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SISTEMA BIOCOMPUTACIONAL SUPERORDENADOR - Capítulo 396

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Capítulo 396: Una solución (4)

El problema no era una simple falta de agua o luz solar. Era algo mucho más depredador. Algo le estaba arrebatando su vitalidad a la tierra, convirtiéndola en un páramo sin vida incapaz de sustentar cualquier forma de ser vivo.

Sus pensamientos lo llevaron directamente a una terrible conclusión en el momento en que vio el estado del terreno. Se giró para mirar a la mujer que lo había traído hasta aquí, Vanessa. Cuando sus miradas se encontraron, notó un cambio en su expresión, que pasó de una de ávida expectación a una que sugería aprensión. Era inteligente; debió de haber notado sus expresiones cuando analizaba el suelo. Cuando finalmente habló, su tono era tan reseco como la tierra que sostenía en la mano.

—Antes de hacer a lo que he venido, hay que tratar otro asunto… —dijo Erik.

—¿Y cuál sería? —respondió Vanessa.

—Puedo hacer crecer las plantas y todo lo demás, pero esto no resolverá el problema cuando me haya ido —dijo el joven.

La mujer lo miró con un toque de desconfianza, pero al mismo tiempo, era consciente de que tendrían que depender de este niño en el futuro previsible. Sin embargo, Amos también podría decidir matarlo si cree que el hombre será un peligro para la aldea, o peor aún, si cree que el joven es un soldado.

¿Pero por qué compartía esta información con ella? ¿No tendría más sentido ocultar información de esta naturaleza y volverse indispensable para la situación? ¿No le sería posible así evitar que lo mataran?

—¿Por qué me dices esto? —preguntó Vanessa. No tenía sentido, sobre todo si era un soldado frantiano.

—Solo para mostrarte mi buena voluntad… —respondió Erik, dejando a la mujer estupefacta.

—¿Entonces? ¿Qué solucionaría la situación de una vez por todas? —preguntó ella en cuanto se recuperó de la ligera conmoción.

Erik vigilaba de cerca a la mujer que tenía delante. Después de eso, le acercó la tierra a Vanessa y dejó que la mirara.

—La tierra de aquí… carece de nutrientes esenciales. Minerales como nitrógeno, fósforo, potasio y otros. —La voz de Erik era firme, y sus conocimientos agrícolas salían a relucir.

—Sin ellos, a la mayoría de las plantas les cuesta crecer. Necesitan estos minerales para crear proteínas y ADN y para ayudar en la fotosíntesis.

Se levantó, se limpió la mano en la parte delantera de los pantalones y se giró para encontrarse con la mirada preocupada de Vanessa, que estaba de pie observándolo. Erik se colocó frente a la mujer y devolvió su mirada preocupada con una propia, muy seria.

—La raíz del problema —comenzó, escogiendo sus palabras con cuidado—, es el Vórtice de Raíz Espinosa. Esta es una especie de planta particularmente agresiva que nació después de que apareciera el Frío Siniestro. Los científicos creen que se extendió porque los humanos y los thaids aprendieron a dominar el maná, y esos cambios en el maná provocaron mutaciones en las plantas, entre las cuales se encuentra esta.

Tomó un fragmento de la enredadera marchita en su mano y lo levantó para que ella lo examinara.

Aunque parecía inofensiva, la planta era en realidad peligrosa en todos los sentidos de la palabra. —El Vórtice de Raíz Espinosa no solo se extiende rápidamente, sino que también elimina los nutrientes del suelo a un ritmo alarmante. Las otras plantas se ven privadas de nutrientes, lo que dificulta su crecimiento.

Se cruzó de brazos y contempló el campo desolado mientras arrojaba la enredadera de vuelta al suelo. —Es como una plaga silenciosa e insidiosa —continuó, manteniendo la voz baja—. Si no nos deshacemos de ella, nada de lo que plantemos aquí podrá crecer correctamente. Debido al Vórtice de Raíz Espinosa, el suelo se encuentra ahora mismo en una condición muy precaria. Sin embargo, también debo decirte esto: el Vórtice de Raíz Espinosa no es una planta que deba estar aquí.

