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SISTEMA BIOCOMPUTACIONAL SUPERORDENADOR - Capítulo 391

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Capítulo 391: El peso de la sospecha (3)

Una expresión decidida apareció en el rostro de Vanessa mientras asentía. Les hizo una seña a dos de los hombres, y estos avanzaron con sus lanzas preparadas.

—Lo han oído —dijo, con un tono autoritario—. Vámonos.

Mientras sacaban a Erik del salón, este le lanzó una última mirada a Amos. El anciano permanecía sentado en completo silencio, sin apartar los ojos de la espalda de Erik.

Erik no pudo descifrar su expresión, pero se dio cuenta de que un torbellino de pensamientos cruzaba su mente.

Se aferró a la creencia de que los aldeanos reconocerían el valor de su sugerencia y le darían la oportunidad de demostrarles su valía. Por el momento, lo único que podía hacer era esperar y desear el mejor resultado posible.

Vanessa guio a todos fuera del edificio y acabó por conducirlos a una escalera de cuerda que ascendía varios metros entre los árboles.

Después de eso, a Erik lo guiaron a través de la compleja red de puentes de madera que unía entre sí las viviendas de las copas de los árboles.

El sombrío crepúsculo proyectaba largas sombras sobre la intrincada estructura laberíntica, iluminando la aldea con un cálido resplandor.

El eco amplificaba la ominosa sensación ya presente en el ambiente mientras sus pasos reverberaban en los tablones bajo sus pies.

No podía evitar asombrarse de la complejidad y la aparente robustez de las construcciones comunitarias de aquella gente entre los árboles.

Mientras la luz se desvanecía, los aldeanos lo observaban con recelo desde sus cabañas.

Sus expresiones reflejaban una mezcla de curiosidad y desconfianza. Mientras conducían a Erik hacia su inminente confinamiento, él podía sentir las miradas de todos sobre sí. Mantuvo un semblante seguro y respondió a sus miradas con una determinación que los desconcertó.

Después de un rato, Erik y sus captores llegaron a una choza situada en el límite de la aldea, que estaba relativamente aislada.

La expresión del joven pasó de la preocupación a la diversión en cuanto vislumbró el lugar de detención. Frunció el ceño con sorpresa. Era una construcción vieja y ruinosa que contrastaba marcadamente con los hogares relativamente bien conservados que había en la aldea.

El edificio era poco más que una tosca choza de madera que colgaba precariamente entre las ramas de los árboles circundantes. Estaba conectada de forma precaria a las demás estructuras de la zona mediante tambaleantes puentes de cuerda.

El color de la madera, otrora a todas luces vibrante, se había apagado hasta un tono marrón grisáceo, pues parecía desgastado por el sol y los elementos tras años de exposición.

Los tablones de madera estaban unidos con clavos toscos, y manchas de musgo y liquen verdes se aferraban tenazmente a ellos. Estos organismos prosperaban en las húmedas condiciones del entorno circundante.

Como la madera se había deteriorado con los años, algunas secciones del edificio daban la impresión de que apenas se sostenían; los años de abandono también eran evidentes en las tablas desgastadas y astilladas.

El hecho de que la puerta de la choza, equipada con bisagras de hierro oxidadas, colgara torcida era la prueba de las incontables veces que se había usado para apresar a quienes habían quebrantado las reglas de la aldea e intentado escapar del lugar.

Su única seguridad era una simple cerradura, que era más un símbolo que un componente funcional. Resultaba evidente que la eficacia de la prisión dependía más de los vigilantes guardias que de su estructura física.

La inquietante quietud que impregnaba el lugar era un sombrío recordatorio de la función que se suponía debía cumplir. A pesar de su aspecto lamentable, había una discreta gravedad, una solemnidad nacida de su función e historia.

Con toda su pintoresca simplicidad, la prisión no parecía tanto un producto de un diseño deliberado, como un reflejo de la necesidad de sobrevivir por encima de todo.

