SISTEMA BIOCOMPUTACIONAL SUPERORDENADOR - Capítulo 411
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Capítulo 411: Marchando
El grupo se reunió en el centro de su aldea muy temprano por la mañana, justo cuando los primeros rayos de sol se abrían paso a través de la penumbra para iluminar el mundo.
Eran diez aldeanos, y cada uno cargaba sobre sus hombros la esperanza de su comunidad. Samuel, un luchador hábil y experimentado, ocupó su lugar a la cabeza del grupo, sirviendo como símbolo de la fuerza y determinación del mismo.
Ethan y Erik, que querían ayudar en esta misión, estaban allí con él. El miembro más nuevo del grupo, Erik, aportaba un nivel de familiaridad con la ciudad subterránea que ninguno de los demás poseía, mientras que Ethan tenía un amplio conocimiento del entorno natural que rodeaba la antigua ciudad, ya que de pequeño solía ir por aquellos lares a jugar con sus amigos, a pesar de las protestas de sus padres.
Emprendieron su viaje para llegar a la entrada de la ciudad subterránea, su destino final.
El terreno que atravesaban representaba la vida a la que se habían acostumbrado, que consistía en vivir en una naturaleza frondosa, tan hermosa como dura.
Un brillo etéreo iluminaba su camino mientras andaban, pues la luz del sol naciente había penetrado entre los árboles invernales. A pesar de la abrumadora calma, flotaba en el aire una subyacente sensación de inquietud. Todos eran conscientes de la gravedad de la tarea y de la silenciosa sensación de urgencia que pendía en el aire como una densa niebla.
Samuel se acercó a Erik; sus rasgos, normalmente amables, habían sido reemplazados por unos que mostraban tristeza, y sus ojos estaban llenos de remordimiento. —Erik —comenzó, con voz solemne—. Yo…, nosotros…, te debemos una disculpa.
Erik levantó la vista, sorprendido por la inusual muestra de vulnerabilidad de Samuel. —¿Por qué? —preguntó, con un aire de confusión.
Samuel suspiró, y su mirada se desvió brevemente antes de volver a encontrarse con la de Erik. —Hoy es tu cumpleaños —dijo, y las palabras quedaron suspendidas pesadamente entre ambos—. Amos y yo… no debimos haberte pedido que hicieras una tarea así hoy. Somos muy conscientes de ello. No es justo para ti.
Erik frunció ligeramente el ceño, pues la revelación de su cumpleaños lo había tomado por sorpresa. Se produjo un momento de silencio mientras procesaba las palabras de Samuel. Luego, con una risita, hizo un pequeño ademán con la mano para restarle importancia.
—No pasa nada, Samuel —dijo, mientras las comisuras de sus labios se curvaban en una suave sonrisa. Su mirada era firme, y reflejaba una madurez muy superior a su edad—. Hacemos esto por todos en la aldea, ¿verdad? Eso es más importante que un estúpido cumpleaños. Además, nunca me han gustado mucho las celebraciones.
La tensión del ambiente se disipó en cuanto se oyeron las palabras de Erik, pues fueron pronunciadas con total sinceridad. Samuel mostró su gratitud asintiendo con la cabeza y sonriendo ampliamente al mismo tiempo.
—Aun así —dijo, dándole una palmada firme en el hombro a Erik—, te lo compensaremos, chico. Tienes mi palabra.
Mientras el sol seguía ascendiendo por la mañana, arrojando un cálido resplandor sobre ambos, se sentía entre ellos una palpable sensación de armonía y comprensión.
Con aire pensativo, Erik dirigió su mirada al camino que tenían por delante, y sus ojos recorrieron la ruta familiar hacia la ciudad subterránea. —Samuel —comenzó, con una nota de curiosidad en su voz—, ¿qué sabéis realmente sobre la ciudad subterránea?
Samuel siguió la mirada de Erik con la suya, y entrecerró ligeramente los ojos mientras reflexionaba sobre la pregunta. —No mucho, me temo —admitió, con cierto pesimismo en el rostro.
—La mayor parte de lo que sabemos son solo fragmentos de historias transmitidas por nuestros antepasados.
Samuel se detuvo un segundo, con la mirada cada vez más distante, como si estuviera mirando hacia el pasado.
Hubo un momento de silencio mientras Samuel hacía una pausa, con la mirada perdida como si mirara hacia el pasado. —Pero sí sabemos que nuestros antepasados vinieron de allí —dijo, con la voz teñida de una mezcla de reverencia—. Por eso la ciudad subterránea tiene tanta importancia para nosotros. No es solo un posible refugio o un escondite. Es un vínculo con nuestro pasado, un trozo de nuestra historia.
Erik asintió, con expresión pensativa. Podía aceptar la importancia de tal conexión, pero no era capaz de comprenderla, ya que su lugar de nacimiento era un agujero de mierda y no quería saber nada de él. Después de todo, todo el mundo quería saber de dónde venía para entender sus raíces.