Vanessa captó rápidamente lo que Erik intentaba decir. —¿Estás insinuando que alguien ha puesto esto aquí a propósito? —preguntó.

—Eso es exactamente lo que te estoy diciendo…

Una expresión de rabia, fruto de la comprensión, se extendió por el rostro de Vanessa mientras sus ojos se abrían de par en par. Ahora podían ponerle nombre a su adversario desconocido, y la gravedad de su situación pareció disminuir un poco, pero lo último que dijo Erik era aún más problemático que la falta de comida, lo que resaltaba aún más la dificultad de la situación.

Erik soltó el puñado de tierra que tenía en la mano, y sus granos cayeron de nuevo sobre el suelo estéril del que procedían.

Entonces Erik volvió al tema anterior. —Este Vórtice de Raíz Espinosa —dijo—, es como una bestia codiciosa. Lo devora todo, sin dejar nada para otras plantas. Por eso los cultivos que plantasteis… no pudieron competir.

Una pausa cargada con el peso de su revelación. La misión se había vuelto sustancialmente más compleja, y la carga de llevarla a cabo ahora recaía pesadamente sobre sus hombros.

—Pero —añadió Erik, con un destello de resolución iluminando sus ojos—, no es imposible. Difícil, sí. Pero no imposible. Te diré dónde encontrarlo después de que me devuelvas mis cosas. Mientras tanto, déjame hacer a lo que he venido. Te prometo que esta noche habrá un festín.

Cuando Erik terminó de explicar, hizo una pausa momentánea y cerró los ojos. Vanessa lo observaba con curiosidad mientras el rostro de él se serenaba poco a poco.

El maná que lo rodeaba comenzó a agitarse en ese momento. No era una cantidad anormalmente grande, pero la forma en que pulsaba producía una extraña sensación en quienes estaban cerca de él.

Era un suave susurro que solo las plantas a su alrededor podían percibir, pero era una llamada amable y alentadora.

Al principio, el cambio fue tan sutil que era casi imposible de notar. Pequeños brotes que luchaban por emerger alrededor de los pies de Erik comenzaron a reaccionar. Se sacudieron, se crisparon y luego comenzaron a estirarse hacia el cielo como si una mano invisible tirara de ellos hacia arriba.

A medida que pasaban los segundos, el efecto crecía, alcanzando finalmente un radio de cincuenta metros alrededor de Erik y extendiéndose hacia afuera. Parecía una onda indetectable que se movía más lejos y se volvía más intensa con cada segundo que pasaba.

Las hojas marchitas comenzaron a desplegarse, revelando una profusión de nuevos tonos de un verde vibrante que antes estaban ausentes. Los tallos se enderezaron, recuperando su vigor perdido.

Los nutrientes del suelo animaron a las raíces a crecer más profundamente, fortaleciendo su agarre en la tierra. La granja, antes en decadencia, resucitó de repente alrededor de Erik, rebosante de vitalidad y de una fuerza vital que no había estado allí apenas unos segundos antes.

El resultado fue realmente asombroso. Donde antes había una zona casi estéril, ahora se extendía un campo frondoso y floreciente.

Demostraba el formidable poder de Erik: el tipo de poder que infundía vitalidad y vida a la esencia del mundo natural que lo rodeaba.

Mientras asimilaba la escena, Vanessa observaba con asombro cómo sus ojos se abrían de par en par.

Mientras tanto, comenzaron a formarse más brotes frescos, y las flores que antes parecían marchitarse comenzaron a florecer una vez más con una vitalidad reavivada.

El cambio fue tan profundo que a Vanessa al principio le costó comprender lo que estaba viendo. Justo delante de ella había un joven que poseía un poder con el potencial de infundir nueva vida a su granja marchita y evitar que su comunidad pereciera de hambre.

—Tendremos que repetir esto… —le dijo Erik a la mujer una vez que terminó.

Un murmullo de emoción recorrió al grupo de granjeros, que observaban el espectáculo del verde paisaje que se desplegaba alrededor de Erik. Sus expresiones transmitían asombro, sorpresa y una sensación de profundo alivio, todo al mismo tiempo.