Era una muestra innegable de las penurias que los aldeanos tenían que soportar y un testimonio de la paz que la comunidad se había esforzado tanto por alcanzar a pesar de su precaria situación. Probablemente no necesitaban usar aquel lugar a menudo, por lo que no estaba tan bien conservado como los demás edificios. Solo cuando Erik lo miró por primera vez, le golpeó la cruda realidad de la situación en la que se encontraba.

No era un lugar de comodidad, sino de confinamiento y exclusión, pero no cumplía bien ninguno de los dos propósitos.

Vanessa lo invitó a entrar con unos simples gestos de la mano. A su espalda, dos aldeanos de rostro severo se apostaron frente a la puerta, armados con armas toscas y sin apartar la vista de él.

Mientras la puerta del edificio se cerraba tras el joven, Vanessa, la líder de lo que Erik solo podía suponer que era un equipo de caza o una patrulla, se quedó de pie frente a ella. Observó cómo la puerta se cerraba a su espalda.

Una vez que la puerta de madera se cerró a su espalda con un suave crujido, Erik se quedó solo con el leve zumbido de la naturaleza y el murmullo distante de la vida en la aldea.

Cuando Erik se giró para observar los confines de la prisión, un manto de penumbra descendió sobre él, ofreciendo un sorprendente contraste con las luces menguantes que se veían en el exterior. Se sentía una quietud sobrecogedora en el aire, junto con un frío húmedo que calaba hasta los huesos.

Las minúsculas ventanas, talladas de forma tosca, poco hacían para aliviar la sofocante oscuridad. En su lugar, solo dejaban que unos pocos rayos de luz se filtraran por las rendijas.

La poca luz que quedaba era engullida por la madera desgastada y envejecida, lo que daba como resultado un espeluznante laberinto de sombras que se extendía hasta el último rincón y recoveco.

Arriba, el techo abovedado se perdía en un vacío de oscuridad impenetrable, tragándose cualquier semblanza de luz o calor. Este lugar no estaba diseñado para ser cómodo, ni para advertir a sus habitantes del paso del tiempo. Aquí, el día y la noche se volvían indistinguibles y la atmósfera opresiva y claustrofóbica nunca cambiaba.

El interior era tan silencioso que hasta los sonidos más leves, como el susurro de las hojas en el exterior, parecían amplificados. La prisión era un enclave oculto, siempre a oscuras; un mundo completamente distinto al del resto de la aldea.

Había una omnipresente sensación de desasosiego y miseria, que servía como un recordatorio palpable de su propósito: confinar, aislar y castigar. Este lugar no solo era oscuro en apariencia, sino también emocionalmente agotador, con una atmósfera tan dura y hostil como la propia ausencia de luz.

Erik mantuvo una actitud increíblemente tranquila a pesar de las terribles circunstancias. Era consciente de la desesperación arraigada hasta la médula de los aldeanos. Sabía que estaban al borde de la extinción, tambaleándose al filo de un hambre voraz que roía su fuerza de voluntad.

Sí, comprendía su difícil situación y era consciente de que no se tomarían a la ligera su oferta de comida, por muy recelosos que se mostraran ante su llegada y las razones de su presencia entre ellos. Los aldeanos necesitaban sustento, y él les había ofrecido una solución factible para su problema.

Tras acomodarse en el frío suelo de madera, Erik comenzó a canalizar maná, una suave e invisible corriente que fluía por su cuerpo. Su mente empezó a recorrer el familiar sendero del entrenamiento, perfeccionando sus enlaces neurales: la intrincada red que conectaba su cristal cerebral y su cerebro.

No había lugar para la desesperanza ni la frustración, porque cada segundo era un bien muy valioso que no podía permitirse el lujo de desperdiciar. Estaba decidido a alcanzar su objetivo y no iba a permitir que las circunstancias lo detuvieran.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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