Esta misión no era solo por la supervivencia, sino también para reclamar una parte de su herencia, su hogar ancestral. Al comprenderlo, Erik sintió una determinación aún más profunda de ayudar a los aldeanos a tener éxito.
—Por casualidad, ¿tenéis alguna idea de por qué se abandonó la ciudad? —inquirió Erik, lanzando una mirada curiosa en dirección a Samuel, con la curiosidad a flor de piel. La pregunta quedó suspendida en el ambiente entre ellos, creando una atmósfera de misterio y conjetura.
Samuel negó con la cabeza con una expresión de pesar. —No, no lo sabemos —admitió—. Nuestros antepasados no dejaron ningún registro de lo que les hizo marcharse. Todo lo que tenemos son teorías.
Erik asintió, indicando que comprendía la frustración que causaba lidiar con lo desconocido. Tras un breve silencio, rompió la quietud y compartió su teoría con el grupo.
—Creo que podría haber sido por el Thaid humanoide que habita en la cueva —declaró, mirando a Samuel fijamente.
Samuel se giró para mirarlo, con el interés despierto. —¿Ese Thaid? —preguntó, en busca de una aclaración.
—Sí —continuó Erik, en tono seguro—. Teniendo en cuenta el poder destructivo de esa criatura, es probable que la gente de entonces simplemente no tuviera los medios para enfrentarse a ella. Debió de parecer un desafío imposible, demasiado fuerte para superarlo. El riesgo de quedarse debió de superar los beneficios, lo que los llevó a abandonar la ciudad.
Al terminar, Erik se giró y fijó la mirada firmemente en el camino que tenían por delante. Aunque se enfrentaban a algo desconocido, creía que el conocimiento del pasado podría ser la clave para superar los retos a los que se enfrentaban ahora.
—¿Por qué Amos y tú no os encargasteis de la criatura antes? —preguntó Erik tras girarse hacia Samuel. Era evidente que preguntaba por pura curiosidad y no en tono acusador. Su rostro estaba salpicado de luces y sombras alternas, causadas por la luz del sol que se filtraba a través del dosel invernal del bosque, y tenía los ojos fijos en Samuel.
Samuel le devolvió la mirada, con un atisbo de sonrisa irónica en los labios. —Antes no era necesario —explicó, con la mirada firme—. No pensábamos volver a la ciudad subterránea. Estábamos contentos con nuestra vida aquí en la aldea.
Su mirada recorrió los alrededores, contemplando el paisaje y cómo los árboles crecían cada vez más altos, con sus gruesos troncos que proporcionaban una sensación de estabilidad.
—Siempre hemos vivido de la tierra, cazando y cultivando. La ciudad era un vestigio del pasado, un lugar que nuestros antepasados dejaron atrás. No teníamos ninguna razón para molestar a las criaturas que se instalaron allí.
—Pero ahora, las circunstancias han cambiado —continuó Samuel, con tono grave—. Con Frant imponiéndose en nuestra tierra y nuestras vidas en peligro, no tenemos más remedio que regresar a la ciudad, nuestro hogar ancestral. Y eso significa enfrentarnos a cualquier peligro que aceche allí.
Cuando Samuel concluyó su explicación, los hombres continuaron su viaje, sintiendo el peso de la importancia de su misión sobre sus hombros. Sin embargo, lo hicieron con determinación, guiados por su empeño colectivo de salvaguardar su hogar y a quienes vivían en él.
A medida que avanzaban, se enfrentaron a las dificultades que presentaba el terreno salvaje. Se enfrentaron a obstáculos en forma de pendientes pronunciadas, trampas traicioneras y ríos caudalosos. A pesar de ello, el grupo trabajó unido hacia un objetivo común y se ayudó mutuamente a superar los obstáculos.
Siempre había una mano para sujetar a quien tropezaba, y siempre había una voz para ofrecer dirección cuando el camino no estaba claro.
El viaje no habría sido posible sin el profundo conocimiento que Ethan tenía de la zona. A menudo se adelantaba para explorar y asegurarse de que no hubiera obstáculos en su camino, mientras que el comportamiento sereno de Samuel mantenía a los demás miembros del grupo centrados y motivados.
Erik desempeñaba un papel importante, a pesar de que no había llegado al pueblo hasta hacía poco. Su singular conocimiento de la ciudad que se extendía más allá de su destino era de gran ayuda; su tarea era guiar al grupo por la extensa ciudad subterránea mientras acometían su titánica empresa.
La luz del sol que llegaba al suelo del bosque desde las alturas era difuminada por las nubes invernales y los restos de la vegetación colgante, creando patrones dinámicos de luces y sombras en el suelo.
El sonido del trinar de los pájaros, el susurro de las hojas y el crujido ocasional de una ramita al romperse bajo el peso de criaturas invisibles, llenaba el aire como una sinfonía de la naturaleza.
El equipo de diez personas se comunicaba eficazmente en silencio mientras se movía por el paraje salvaje, una prueba de sus conocimientos y experiencia compartidos.
