pero al menos habían conseguido perder a los Mambas, por ahora. Sin embargo, estaba claro que seguían buscándolos y, probablemente, no estaban lejos. Su ventaja era solo temporal.
Al acercarse a una gran plaza, oyeron cómo los sonidos de una bulliciosa multitud se hacían más fuertes. El grupo dudó, sin saber cómo proceder, ya que podría haber más hombres de los Mambas escondidos entre la gente.
Además, era sabido que donde había grandes multitudes, también había tiendas, y si eso era cierto, significaba que la banda de la Cruz de Cristal estaba cerca, ya que les cobraban protección.
De repente, se vieron arrastrados por la masa de gente, que se empujaba para hacerse un hueco en la abarrotada plaza.
El ruido era ensordecedor; las voces, la música y el estrépito del gentío se mezclaban en una cacofonía de sonido que no hacía más que aumentar la ansiedad de los chicos. El grupo intentó permanecer unido, pero la presión de los cuerpos lo dificultaba.
Justo cuando empezaban a sentirse atrapados, vieron a un grupo de miembros de la banda de la Cruz de Cristal acercándose desde el otro lado de la plaza. Amber empezó a sentir un poco de pánico, pues sabía que seguían buscando a su novio.
Los ojos de Erik escudriñaron a la multitud, tratando de encontrar una salida a ese caos. Vio un callejón estrecho al otro lado de la plaza e hizo un gesto al resto del grupo para que lo siguieran. Asintieron y se abrieron paso rápidamente entre la marabunta de gente hacia el lugar.
Mientras avanzaban, atisbaron a los miembros de la banda de la Cruz de Cristal acercándose peligrosamente. Las manos de Erik se aferraron a su flyssa, y lo mismo hicieron los demás con sus respectivas armas, preparándose para la posible confrontación.
Sin embargo, tras unos tensos momentos, los pandilleros pasaron de largo, pues no se fijaron en los estudiantes del Palacio Rojo.
El grupo se precipitó por el estrecho callejón, con el corazón palpitando por la adrenalina. Erik se detuvo para recuperar el aliento y miró a sus compañeros. Todos jadeaban y sudaban, con los ojos desorbitados por el miedo.
Sabía que habían escapado por poco del peligro una vez más, pero no podía quitarse la sensación de que la banda de la Cruz de Cristal se vería involucrada de alguna manera y que la próxima vez podrían no tener tanta suerte.
—¿Por qué hemos venido corriendo aquí de repente? —preguntó Patricia. No sabía que la banda de la Cruz de Cristal estaba buscando a Erik.
—Es una larga historia —respondió Floyd—. No es el momento adecuado para contarla.
El grupo intentó permanecer oculto, pero la ansiedad era alta y les costaba manejarla. Tenían que seguir moviéndose para evitar no solo a los Mambas, sino también a los miembros de la banda de la Cruz de Cristal, pero la multitud en las calles adyacentes lo dificultaría.
—Creo que lo mejor sería ir al distrito este. Podemos ir por el parque y llegar al distrito este sin que nos molesten —dijo Erik.
—Es una buena idea; el único problema es que ahora mismo estamos en el lado opuesto, así que para ir al parque, tendríamos que meternos otra vez entre la multitud —dijo Gwen.
—Sí, ya lo sé —dijo Erik—. Pero no tenemos otra opción.
—Tomemos un respiro, ¿vale? —dijo Jacob al observar el agotamiento en los ojos de sus amigos.
—Vale, pero no podemos perder mucho tiempo —dijo Erik—. Solo un par de minutos.
—De acuerdo.
Aaron y Mikey se miraron. Había algo que aún no habían tenido tiempo de digerir, y Mikey rompió el silencio. —¿Así que murió, eh? —dijo, con la voz apenas por encima de un susurro.
Aaron asintió, con la mirada baja. —Sí… Es que parece tan irreal.
—No dejo de pensar en todos los momentos que pasamos juntos —dijo Mikey, con la voz ahogada por la emoción—. Todos los recuerdos que creamos, y ahora, simplemente… se ha ido. —Aaron le puso una mano tranquilizadora en el hombro a su amigo. —Lo sé, tío. Es duro. Pero tenemos que ser fuertes ahora; no podemos dejar que nuestras emociones nos dominen.
Mikey lo miró, con los ojos enrojecidos por las lágrimas. —Sí —dijo, con la voz cargada de emoción—. Recordaremos los buenos momentos, las risas y las aventuras. Nos aferraremos a eso y seguiremos viviendo.
Continuaron esperando en silencio unos instantes, perdidos en sus pensamientos y recuerdos de su amigo caído. Mientras tanto, la situación de los demás no era mejor. Ya habían perdido suficiente tiempo, pero al menos habían recuperado algo de energía.
A Marta le temblaban las manos mientras intentaba controlar su respiración, no queriendo llamar la atención.
Gwen escudriñó la calle adyacente para averiguar dónde estaban los matones. Los localizó rápidamente y se lo dijo a Erik. El problema era que no solo había miembros de la banda de la Cruz de Cristal, sino también Mambas. Simone y los demás por fin habían llegado.
