SISTEMA BIOCOMPUTACIONAL SUPERORDENADOR - Capítulo 336
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- Capítulo 336 - Capítulo 336: La Persecución (9)
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Capítulo 336: La Persecución (9)
Erik y los demás corrían por las ajetreadas calles de la ciudad, intentando mezclarse con la multitud. El miedo y la aprensión eran palpables en el aire mientras intentaban mantener un perfil bajo, con la esperanza de no atraer la atención sobre sí mismos.
Estaban todos heridos y asustados, y la amenaza de los Mambas persistía en sus mentes.
Erik, que lideraba el grupo, miró por encima del hombro para comprobar si todavía los seguían. Habían logrado perder de vista a los matones, pero era demasiado pronto para respirar aliviados.
Sentía el corazón latiéndole con fuerza en el pecho, pero el sistema lo calmó de inmediato. —Seguid moviéndoos —masculló, instándolos a avanzar—. No podemos quedarnos aquí.
El grupo se abrió paso entre la multitud, intentando permanecer juntos mientras recorrían las calles de la ciudad. Mantenían la cabeza gacha, evitando el contacto visual para impedir que los reconociera cualquiera que pudiera hacerlo.
Cada ruido los hacía sobresaltarse y cada movimiento brusco les aceleraba el corazón. No podían quitarse de encima la sensación de que los Mambas acechaban en algún lugar cercano, esperando para atacar.
Erik no dejaba de mirar por encima del hombro, paranoico con que los estuvieran siguiendo.
Era consciente de que la misión iba a ser difícil cuando aceptó la propuesta de Anderson, pero todo se había ido al traste.
Al doblar una esquina, casi chocaron con un grupo de gente. La sacudida repentina los hizo trastabillar y una oleada de pánico los invadió. Estaban al descubierto, expuestos y vulnerables. Recuperaron rápidamente la compostura y siguieron su camino, rezando para que nadie se hubiera fijado en ellos.
—¡Eh! ¡Cabrones! ¿¡Adónde vais!? —dijo una de las chicas mientras el grupo se alejaba.
Los estudiantes del Palacio Rojo aceleraron el paso, esquivando gente por las calles abarrotadas mientras intentaban huir lejos del lugar de la última batalla. Floyd y Aaron cojeaban, mientras que Mikey se agarraba el costado.
Stella y Marta se sostenían la una a la otra mientras Enya apenas podía mantenerse en pie, y Gwen estaba inconsciente. Benedicto y Amber eran los únicos que parecían aguantar bien.
—Amber, ¿podemos ir a tu casa? —preguntó Aaron.
—Está demasiado lejos de aquí —respondió la mujer.
—¿Hay alguien que viva por aquí y que os conozca? —preguntó Mikey, pero todos negaron con la cabeza. La única forma de sobrevivir era esconderse, pero ya no podían permanecer en las calles.
No tardaron en encontrarse en una calle más tranquila y con menos gente. Se les acabó la suerte, ya que la gente les ayudaba a camuflarse con el entorno; el problema era que se dirigían hacia el este, lo que los llevaba a lugares más apartados.
—¿No podemos pedirle ayuda a alguien de por aquí? —preguntó Jacob—. Seguro que nos ayudarían.
—¿Y si nos venden? —dijo Erik—. No, no podemos fiarnos de nadie.
Entonces intentó recordar algunos lugares que pudieran usar para esconderse, y fue ahí cuando se acordó de uno.
—Hay una zona llena de edificios abandonados a dos kilómetros de aquí; podemos escondernos allí. Seguidme —dijo el joven.
Hicieron lo que dijo y, a medida que avanzaban, las calles se vaciaban cada vez más. Lo único bueno era que el ataque de Brittney al menos impidió que los matones los siguieran, y ahora estaban lo suficientemente lejos de ellos como para esconderse.
Así continuaron hasta que llegaron a una manzana en la que nunca habían estado, pero Erik y Aaron sabían bien dónde estaba y qué era.
Este era el lugar donde los Thaids atacaron la última vez; era un lugar de muerte, donde mucha gente falleció y donde el padre de Aaron perdió la vida. El joven lo vio la última vez que cogió un taxi.
Este era el lugar ideal para esconderse, ya que muchos edificios abandonados estaban parcialmente destruidos. Si elegían bien el escondite, estarían a salvo.
La calle desierta en la que acababan de entrar los chicos contrastaba bruscamente con las bulliciosas que habían dejado atrás. Los altos edificios grises se cernían sobre ellos, proyectando profundas sombras sobre el pavimento agrietado.
Las pocas farolas parpadeaban débilmente, iluminando la oscuridad circundante con un resplandor anaranjado y enfermizo.
El aire estaba cargado del hedor a podredumbre y abandono, como si la calle llevara años abandonada. Escaparates vacíos bordeaban la acera, con sus ventanas tapiadas con madera.
Unas cuantas señales de tráfico rotas colgaban lánguidamente de postes de metal oxidados; sus letras apenas eran visibles en la penumbra.
