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SISTEMA BIOCOMPUTACIONAL SUPERORDENADOR - Capítulo 376

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Capítulo 376: Praderas

Pasó una semana desde que Erik encontró la planta dentro de la antigua casa. Aquel ser vivo mantenía a los thaids alejados de su campamento al actuar como repelente contra ellos. Fue una tremenda bendición del cielo, ya que Erik consiguió dormir bien durante una semana entera, en la cual plantó una flor cada noche.

A medida que el número de plantas aumentaba gracias a la intervención de Erik, la flor se extendió por el bosque, proporcionándole a Erik muchos lugares seguros a los que acudir si estaba en peligro. Sin embargo, no se limitó a esparcir la planta.

Erik practicaba cada día su habilidad para fabricar trampas. No era lo bastante bueno como para considerarse un maestro, pero al menos sus trampas eran eficaces. La mayoría las creaba haciendo que las plantas de su alrededor crecieran de formas específicas. Se esforzó por crear complejas redes de ingeniosas trampas para engañar y detener incluso al thaid más inteligente que se escondiera en las sombras.

Con cada intento fallido, desmontaba las partes complicadas de sus creaciones, buscando la forma de mejorarlas y realizando cuidadosos cambios en los diseños. A través de estos desafíos, se familiarizó más con el proceso y aprendió más formas de protegerse de forma pasiva.

Al mismo tiempo, Erik profundizó en su interior y entrenó para aumentar el número de enlaces neurales. No había conseguido ninguno en los últimos días porque tenía mucho que hacer y no podía concentrarse del todo en el entrenamiento, pero cada sesión lo acercaba más a crear dos enlaces neurales más para los poderes de Hais y de Nathaniel.

—Ah, ya he tenido suficiente por hoy…

Erik estaba agotado. Había luchado y matado a un montón de thaids ese día, por lo que sentía el cuerpo fatigado y pesado. Cada combate lo había desgastado, dejándolo sudoroso y exhausto. Le costaba recuperar el aliento mientras se erguía sobre el thaid muerto. La espada le pesaba demasiado en la mano y ya no estaba tan afilada como antes.

Erik envainó lentamente la espada y se tomó un momento para mirar a su alrededor. El suelo estaba cubierto de thaids muertos, una buena fuente de proteínas para su viaje. El aire olía a victoria y al fin de la batalla. Se sentía satisfecho y cansado al mismo tiempo.

Sabía que necesitaba descansar para recuperarse de los combates del día. Pero, a pesar de estar cansado, no dejó de caminar. Cada thaid que mataba lo acercaba más a su objetivo y lo fortalecía.

—Caminaré unos cuantos kilómetros más y buscaré un sitio donde pueda poner la planta que repele a los thaids.

La planta necesitaba estar en la tierra para funcionar. Liberaba una pequeña cantidad de energía o esporas, o lo que fuera que afectara a las demás criaturas, que disuadía a los thaids de atacar cuando no extraía sus nutrientes del suelo, pero el frasco en el que Erik tenía que guardarla lo bloqueaba todo. El problema era que se estaba acercando cada vez más a la cordillera Eldraith, y eso significaba que los thaids se estaban volviendo más fuertes.

Por lo tanto, no siempre podía usar la planta, ya que tenía que seguir moviéndose y su uso tenía limitaciones; pero si abusaba de ella, también perjudicaría su crecimiento. ¿Qué pasaría si la planta no funcionara con algunos thaids o en algunos lugares? ¿Y si tuviera que luchar de un modo u otro, pero no fuera lo bastante fuerte para defenderse?

Lo mejor que Erik podía hacer era usar la planta para asegurarse de descansar lo suficiente y así tener energía al día siguiente, para poder pasar el resto del día moviéndose por el bosque y matando thaids para obtener más experiencia. Además, con la nueva técnica para desarrollar enlaces neurales y el poder de cristal cerebral de Hais, no necesitaba gastar puntos en otros atributos, así que se centró en la energía.

Mientras Erik caminaba por la espesa maleza del bosque, sus pasos se volvieron más pesados al notar un cambio significativo en el paisaje. A medida que los arbustos se hacían menos densos, más luz lograba filtrarse. Empezó a sentir una inquietud en el corazón, que proyectó una sombra sobre su espíritu.

En cierto punto, lo único que quedó fue un vasto espacio abierto. Sintió un torbellino de emociones al ver lo que tenía delante, pero ninguna de ellas fue agradable. Era una extensa pradera bañada por la cruda luz del sol. Aquel espacio tan abierto se sentía opresivo y sofocante. La falta de árboles y de lugares donde esconderse lo dejó consternado.