—Vamos —dijo El despertador, y con eso, se dirigieron de nuevo hacia la multitud. Sin embargo, mientras la atravesaban, maltrechos, amoratados y heridos, empezaron a llamar la atención. Ya habían tenido la suerte de evitarlo la primera vez, pero no podían tenerla dos veces.
Britney se dio cuenta entonces de que se acercaba un grupo de curiosos y comprendió que estaban a punto de ser descubiertos. —Tenemos que movernos —susurró con urgencia a los demás.
Pero era demasiado tarde. Uno de los curiosos miró en su dirección. —Este tipo está herido —dijo mientras señalaba las heridas del pecho y el hombro de Erik.
Inmediatamente, la atención de los pandilleros se centró en el grupo, pero por suerte solo eran los Mambas. Simone y los demás empezaron a abrirse paso entre la multitud, decididos a alcanzar a Erik y los demás.
Erik y sus amigos intentaron moverse más deprisa, pero la multitud era densa y los empujaban y zarandeaban por todos lados.
El pánico se apoderó de ellos al darse cuenta de que estaban atrapados. Los matones se acercaban y no parecía haber escapatoria. Las manos de Amber brillaron con una espeluznante luz verde y se preparó para liberar su gas corrosivo como último recurso.
Pero entonces, una fuerte conmoción llamó la atención de los pandilleros. Mikey usó su poder para invocar sus insectos carnívoros, que asustaron a la multitud. Los matones se giraron para ver qué estaba pasando.
—¡Buen trabajo, Mikey! —dijo Floyd.
Era justo la distracción que el grupo necesitaba. Se escondieron mejor y corrieron tan rápido como pudieron, esquivando a los curiosos.
Finalmente, se encontraron en la calle adyacente. Aunque los Mambas seguían pisándoles los talones, podían verlos venir en su dirección desde lejos.
El grupo siguió corriendo por los retorcidos callejones de la ciudad, con sus pasos resonando en el pavimento mientras esquivaban esquinas y saltaban obstáculos. Pero de repente, Britney soltó un grito de dolor y cayó al suelo, agarrándose el tobillo.
—Ay, ay, ay —gimió, con las lágrimas corriéndole por la cara—. Creo que me he torcido el tobillo.
Los demás se reunieron rápidamente a su alrededor, intentando ayudarla a levantarse. Pero Britney hizo una mueca de dolor y se apartó.
—Lo siento, me duele demasiado —dijo—. No puedo apoyarlo. —El miedo era evidente en sus ojos.
Aaron se arrodilló a su lado y le examinó el tobillo. —Está claramente hinchado —dijo—. Tenemos que seguir moviéndonos, pero no podemos dejar atrás a Britney.
Erik asintió. —Tendremos que llevarla —dijo—. Pero tenemos que hacerlo con cuidado. No podemos permitirnos ir mucho más despacio.
Gwen dio un paso al frente. —Yo puedo llevarla —dijo. Britney la miró, con la gratitud escrita en su rostro. —Gracias —dijo ella.
Gwen se agachó y, con cuidado, Britney saltó a su espalda para que la llevara a caballito. Los demás se reunieron a su alrededor, formando un círculo protector mientras empezaban a moverse de nuevo.
Pero llevar a Britney resultó ser más complicado de lo que esperaban, ya que tuvieron que tomar caminos secundarios para evitar las multitudes. Esos callejones eran estrechos y retorcidos, y había obstáculos por todas partes, lo que dificultaba su huida.
Gwen tuvo que sortear con cuidado montones de escombros, cristales rotos y otros detritos, todo ello mientras intentaba mantener a Britney lo más estable posible mientras caminaban por los callejones.
Mientras tanto, el resto del grupo estaba en alerta máxima, escudriñando los alrededores en busca de cualquier señal de peligro. Al doblar una esquina, oyeron de repente gritos a sus espaldas. —¡Os tengo! —gritó Simone. Por fin había conseguido alcanzar a los chicos.
El grupo se quedó helado y Erik les hizo una seña para que se metieran en un callejón cercano. Pero mientras bajaban apresuradamente por el estrecho pasadizo, se dieron cuenta de que era un callejón sin salida.
El pánico cundió al oír el sonido de pasos que se acercaban; sabían que estaban atrapados.
—¡Mierda! —gritó Floyd.
—Estamos acabados —susurró Aaron, con el miedo escrito en su rostro.
Pero justo entonces, Marta dio un paso al frente, con los ojos encendidos de determinación. —Todavía no —dijo.
Levantó los brazos y del suelo brotaron enredaderas espinosas, formando una especie de escalera de lianas que les permitió superar el muro de ladrillo que les cerraba el paso.
Inmediatamente pisaron las enredaderas y, corriendo sobre ellas, superaron el obstáculo. Siguieron corriendo, con Britney todavía a la espalda de Gwen, pero sabían que no podían mantener ese ritmo para siempre. Eran demasiado lentos.
Cuando salieron por el otro lado del callejón, pasando el muro, las enredaderas desaparecieron y los matones se quedaron frente a esa enorme pared que no podían superar.
—Tenemos que buscar un rodeo —dijo Simone.
Al mismo tiempo, Erik y los demás consiguieron por fin llegar a la entrada del parque. El problema era que los Mambas seguían pisándoles los talones y sabían adónde se dirigían. El parque era la solución obvia para escapar, ya que era el lugar más cercano donde podían esconderse.
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