SISTEMA BIOCOMPUTACIONAL SUPERORDENADOR - Capítulo 393
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Capítulo 393: Una solución (1)
Erik sentía las miradas de docenas de personas sobre él mientras caminaba por la aldea; eran una audiencia silenciosa para el extraño que se encontraba entre ellos.
Sus miradas eran recelosas, cautelosas y estaban llenas de preguntas tácitas. Su presencia era una perturbación en sus vidas, una anomalía que aún no comprendían.
Una quietud solemne impregnaba el ambiente mientras el grupo descendía desde la linde de los árboles y se acercaba a los campos de cultivo.
Erik, a quien Vanessa había guiado hasta allí, se encontró en medio de una zona delimitada por hileras de tierra arada y donde los aldeanos intentaban cultivar.
Las plantas y los árboles jóvenes que luchaban por sobrevivir en las ordenadas hileras empezaban a marchitarse.
Había grupos dispersos de pequeñas hortalizas que crecían aquí y allá; sus frondosas cabezas se inclinaban como si soportaran el peso de algo invisible.
Aunque era obvio que el campo había sido cuidadosamente cuidado, la cosecha no parecía nada prometedora y era imposible que fuera suficiente para mantener a toda una comunidad.
Erik paseó la vista por la zona y se percató de que los rostros de los aldeanos que trabajaban en el campo estaban marcados por la desesperación, pero había en ellos un matiz de esperanza mientras intentaban que el campo diera sus frutos.
Sus rostros delataban las señales de una penuria curtida y, en general, sus ojos albergaban una persistente y cansada tristeza.
—No es suficiente —murmuró Erik para sí—. Pongámonos a trabajar —añadió el joven.
Erik dio unos pasos hacia adelante y se acercó a un manzano solitario que luchaba por sobrevivir.
Las hojas amarillas del árbol temblaban débilmente. Sus ramas eran demasiado débiles para sostener ninguna manzana y sus raíces no tenían la energía vital necesaria para prosperar.
Mientras Erik lo observaba, vio en él un reflejo de los aldeanos: resilientes a pesar de su falta de recursos y capaces de sobrevivir pese a estar al borde de la muerte.
Tras respirar hondo un par de veces, cerró los ojos y posó suavemente la palma de la mano sobre la áspera corteza del árbol.
Centró su atención en el débil zumbido de la fuerza vital del árbol mientras esta respondía a su contacto. Un suave resplandor emanó de su mano y una difusa luz esmeralda se filtró en la corteza del árbol, fusionándose con él hasta formar una sola entidad; un proceso iniciado por el delicado maná de Erik.
El maná alrededor del árbol empezó a zumbar y el suelo bajo los pies del joven dio la impresión de latir al mismo ritmo que la propia vida.
Los aldeanos se quedaron quietos mientras observaban, en silencio, cómo el pequeño árbol amarillento temblaba y su corteza se agrietaba al empezar a expandirse.
El árbol creció en altura a la vez que ensanchaba su perfil y engrosaba sus ramas, que se extendían hacia los cielos.
Los cambios continuaron. Las hojas, antes de un amarillo enfermizo, sufrieron una transformación y se tornaron de un verde vibrante casi de inmediato, a pesar de la temperatura otoñal.
En el aire se podía percibir una señal de vida que llevaba mucho tiempo ausente en aquel campo: olía a hierba recién cortada. Lo siguiente fueron las manzanas.
Pequeños capullos empezaron a aparecer en las ramas y, en cuestión de segundos, crecieron y se convirtieron en hermosas flores de manzano.
Después, estas flores se transformaron en pequeños frutos verdes que, con cada segundo que pasaba, se hacían más grandes y de un color más carmesí.
El árbol, que una vez estuvo casi muerto, se cubrió de manzanas maduras y jugosas en cuestión de segundos, y su embriagadora fragancia llenó la zona a la vez que evocaba imágenes de una cosecha abundante.
Los aldeanos observaban en un silencio atónito, con expresiones que combinaban la incredulidad y el asombro. El campo, que antes había sido la prueba de su sufrimiento, ahora presenciaba un milagro.
La escena poseía una belleza surrealista, con el manzano recién revitalizado, erguido y frondoso, y sus abundantes frutos como una promesa de supervivencia y un faro de esperanza en medio de las dificultades que experimentaban.
Erik retiró la mano, abrió los ojos y se giró para mirar a la mujer que lo había llevado hasta allí.
Su silencio transmitía un abanico de emociones, que incluían conmoción, incredulidad y un atisbo de esperanza; era un reconocimiento mudo del milagro que ella y los demás acababan de presenciar.
Vanessa se volvió hacia Erik, su voz apenas un susurro. —¿Puedes… puedes hacer esto en todo el campo? —Señaló la vasta extensión de tierra infértil, y su mirada se movió del floreciente manzano de vuelta a Erik. Un destello de optimismo parpadeó en sus ojos, y el peso de una plegaria no pronunciada pareció pender pesadamente en el aire a su alrededor.