Hacía tan solo unos instantes contemplaban un paisaje desolado, pero ahora, todo gracias a Erik, se encontraban en medio de un oasis de verdor, vivo y pujante. Lo que acababan de ver desafiaba toda explicación y solo podía describirse como un milagro.

Los granjeros se acercaron a Erik en grandes grupos, como un enjambre de abejas atraído por el dulce néctar.

La promesa de una cosecha fructífera transformó sus expresiones, antes más adustas por las penurias.

Se arremolinaron alrededor del joven, con sus rostros curtidos resplandeciendo por la renovada esperanza que acababan de encontrar.

—¿Quién eres? —exclamó uno de ellos, rompiendo el silencio.

—¿De dónde vienes? —preguntó otro, con los ojos reflejando una curiosidad genuina.

—¿Es este el poder de tu cristal cerebral? ¡Es increíble! —terció un tercero, señalando el floreciente campo a su alrededor con un amplio gesto de la mano.

—¿Has venido para quedarte? —se abrió paso otra voz esperanzada entre el clamor.

Erik se vio anegado en preguntas, como si estuviera en medio de una inesperada tormenta de verano. Permaneció allí, rodeado por todas partes por el animado bullicio, con cada voz pugnando por su atención y compitiendo por hacerse oír.

El aluvión de preguntas apenas le dejaba margen para responder y, como resultado, sintió que una ola de caótico y abrumador estupor lo invadía.

Erik, sin embargo, guardó silencio en medio de todo el caos. Paseó la mirada por los rostros expectantes de la multitud, cada uno pendiente de su respuesta. Pudo distinguir un atisbo de esperanza en sus ojos y un anhelo desesperado por una luz que los guiara y transformara sus vidas.

Se dio cuenta de que aquel momento lo superaba con creces. Se trataba de una comunidad al borde de la desesperación que veía un rayo de esperanza por primera vez en mucho tiempo. Era abrumador, sí, pero también le confirió una sensación de propósito que no había sentido antes.

Entonces, un hombre se separó de la multitud y avanzó hacia Erik. Su nombre, como Erik descubriría más tarde, era Samuel Thornfield.

A primera vista, Samuel parecía un hombre que se negaba obstinadamente a acatar las normas del paso del tiempo. Su cuerpo se asemejaba más al de un hombre en la flor de la vida, a pesar de que unas pinceladas plateadas le teñían el pelo y la barba.

Su cuerpo mostraba las marcas de una vida de duro trabajo bajo el sol; era delgado y de músculos fibrosos. Era la prueba viviente del dicho de que la edad no es más que un número.

Su rostro, curtido por la intemperie y surcado por las arrugas de la experiencia, enmarcaba unos profundos ojos color avellana con motas verdes.

Brillaban con una especie de sagacidad que solo podía provenir de años de labrar la tierra, algo que a Erik le pareció sumamente impresionante. La tenacidad y el fuego de la determinación que se percibían en aquellos ojos cautivaron al joven.

El pelo de Samuel, antes de un intenso color castaño, ahora estaba salpicado de canas, un signo distintivo de su edad avanzada. A pesar de sus entradas, el resto de su cabello estaba bien cuidado y le enmarcaba bien el rostro, confiriéndole un aire de rudo encanto a su apariencia general.

Sus manos, ásperas y callosas, lucían las marcas de incontables horas dedicadas a trabajar la tierra. Eran la prueba de la fortaleza de un hombre entregado a su labor.

Para alguien de su edad, sorprendía con su agilidad y resistencia. Su complexión nervuda denotaba una fuerza que insinuaba una sorprendente agilidad y resistencia.

Sus músculos, sutilmente definidos, llevaban la impronta de un hombre cuya vida transcurría en sintonía con los ritmos de la naturaleza. Su vida era rítmica.

Samuel personificaba la imagen estereotípica del granjero trabajador con su peto vaquero desgastado y su camisa de cuadros descolorida, sobre la cual Erik sentía curiosidad por saber dónde la habría encontrado. Aunque su ropa mostraba signos del paso de los años, parecía bien cuidada, lo que indicaba que era un hombre práctico a la par que meticuloso.