El grupo se movía con sigilo y elegancia, sus miradas recorrían rápidamente los alrededores, siempre en busca de posibles peligros.
Tenían un largo viaje por delante, durante el cual tuvieron que abrirse paso entre la densa maleza y vadear arroyos burbujeantes. Solo se detenían cuando era indispensable para poder guardar sus energías para futuros desafíos. Iban a necesitar todas sus fuerzas para lo que estaba por venir.
Tras lo que pareció una eternidad, la espesura por fin empezó a clarear, dando paso a un claro. Allí, contra una pared de piedra natural, se erguía una puerta de metal; era la ominosa guardiana y centinela de la antigua ciudad subterránea, el hogar ancestral del Pueblo de Vigilancia Libertad.
El tiempo había hecho mella en la puerta, pero seguía siendo robusta. El grupo se detuvo; su atención se dirigió inmediatamente a la imponente estructura en la distancia. Era aquí donde su viaje comenzaría de verdad. Este era también el lugar donde Erik, por aquel entonces una misteriosa figura de origen desconocido pero ahora el salvador del pueblo, había aparecido de repente.
Ahora lo seguirían a esa oscuridad de la que él provenía, de vuelta a su pasado, para asegurar que su futuro y sus familias estuvieran a salvo.
Miraron la puerta como si fueran uno solo; su objetivo era meridianamente claro: liberar la ciudad de los monstruos. El grupo se enfrentaba a la puerta inmóvil, lista para ser abierta.
—Por fin hemos llegado —dijo Ethan, rompiendo el silencio con determinación.
Mientras se apoyaba en un árbol para examinar la enorme entrada, Erik se centró en Samuel antes de volver a dirigir su atención a la puerta. —Samuel, ¿puedes abrir la puerta? Sería más fácil para ti —dijo Erik. Su voz reflejaba el respeto que sentía por el hombre.
Samuel asintió ante la petición de Erik. Aunque la puerta era enorme e innegablemente pesada, estaba bien dotado de una fuerza monstruosa y unos músculos tonificados capaces de afrontar el desafío.
Sus músculos se habían endurecido por años de entrenamiento, agricultura y lucha contra los Thaids, y si había algo de lo que estaba seguro, era de que podía contar con su fuerza cuando más importaba.
Mientras Samuel se acercaba a la puerta de metal, el ambiente adquirió una inconfundible sensación de solemnidad. Se aseguró de que ambos pies estuvieran firmemente plantados en el suelo, echó los hombros hacia atrás y respiró hondo antes de alcanzar la superficie lisa y dura de la puerta.
Samuel adoptó una postura firme frente a la puerta, y su presencia dominaba el espacio mientras alargaba la mano hacia el enorme volante.
El óxido y el musgo que lo cubrían eran una manifestación física del paso del tiempo. Tras respirar hondo un par de veces, empezó a emplear toda su fuerza para girar el volante, y sintió cómo se le tensaban los músculos por el esfuerzo. A medida que el volante empezó a resistirse a la fuerza que aplicaba, su agarre se hizo más firme y las venas de sus brazos se hicieron más visibles.
Tras un poco de esfuerzo, la descomunal fuerza de Samuel hizo que el volante empezara a girar, y cada rotación requería la fuerza de un buey para completarse. Esto produjo un ruido bajo y chirriante que reverberó por todo el silencioso bosque. Apretó la mandíbula, con la mente cada vez más concentrada.
El peso de la puerta no era nada comparado con la envergadura de la tarea que iban a acometer, así que no era motivo de preocupación.
Mientras los gemidos metálicos del volante al girar resonaban lúgubremente a su alrededor, el sudor goteaba por la frente del hombre mayor, que respiraba con jadeos cortos y entrecortados. Tras lo que pareció una eternidad, la puerta por fin empezó a ceder ante su fuerza y a abrirse.
El volante empezó a girar y el mecanismo se desbloqueó con un fuerte estruendo que reverberó por todo el túnel de detrás.
Samuel le dio al volante un último y poderoso impulso y luego empujó la enorme puerta al terminar de girarlo. Antes de ceder por completo, protestó por su apertura con crujidos y gemidos mientras se abría.
La enorme puerta se abrió de par en par, revelando el vasto túnel que se extendía tras ella. Esta era la entrada a su historia y, posiblemente, también a su futuro.
Cuando la enorme puerta pudo por fin abrirse del todo, el aire del túnel que tenían delante empezó a salir a bocanadas, trayendo consigo el olor a tierra vieja e intacta y una persistente sensación de misterio.
Erik se asomó al túnel, negro como la boca de un lobo, que parecía atraerlos hacia delante de forma amenazadora. Su corazón latía con fuerza en su pecho y podía sentir un débil eco de su miedo pasado resonando en su mente. El thaid humanoide vivía aquí.
Recordó su excursión más reciente a la vasta ciudad subterránea y su escalofriante enfrentamiento con el thaid humanoide y los Artrópodos Escupidores de Ácido. Los recuerdos le provocaron un escalofrío.
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