Erik asintió, con la mirada fija en la de Vanessa. —Sí, puedo —confirmó, con voz inquebrantable—. Pero llevará tiempo. El poder de mi cristal cerebral depende de mi maná, que no es infinito. Necesito descansar y recargarme entre usos. —Su tono era mesurado, práctico, como si discutiera un mero asunto logístico, y no la posible salvación de toda una aldea.
—Si te parece bien, podemos trabajar en la situación…
En el silencio absoluto del campo, sus palabras parecieron reverberar. Los aldeanos intercambiaron miradas entre sí mientras la magnitud del poder de Erik empezaba a calar en ellos, uno por uno.
La idea de poder satisfacer las necesidades de toda su comunidad y tener comida en abundancia era casi demasiado para que pudieran asimilarla.
La capacidad de Erik para aprovechar el poder de su cristal cerebral era nada menos que un milagro para un grupo de gente que había luchado con uñas y dientes por cada comida.
Tras quedar atónita por la demostración de poder de Erik y meditar sus palabras, Vanessa asintió con vacilación e hizo una pausa momentánea antes de recomponerse y responder. —Lo entiendo —fue la frase que pronunció al final.
Cuando miró directamente al joven, sus ojos eran duros y decididos. —Hablaré con Amos para ver qué dice al respecto. Si está de acuerdo, esperaremos. Y… ayudaremos en todo lo que podamos. Plantar más árboles, cuidar de las hortalizas…, lo que sea que necesites que hagamos, lo haremos.
Erik se limitó a asentir, mientras una levísima sonrisa asomaba a las comisuras de sus labios. En lugar del escepticismo y la posible hostilidad que había anticipado, encontró aceptación, comprensión y un sentimiento de esperanza compartida.
Vanessa le hizo una señal a Erik para que la siguiera con un firme asentimiento que transmitía su comprensión de la situación.
—Vamos. Cuanto antes sepa Amos de esto, mejor… Él tiene la última palabra en todo lo que ocurre en la aldea y no quiero perder más tiempo.
Y así, se pusieron en marcha una vez más. Esta vez, Vanessa guio a Erik de vuelta por el terreno, mientras las casas sobre pilotes de arriba proyectaban largas sombras bajo la luz moteada del sol. La aldea, normalmente animada, estaba en silencio; sus habitantes probablemente intentaban encontrar algo que comer, cazar o trabajar.
Cuando se acercaron al edificio principal, Erik no pudo evitar sentirse impresionado de nuevo por su esplendor. La única construcción de la aldea firmemente asentada en el suelo del bosque era esta enorme estructura de madera, que se alzaba sobre el resto.
Observó la reverencia con que la gente de la comunidad trataba a su líder, reflejada en la esmerada construcción y mantenimiento de la sala de reuniones de Amos.
La estructura estaba hecha completamente de madera, y sus tablones susurraban historias de lucha.
El edificio se extendía por el terreno, con un aspecto antiguo y hermoso, pero también diferente de las casas construidas sobre los árboles gigantes.
Su techo de poca altura reflejaba los contornos ondulantes del terreno circundante, lo que ayudaba a que la estructura artificial se fundiera con el entorno natural, facilitando su integración con los alrededores.
El edificio también tenía una forma rectangular que desprendía un aire de autoridad.
La pesada puerta de madera era imponente y reflejaba la naturaleza de este lugar. Un lugar en mitad de la naturaleza salvaje, donde la seguridad era lo mejor que uno podía tener.
La puerta distaba mucho de ser simple. A pesar de su propósito práctico, intrincadas tallas adornaban su superficie, pero su significado solo lo conocían los aldeanos.
Este edificio era claramente el corazón de la aldea. Probablemente cumplía dos propósitos importantes: era donde la gente se reunía y servía como recordatorio del fuerte vínculo de la comunidad.
Cuando entraron, la puerta chirrió al abrirse y un aroma rancio a madera densa inundó a Erik. Vanessa siguió guiándolo hacia el interior.
Iban a reunirse con Amos de nuevo, y Erik no pudo evitar especular sobre cómo esta reunión alteraría su futuro.
—Amos, el poder del joven es real. Lo hemos visto con nuestros propios ojos. Podría ser la solución a nuestra escasez de alimentos.
Incluso como forastero, Erik comprendía claramente el problema al que se enfrentaba la comunidad, y oír a la mujer hablar de ello abiertamente fue tranquilizador, ya que la comunidad vería el valor de lo que él podía ofrecer.
El anciano caballero, Amos, se recostó en su silla y entrelazó los dedos, apoyándolos sobre su estómago.
Ahora miró a Erik con más atención, estudiándolo con los ojos entrecerrados. Su mirada era tan pesada que resultaba casi opresivo estar bajo ella. Sin embargo, Erik vio un destello de algo que podría describirse como esperanza en aquellas profundidades.
Tras una larga pausa, Amos asintió y esbozó una leve sonrisa.
—Muy bien. Aceptaremos la ayuda del autoproclamado despertado —dijo Amos con una voz tan imponente como la marea del océano.
Erik se sintió aliviado, pero también curioso. Se daba cuenta de que esta gente ocultaba algo, pero aun así quería ayudarlos.
