SISTEMA BIOCOMPUTACIONAL SUPERORDENADOR - Capítulo 397
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Capítulo 397: Samuel (1)
Un murmullo de emoción recorrió al grupo de granjeros, que observaban el espectáculo del verde paisaje que se desplegaba alrededor de Erik. Sus expresiones transmitían asombro, sorpresa y una sensación de profundo alivio, todo al mismo tiempo.
Hacía tan solo unos instantes contemplaban un paisaje desolado, pero ahora, todo gracias a Erik, se encontraban en medio de un oasis de verdor, vivo y pujante. Lo que acababan de ver desafiaba toda explicación y solo podía describirse como un milagro.
Los granjeros se acercaron a Erik en grandes grupos, como un enjambre de abejas atraído por el dulce néctar.
La promesa de una cosecha fructífera transformó sus expresiones, antes más adustas por las penurias.
Se arremolinaron alrededor del joven, con sus rostros curtidos resplandeciendo por la renovada esperanza que acababan de encontrar.
—¿Quién eres? —exclamó uno de ellos, rompiendo el silencio.
—¿De dónde vienes? —preguntó otro, con los ojos reflejando una curiosidad genuina.
—¿Es este el poder de tu cristal cerebral? ¡Es increíble! —terció un tercero, señalando el floreciente campo a su alrededor con un amplio gesto de la mano.
—¿Has venido para quedarte? —se abrió paso otra voz esperanzada entre el clamor.
Erik se vio anegado en preguntas, como si estuviera en medio de una inesperada tormenta de verano. Permaneció allí, rodeado por todas partes por el animado bullicio, con cada voz pugnando por su atención y compitiendo por hacerse oír.
El aluvión de preguntas apenas le dejaba margen para responder y, como resultado, sintió que una ola de caótico y abrumador estupor lo invadía.
Erik, sin embargo, guardó silencio en medio de todo el caos. Paseó la mirada por los rostros expectantes de la multitud, cada uno pendiente de su respuesta. Pudo distinguir un atisbo de esperanza en sus ojos y un anhelo desesperado por una luz que los guiara y transformara sus vidas.
Se dio cuenta de que aquel momento lo superaba con creces. Se trataba de una comunidad al borde de la desesperación que veía un rayo de esperanza por primera vez en mucho tiempo. Era abrumador, sí, pero también le confirió una sensación de propósito que no había sentido antes.
Entonces, un hombre se separó de la multitud y avanzó hacia Erik. Su nombre, como Erik descubriría más tarde, era Samuel Thornfield.
A primera vista, Samuel parecía un hombre que se negaba obstinadamente a acatar las normas del paso del tiempo. Su cuerpo se asemejaba más al de un hombre en la flor de la vida, a pesar de que unas pinceladas plateadas le teñían el pelo y la barba.
Su cuerpo mostraba las marcas de una vida de duro trabajo bajo el sol; era delgado y de músculos fibrosos. Era la prueba viviente del dicho de que la edad no es más que un número.
Su rostro, curtido por la intemperie y surcado por las arrugas de la experiencia, enmarcaba unos profundos ojos color avellana con motas verdes.
Brillaban con una especie de sagacidad que solo podía provenir de años de labrar la tierra, algo que a Erik le pareció sumamente impresionante. La tenacidad y el fuego de la determinación que se percibían en aquellos ojos cautivaron al joven.
El pelo de Samuel, antes de un intenso color castaño, ahora estaba salpicado de canas, un signo distintivo de su edad avanzada. A pesar de sus entradas, el resto de su cabello estaba bien cuidado y le enmarcaba bien el rostro, confiriéndole un aire de rudo encanto a su apariencia general.
Sus manos, ásperas y callosas, lucían las marcas de incontables horas dedicadas a trabajar la tierra. Eran la prueba de la fortaleza de un hombre entregado a su labor.
Para alguien de su edad, sorprendía con su agilidad y resistencia. Su complexión nervuda denotaba una fuerza que insinuaba una sorprendente agilidad y resistencia.
Sus músculos, sutilmente definidos, llevaban la impronta de un hombre cuya vida transcurría en sintonía con los ritmos de la naturaleza. Su vida era rítmica.