A Erik se le encogió el corazón al ver que se encontraba en ese tipo de terreno, un lugar que odiaba. Quedó abrumado por su extensión, y una sensación de impotencia lo invadió como una brisa fría.

El problema con este tipo de terreno era que los thaids voladores podían ver el suelo con claridad. No había árboles que le ofrecieran cobertura, y solo unos pocos monstruos eran capaces de abrirse paso a través de la vacía y peligrosa extensión.

Un claro podía gestionarse con facilidad debido a su tamaño, a menudo reducido, en contraste con la vasta extensión de las praderas; pero allí, en aquellas tierras, en caso de que lo atacaran los thaids voladores, Erik no estaba seguro de sus posibilidades de sobrevivir.

Sin la vegetación habitual a su alrededor, se sentía expuesto, como si unos ojos vigilaran cada uno de sus movimientos. El dosel del bosque, antes reconfortante, había sido reemplazado por un cielo infinito que no le proporcionaba la paz que buscaba.

—Joder…

Erik se detuvo. De repente, la incertidumbre hizo que sintiera el cuerpo pesado. Su caminar, antes seguro, ahora estaba lastrado por la duda y el miedo. Podía poner la planta en el suelo para mantener a los thaid a raya, pero solo funcionaría mientras no se moviera del sitio. Podía dormir, eso lo sabía, pero proseguir el viaje era un problema.

Erik se quedó inmóvil a la entrada de la pradera, con los ojos fijos en el lejano horizonte. En cuanto posó la vista al frente, vio la majestuosidad de la cordillera Eldraith. Incluso a 600 kilómetros de distancia, era evidente que las montañas eran inmensas y magníficas.

Los altos picos de la cordillera Eldraith rasgaban el cielo como oscuros centinelas. La escarpada silueta de las montañas proyectaba una imponente sombra sobre la tierra, y sus afilados bordes revelaban que fuerzas ancestrales las habían modelado hacía mucho tiempo. La imaginación de Erik se desbocó al intentar visualizar qué se ocultaba en aquellos lugares sombríos.

Los picos de la cordillera Eldraith se desvanecían entre las nubes, y las cimas de las montañas estaban siempre cubiertas de niebla. Erik imaginó acantilados helados, ríos turbulentos y lugares secretos donde habitaban esquivas criaturas. Las colinas ensombrecidas desprendían una sensación de pesadez, como si las propias montañas estuvieran imbuidas de un sentimiento de pavor.

Aquel lugar era una barrera entre Frant y Etrium. Era una frontera natural, por lo que Erik tenía que atravesarla para llegar a Etrium. Sus peligrosos picos y escarpados acantilados disuadían a quienes intentaban cruzar hacia un país desconocido.

Pero lo que hacía a la cordillera Eldraith aún más aterradora eran los wyverns que habitaban sus cielos y la zona circundante. Estas peligrosas subrazas de thaids voladores eran conocidas por ser crueles, salvajes e inteligentes. Con alas de murciélago, cuerpos de lagarto y garras afiladas como navajas, merodeaban por la cordillera, convirtiéndola en un lugar peligroso para cualquiera que quisiera entrar en Etrium.

El problema no era solo ese, sino que este tipo de thaid a menudo poseía extraños y poderosos poderes de cristal cerebral tan únicos y diversos como los de los humanos. La diferencia radicaba en que los cuerpos de estos seres estaban en una categoría que los humanos nunca podrían aspirar a alcanzar.

Los wyverns también eran conocidos por ser muy territoriales y luchar con ferocidad contra cualquiera que intentara adentrarse en su territorio. Su pericia en el aire y sus ataques mortales hacían que cruzar las montañas fuera muy difícil. Erik comprendió que aventurarse más allá de la cordillera Eldraith significaba enfrentarse a estos depredadores voladores, y que había mucho en juego.

El viaje que le esperaba albergaba tanto la esperanza de llegar a Etrium como el riesgo de toparse con los wyverns. Tendría que ser cuidadoso al moverse por la peligrosa cordillera, usando su ingenio, su agilidad y las habilidades que había desarrollado durante meses de entrenamiento para superar aquel lugar.

Erik se encontraba en una situación terrible. Por un lado, tenía que superar la cordillera Eldraith para entrar en Etrium y, por otro, también tenía que atravesar la pradera para llegar al pie de la montaña, un lugar donde no había dónde esconderse y los thaids voladores podían atacarlo.

—Bueno, tampoco es que tenga otra opción. Esta maldita pradera es inmensa y no hay forma de evitarla.

Con un profundo suspiro, se preparó para los desafíos que le aguardaban y se adentró con cautela en la vasta pradera, con los sentidos aguzados y el espíritu en guardia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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