SISTEMA BIOCOMPUTACIONAL SUPERORDENADOR - Capítulo 329
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Capítulo 329: La persecución (2)
Erik contempló el extenso parque que se abría ante él, absorbiendo las vistas y los sonidos de la bulliciosa atracción. Era una vasta extensión de exuberante vegetación salpicada de flores coloridas e imponentes árboles que susurraban con la suave brisa de la noche de verano.
El parque estaba lleno de visitantes, jóvenes y mayores, familias y parejas, todos disfrutando de las muchas atracciones que el lugar ofrecía.
Este lugar era un parque de atracciones con temática de naturaleza, una mezcla de parque natural y de diversiones.
De hecho, a lo lejos, Erik podía ver las luces centelleantes de una montaña rusa y oír los gritos de emoción que brotaban de sus ocupantes.
Cerca de allí, una noria giraba lentamente, ofreciendo una vista de pájaro del parque y de la ciudad más allá. Erik podía oír la música de un concierto al aire libre, con los animados sones de una banda de metales y el canto de un talentoso artista que el viento transportaba.
Varios vendedores ambulantes vendían todo tipo de tentempiés y recuerdos, tanto en la entrada como en el interior del lugar.
El dulce aroma del algodón de azúcar, las palomitas de maíz y los frutos secos tostados llenaba el aire, tentando a los visitantes a darse un capricho. Los niños corrían de un lado para otro con globos y juguetes, y sus risas alegres resonaban por todo el parque.
Sin embargo, la parte de hormigón no abarcaba la totalidad del parque, y la mayor parte era simplemente naturaleza salvaje; de hecho, solo una zona específica del lugar estaba iluminada por las luces; el resto estaba en completa oscuridad, pues el sol ya se había puesto.
—Vamos a entrar —dijo Erik, y con eso, él y los demás se precipitaron dentro a toda velocidad. No tardaron en llegar a la entrada del lugar. Allí había sobre todo hormigón, y los edificios de madera estaban hechos para integrarse en el entorno.
—¿Podremos salir de ahí? —preguntó Amber.
—Lo haremos —respondió Erik, e inmediatamente ordenó al sistema que hiciera un seguimiento de su posición y los guiara en la dirección correcta.
Erik y su grupo se lanzaron adentro, pasando la puerta de entrada, con los pies martilleando contra el sendero de hormigón mientras corrían a toda velocidad. Zigzaguearon entre bancos y árboles, con el entorno convertido en un borrón mientras intentaban poner la mayor distancia posible entre ellos y sus perseguidores.
Los chicos vieron a parejas cogidas de la mano, paseando por los sinuosos senderos y disfrutando de la serena belleza del parque.
Había familias de pícnic sobre la hierba mullida, disfrutando de una cena al aire libre. Grupos de amigos se reunían, planeando su próxima aventura o haciéndose selfis para recordar el día.
Al pasar junto a una pareja que los observaba correr a toda velocidad, el despertado no pudo evitar preguntarse qué estarían pensando de ellos mientras se adentraban en el lugar a toda prisa.
Floyd miró a su alrededor con asombro mientras el grupo corría por el parque, absorbiendo las vistas y los sonidos. —Vaya, nunca antes había estado aquí —dijo—. Es mágico —añadió el joven.
Mikey, que corría a su lado, pareció sorprendido. —¿Por qué no? —preguntó.
Floyd se encogió de hombros. —No lo sé. Mi padre siempre me llevaba de viaje fuera de la ciudad y en casa teníamos todo lo que necesitábamos. Supongo que nunca se nos ocurrió venir.
Mikey asintió, pero sintió un poco de envidia por la riqueza de Floyd. —Sí, lo entiendo. Yo tampoco he estado en muchos sitios. De pequeño, mi familia no tenía mucho dinero, así que no podíamos permitirnos ir de vacaciones ni nada por el estilo.
Mientras seguían corriendo, Floyd miró las atracciones del parque. —Tengo que tomar nota mental de volver aquí en cuanto termine esta situación —dijo.
Erik, que corría al frente del grupo, miró a Floyd por encima del hombro. —Me alegro de que te guste —dijo—. Pero sigamos avanzando. No podemos permitirnos bajar el ritmo de esta manera ni malgastar energía en cháchara.
Floyd era así, siempre optimista y bromeando a menudo. El joven asintió y aceleró el paso, corriendo más rápido para no quedarse atrás.
Mientras se adentraban más, llegaron a un estanque cuyas tranquilas aguas reflejaban los árboles y el cielo circundantes. Unos patos nadaban perezosamente en el agua y se podía ver una pequeña barca de pedales flotando a la deriva por la superficie.
Sin embargo, a medida que se adentraban más, el paisaje cambió. El sendero de hormigón y los céspedes ocasionales dieron paso a un camino de tierra rodeado de altos árboles que normalmente filtraban la luz del sol y proyectaban sombras moteadas en el suelo, pero para ellos en ese momento, significaba adentrarse en un mundo de oscuridad.