Samuel personificaba la imagen estereotípica del granjero trabajador con su peto vaquero desgastado y su camisa de cuadros descolorida, sobre la cual Erik sentía curiosidad por saber dónde la habría encontrado. Aunque su ropa mostraba signos del paso de los años, parecía bien cuidada, lo que indicaba que era un hombre práctico a la par que meticuloso.
Unas botas cubiertas de barro, ahora seco y polvoriento, daban fe de sus andanzas por los campos. Completando su atuendo, un sombrero de paja de ala ancha le protegía el rostro del intenso fulgor del sol.
El sudor y la tierra que habían estropeado el tejido demostraban que pasaba una considerable cantidad de tiempo trabajando a la intemperie.
Erik percibió la vitalidad que parecía emanar del hombre. A pesar de su avanzada edad, Samuel Thornfield desprendía un aire de vitalidad juvenil.
Su físico, extraordinariamente tonificado, revelaba que era un hombre cuya conexión con la tierra iba mucho más allá de su oficio de granjero.
Erik no pudo evitar sentir respeto por él, tanto por la fuerza que poseía como por la resiliencia de su espíritu.
De repente, al joven se le apareció una pantalla impertinente con unas letras de un rojo intenso que parpadeaban con urgencia.
[ADVERTENCIA. INDIVIDUO EXTREMADAMENTE PELIGROSO DETECTADO. EL SUPERORDENADOR BIOLÓGICO SUGIERE AL HUÉSPED QUE NO UTILICE NINGÚN PODER RELACIONADO CON EL SISTEMA, YA QUE LA PROBABILIDAD DE QUE ESTE HOMBRE PUEDA PERCIBIR LAS SUTILES FLUCTUACIONES DE MANÁ QUE GENERAN ES MUY ALTA.]
«¿Pero qué demonios?»
Erik frunció el ceño, desconcertado, mientras alternaba la mirada entre la advertencia del sistema y la figura de Samuel Thornfield. Aquel hombre, que hasta hacía unos instantes no parecía más que un granjero envejecido, pero extrañamente juvenil y excepcionalmente en forma, se vio redefinido de forma abrupta en la mente de Erik. No era en absoluto el granjero típico. Era un hombre que su superordenador biológico había identificado como una amenaza potencial.
Y las preguntas que daban vueltas en su mente eran desconcertantes. ¿Cómo podía esta aldea aislada albergar a dos individuos con habilidades tan extraordinarias cuando Nueva Alejandría, una bulliciosa ciudad de millones de habitantes, solo tenía uno? Era una anomalía que desafiaba su comprensión.
¿Cómo podía un lugar tan aparentemente primitivo dar lugar a seres con habilidades tan avanzadas? El enigma distaba mucho de estar claro y, por ahora, Erik solo podía reflexionar sobre aquellos inquietantes misterios.
Sin embargo, no tuvo tiempo para ello, pues el hombre no tardó en plantarse frente a él, ya que los demás granjeros le habían abierto paso.
Los ojos castaños de Samuel brillaban con avidez por aprender. El hombre exudaba un aire de serena seguridad, una tranquila fortaleza nacida de años de trabajo bajo el sol y la lluvia, una fuerza inquebrantable forjada por los vientos de la adversidad, y estaba claro que había recorrido un largo camino desde su juventud. Aun así, también contenían una pequeña chispa que denotaba su felicidad y, tal vez, su curiosidad.
—Bien hecho, jovencito —empezó Samuel, con una voz de timbre grave por la edad, pero matizada con una calidez que tranquilizó a Erik de inmediato—. Has convertido un páramo en un Edén. Y en el proceso, le has dado a nuestra gente algo que necesitábamos desesperadamente: esperanza.
Erik sintió que se sonrojaba de vergüenza y se rascó la nuca con torpeza. A pesar de todo por lo que había pasado, de cómo se comportaba con sus amigos, de cómo solía tomar el mando en situaciones difíciles, de cómo luchaba contra los thaids y se enfrentaba a sus enemigos, al joven le costaban este tipo de situaciones.
No estaba acostumbrado a recibir tales elogios, sobre todo de extraños, y sus habilidades sociales no se habían desarrollado tanto en los pocos meses transcurridos desde que conoció a Amber y a los demás.
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