Unas botas cubiertas de barro, ahora seco y polvoriento, daban fe de sus andanzas por los campos. Completando su atuendo, un sombrero de paja de ala ancha le protegía el rostro del intenso fulgor del sol.

El sudor y la tierra que habían estropeado el tejido demostraban que pasaba una considerable cantidad de tiempo trabajando a la intemperie.

Erik percibió la vitalidad que parecía emanar del hombre. A pesar de su avanzada edad, Samuel Thornfield desprendía un aire de vitalidad juvenil.

Su físico, extraordinariamente tonificado, revelaba que era un hombre cuya conexión con la tierra iba mucho más allá de su oficio de granjero.

Erik no pudo evitar sentir respeto por él, tanto por la fuerza que poseía como por la resiliencia de su espíritu.

De repente, al joven se le apareció una pantalla impertinente con unas letras de un rojo intenso que parpadeaban con urgencia.

[ADVERTENCIA. INDIVIDUO EXTREMADAMENTE PELIGROSO DETECTADO. EL SUPERORDENADOR BIOLÓGICO SUGIERE AL HUÉSPED QUE NO UTILICE NINGÚN PODER RELACIONADO CON EL SISTEMA, YA QUE LA PROBABILIDAD DE QUE ESTE HOMBRE PUEDA PERCIBIR LAS SUTILES FLUCTUACIONES DE MANÁ QUE GENERAN ES MUY ALTA.]

«¿Pero qué demonios?»

Erik frunció el ceño, desconcertado, mientras alternaba la mirada entre la advertencia del sistema y la figura de Samuel Thornfield. Aquel hombre, que hasta hacía unos instantes no parecía más que un granjero envejecido, pero extrañamente juvenil y excepcionalmente en forma, se vio redefinido de forma abrupta en la mente de Erik. No era en absoluto el granjero típico. Era un hombre que su superordenador biológico había identificado como una amenaza potencial.

Y las preguntas que daban vueltas en su mente eran desconcertantes. ¿Cómo podía esta aldea aislada albergar a dos individuos con habilidades tan extraordinarias cuando Nueva Alejandría, una bulliciosa ciudad de millones de habitantes, solo tenía uno? Era una anomalía que desafiaba su comprensión.

¿Cómo podía un lugar tan aparentemente primitivo dar lugar a seres con habilidades tan avanzadas? El enigma distaba mucho de estar claro y, por ahora, Erik solo podía reflexionar sobre aquellos inquietantes misterios.

Sin embargo, no tuvo tiempo para ello, pues el hombre no tardó en plantarse frente a él, ya que los demás granjeros le habían abierto paso.

Los ojos castaños de Samuel brillaban con avidez por aprender. El hombre exudaba un aire de serena seguridad, una tranquila fortaleza nacida de años de trabajo bajo el sol y la lluvia, una fuerza inquebrantable forjada por los vientos de la adversidad, y estaba claro que había recorrido un largo camino desde su juventud. Aun así, también contenían una pequeña chispa que denotaba su felicidad y, tal vez, su curiosidad.

—Bien hecho, jovencito —empezó Samuel, con una voz de timbre grave por la edad, pero matizada con una calidez que tranquilizó a Erik de inmediato—. Has convertido un páramo en un Edén. Y en el proceso, le has dado a nuestra gente algo que necesitábamos desesperadamente: esperanza.

Erik sintió que se sonrojaba de vergüenza y se rascó la nuca con torpeza. A pesar de todo por lo que había pasado, de cómo se comportaba con sus amigos, de cómo solía tomar el mando en situaciones difíciles, de cómo luchaba contra los thaids y se enfrentaba a sus enemigos, al joven le costaban este tipo de situaciones.

No estaba acostumbrado a recibir tales elogios, sobre todo de extraños, y sus habilidades sociales no se habían desarrollado tanto en los pocos meses transcurridos desde que conoció a Amber y a los demás.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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