El sonido del agua corriente se hizo más fuerte a medida que se acercaban a un pequeño arroyo artificial que atravesaba el parque, con su superficie brillando a la luz de la luna, pero los chicos tenían dificultades para orientarse en el bosque. Tenían algunas linternas, pero usarlas era arriesgado, ya que, de hacerlo, básicamente les estarían revelando su posición a los Mambas.
El sendero serpenteaba alrededor del arroyo, llevándolos más allá de grupos de arbustos y parcelas de flores silvestres. Erik vislumbró un parque infantil a lo lejos, con un tobogán de un amarillo brillante y columpios que se mecían con la brisa.
Doblaron una curva y salieron a un claro, donde una gran fuente se erguía en el centro. El agua caía en cascada desde el nivel superior, chapoteando en el estanque inferior con un sonido relajante.
El sistema siguió dándole indicaciones hasta que divisó un pequeño puente que cruzaba el arroyo al otro lado del claro y que conducía a otro sendero que se adentraba más en el parque.
Sin mediar palabra, hizo un gesto a los demás para que lo siguieran y cruzaron el claro a toda prisa. Ya no había gente a esa profundidad del parque porque era tarde, pero apostaría a que ese lugar habría estado lleno de gente durante el día, sin importar lo remoto que fuera.
Al acercarse al puente, Erik pudo ver que estaba hecho de tablones de madera, desgastados por los años de uso. El arroyo de abajo era poco profundo pero de corriente rápida, y el agua formaba espuma al caer sobre rocas y troncos.
Erik aceleró el paso, instando a los demás a hacer lo mismo. Britney hacía una mueca de dolor con cada paso que daba Gwen; el tobillo de esta le latía dolorosamente cada vez que se movía, pero apretó los dientes y siguió adelante.
Llegaron al otro lado del puente y Erik giró a la izquierda, siguiendo el sendero que se adentraba más en el parque. Al mismo tiempo, Simone llegó al parque y empezó a buscarlos; el problema era que no resultaba fácil.
Los chicos solo oían el crujido de las hojas bajo sus pies y el ulular ocasional de un búho.
A medida que la noche se oscurecía, Marta empezó a sentirse inquieta. No podía ver más allá de unos pocos metros, y las sombras parecían moverse con cada ráfaga de viento. Cada crujido en los arbustos le aceleraba el corazón y no podía evitar sentir que la observaban.
La oscuridad del parque natural parecía jugarle malas pasadas a su mente, haciendo que su imaginación se desbocara. Cada sonido parecía más fuerte y cada sombra más amenazante. Marta intentó calmarse, recordando que ahora se encontraba en un lugar relativamente seguro, pero el miedo persistía.
Sin embargo, la joven se detuvo en seco de repente, boqueando en busca de aire. Se le oprimió el pecho y sintió que no le llegaba suficiente aire a los pulmones. Empezó a hiperventilar, con todo el cuerpo temblando de miedo.
Benedicto se dio cuenta de inmediato y corrió a su lado. Le puso una mano tranquilizadora en el hombro y le frotó suavemente la espalda, hablándole con voz sosegada.
—Marta, tranquila. Solo respira hondo y despacio. Estás a salvo, y todos estamos aquí contigo —dijo Benedicto.
Marta asintió frenéticamente, con las lágrimas corriéndole por la cara. Intentó seguir las instrucciones de Benedicto, inhalando profundamente y exhalando lentamente. Pero su ataque de pánico solo parecía empeorar.
—Vamos a morir. Nos van a atrapar, no podemos hacer nada para evitarlo.
Benedicto respiró hondo y probó una táctica diferente. Se arrodilló frente a su amiga y le cogió las manos.
—Marta, mírame. Estás a salvo aquí con nosotros. Eres fuerte y puedes superarlo. Concéntrate en mi voz y sigue mi respiración —dijo Benedicto, tomando respiraciones lentas, sonoras y deliberadas.
Marta asintió, con los ojos fijos en los de Benedicto. Intentó acompasar su respiración con la de él, inhalando cuando él lo hacía y exhalando cuando él exhalaba. Poco a poco, su respiración empezó a regularse y el ataque de pánico comenzó a remitir.
Benedicto sostuvo las manos de Marta, hablándole con una voz suave y tranquilizadora. El resto del grupo se quedó cerca, observando con preocupación, pero dándoles espacio a los dos.
«Mierda…», se dijo Erik. Aquella situación era de todo menos oportuna.
Al cabo de unos minutos, la respiración de Marta volvió a la normalidad y empezó a relajarse un poco. Benedicto la ayudó a ponerse en pie y pronto el grupo reanudó la carrera, con la mano de Benedicto agarrando firmemente la de Marta.
—Gracias —le susurró Marta a Benedicto.
—Cuando quieras —respondió él con una sonrisa.
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