Erik sabía que ayudar a esta gente era la decisión correcta. A pesar de su pasado violento y sus problemas con la ira, no podía ignorar a la gente que sufría, sobre todo porque no eran de Frant.
Además, veía potencial en forjar una relación con gente que sobrevivía en un bosque infestado de thaids. Sin embargo, tenía unas cuantas condiciones sencillas que debían cumplirse antes de poder ayudar.
Por supuesto, también tenía otras razones para hacerlo. No iba a ayudarlos gratis.
Erik miró directamente a Amos y respiró hondo.
—Estoy dispuesto a ayudarlos. —Todos se giraron para mirarlo.
—Pero a cambio, pido que me devuelvan mis pertenencias y que no me traten como a un prisionero, sino como a un invitado.
Aunque era un forastero, las terribles circunstancias de la comunidad podían aliviarse con la ayuda de los talentos que poseía, y no podían permitirse el lujo de ser inflexibles con él. Básicamente, él era su única oportunidad de sobrevivir.
La gente se moría de hambre; todos estaban demacrados y lo más probable es que llevaran varios días sin comer.
Amos lo sabía y era consciente de que necesitaba mantener a Erik de su lado; de lo contrario, podría negarse a ayudar. A Erik le bastaría con esperar a que se murieran de hambre y entonces liberarse. Poco podían hacer unos edificios de madera.
Entonces, el silencio llenó la sala durante unos largos instantes. No era un silencio incómodo o tenso, sino más bien uno de contemplación, mientras todos procesaban las palabras de Erik y consideraban sus implicaciones.
Erik no intentaba alardear de su poder ni ser dominante. No les pidió que le dieran algo de sus bolsillos; en su lugar, pidió que le devolvieran sus objetos de valor y exigió un trato de igual a igual.
Erik pensó que era un trato justo —él los ayudaría si le devolvían sus cosas y lo trataban como a un invitado— y vio esto como un paso importante para generar confianza con los aldeanos.
Sus ojos nunca se apartaron de los de Amos, y este hizo lo mismo. El anciano se recostó en su silla.
—¿Ah, sí? ¿Y qué te hace pensar que estás en posición de pedirnos algo?
Erik lo intrigaba; no solo por sus habilidades, sino por su franqueza y compostura. La mayoría de los forasteros que habían encontrado mostraban miedo o agresividad, pero este joven no mostraba ninguna de las dos cosas.
—Sencillo —dijo Erik—. Saben que su aldea no puede mantenerme encerrado. Aunque pongan guardias fuera de mi celda día y noche, solo tengo que esperar a que se mueran de hambre o a que los thaids ataquen mientras me niego a ayudarlos a cultivar nada.
Los aldeanos susurraron entre ellos y se movieron con inquietud, pero Erik permaneció tranquilo mientras mantenía la mirada fija en su líder.
—Lo que no entienden es que no vine aquí a propósito. No sabía de su existencia, y son ustedes quienes me mantienen prisionero. No necesito ninguna posición de poder, pero ciertamente la tengo. Aunque no estoy aquí para abusar de ella. Podemos superar todo este malentendido y ayudarnos mutuamente.
Hizo una pausa.
—Pero lo entiendo. Creen que soy un espía o un soldado de Frant, y me trataron en consecuencia. Sin embargo, a pesar de su odio por esa gente, a pesar de sus sospechas, no me mataron. Ahora bien, ¿qué significa eso?
La mirada de Amos se endureció.
—Significa que me necesitan. Por eso no me mataron.
Los murmullos y susurros que habían llenado la sala de madera se desvanecieron gradualmente, dejando solo el sonido de las tablas del suelo al crujir y el lejano susurro de los árboles en el exterior.
—Sin embargo, creo que hubo otra razón por la que me perdonaron la vida. No puedo ni quiero creer que personas que han soportado —y siguen soportando— tantas dificultades sean simplemente crueles.
—La vida puede convertir a cualquiera en una mala persona. ¿Estás seguro de que no te equivocas? —En ese momento, Amos estaba sonriendo, aunque Erik no podía saber si de forma malévola o no.
—No estoy seguro de nada —dijo Erik—. Pero estoy dispuesto a creer en todos ustedes. Se giró para mirar a los presentes, luego se volvió hacia Amos, esperando que dijera algo.
Amos le devolvió la mirada con intensidad, su rostro curtido surcado por profundas arrugas y sus ojos grises, agudos y alerta. Su expresión revelaba décadas de tomar decisiones difíciles para la supervivencia de la aldea, y Erik se dio cuenta de que estaba sopesando cada palabra y gesto que hacía.
—El hecho de que afirmes no ser un soldado de Frant no lo convierte necesariamente en verdad. Seríamos tontos si confiáramos en ti. Hemos pasado por mucho por culpa de Frant…
La mirada de Amos se clavó en los ojos de Erik con intenso escrutinio. Los dos hombres se enfrentaron en silencio, ninguno dispuesto a apartar la mirada primero, cada uno midiendo la resolución y el carácter del otro, y esto era especialmente cierto en el caso de Amos.
—Sin embargo…
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