Los únicos sonidos eran el zumbido lejano del tráfico y el correteo ocasional de los pequeños animales, que habían abandonado la zona y se escondían en las sombras.
Era como si el tiempo hubiera olvidado la calle y la hubiera dejado pudrirse por sí sola. Incluso los grafitis de las paredes parecían descoloridos y gastados, como si los artistas que los habían pintado se hubieran marchado hacía mucho tiempo.
La verdad era que el alcalde estaba reconstruyéndolo todo desde cero, ya que la mayoría de los edificios habían sido destruidos por los monstruos.
Podían observar muchas obras en los alrededores. Los ojos de Erik recorrieron una de ellas, asimilando la maquinaria pesada y las pilas de materiales de construcción.
Imponentes grúas se alzaban hacia el cielo, con sus estructuras metálicas brillando a la luz del sol. El sonido de los pitidos de los camiones y el estruendo del metal resonaban en el aire.
Con sus afiladas cuchillas y su intimidante tamaño, enormes bulldozers estaban aparcados en una línea ordenada, esperando a ser puestos en marcha. Erik pudo ver pilas de ladrillos, sacos de cemento y barras de acero apiladas ordenadamente junto a la entrada de la obra.
Mientras los chicos avanzaban por la calle, sintieron una creciente sensación de desasosiego. Era como si estuvieran invadiendo un lugar prohibido, un lugar al que no pertenecían. Aceleraron el paso, ansiosos por dejar atrás la calle desierta y volver a la seguridad de la ciudad.
Fue entonces cuando Erik vio un buen escondite. Era un discreto edificio de madera detrás de un complejo de apartamentos.
Erik alertó rápidamente a los demás y señaló el edificio abandonado que había visto. Corrieron hacia él, abriéndose paso por las calles desiertas hasta llegar a la entrada.
La puerta estaba cerrada con llave, pero Aaron la forzó. No era algo raro por aquella zona, así que para ellos no supuso ninguna diferencia.
El edificio era oscuro y húmedo, con un olor a moho que hizo que Erik arrugara la nariz con asco. Las tablas del suelo crujían bajo sus pies mientras avanzaban con cautela por los pasillos, intentando hacer el menor ruido posible. El único sonido era el suave golpeteo de sus pasos y el goteo ocasional de agua de una tubería con fugas.
—Subamos al último piso, así podremos vigilar los alrededores —dijo Erik, y eso fue lo que hicieron.
El problema fue que Enya, Jacob y Stella se echaron a llorar nada más llegar. Era normal, ya que nunca se habían enfrentado a situaciones así. Amber y los demás sí lo habían hecho una vez, así que sabían qué esperar. Sin embargo, estaba claro que todo aquello les estaba pasando una pesada factura mental.
Todos conocían desde hacía años a la gente que había muerto; fueron juntos a la escuela, entrenaron juntos y compitieron entre sí, y perderlos fue duro. Ese fue especialmente el caso de Aaron y Mikey, que perdieron a su mejor amigo.
Enya, Stella y Jacob se sentaron en círculo, con los ojos rojos e hinchados de tanto llorar. Todos seguían conmocionados por lo ocurrido, incapaces de asimilar del todo que Patricia, Brittney y los demás se habían ido.
—No puedo creer que esto esté pasando —dijo Enya, con la voz apenas por encima de un susurro.
Stella negó con la cabeza, de acuerdo. —No es justo. No se merecían esto.
Jacob dejó escapar un profundo suspiro. —No sé qué vamos a hacer ahora. Hemos perdido a muchos miembros y ni siquiera sabemos si los matones tienen a más gente viniendo a por nosotros.
Enya se secó una lágrima que le había caído por la mejilla. —Deberíamos pedir ayuda ya; no hemos podido hasta ahora porque teníamos que huir, pero esta es nuestra oportunidad.
Stella asintió. —Amber, ¿dónde está el equipo de tu padre?
—Acabo de enviarle un mensaje de texto diciéndole dónde estamos. El equipo ya debería haber salido, así que es solo cuestión de tiempo que lleguen.
Jacob levantó la vista con un pequeño atisbo de esperanza en los ojos. —Bien…
Mientras permanecían sentados en silencio durante unos instantes, cada uno perdido en sus propios pensamientos, la ira y la frustración empezaron a desbordarse y el miedo se aplacó.
—Todo esto es un puto desastre —dijo Jacob, alzando la voz con rabia—. ¿Por qué hizo eso el padre de Nathaniel? ¿Por qué pensó que uno de nosotros mató a Nathaniel? Era un capullo, sí, y todo el mundo lo odiaba, ¿pero llegar al extremo de matarlo? No creo que nadie hubiera sido capaz de hacer eso, ni siquiera teniendo en cuenta lo que hicimos en el Salón Loto Rojo. ¡No tiene sentido!
Stella asintió. —Es verdad, pero creo que pasó algo que le hizo pensar que fue así. Quizá de verdad lo mató alguien.
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