SISTEMA BIOCOMPUTACIONAL SUPERORDENADOR - Capítulo 445
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Capítulo 445: La fiesta (3)
Vanessa rompió el silencio, dando un paso al frente, con la mirada abarcando a todo el grupo.
—Confié en el juicio de Amos desde el principio, cuando decidió formar este equipo —empezó, con su voz firme y llena de sinceridad—. Ahora está claro por qué sugirió a Erik.
Miró a Erik y sus miradas se encontraron en un gesto de aprobación. —No solo ha sobrevivido a la hostil naturaleza del bosque, sino que también ha desarrollado habilidades y conocimientos que, sin duda, serán cruciales para su viaje.
Asintió con la cabeza en dirección a él. Vanessa hizo una pausa momentánea para que sus palabras calaran hondo. —Puede que Erik sea más joven que ustedes, y puede que venga de la ciudad, pero ha demostrado ser de sobra capaz —dijo, con una mirada cálida en el aire frío.
—Creo que pueden confiar en él para que los guíe a salvo por el bosque. —Su confirmación ayudó a disipar las dudas que aún quedaban en el grupo. Si ella respondía por él, entonces no tenían nada que temer. El respaldo de Vanessa era importante, pues era un miembro respetado de la aldea.
Las miradas que el grupo intercambió lo decían todo: estaban listos para embarcarse en este viaje con Erik a la cabeza. —Muy bien, entonces —dijo finalmente Alexia, rompiendo el breve silencio que se había cernido sobre el grupo.
La mirada de Erik se encontró con los ojos de ella, llenos de un respeto recién adquirido. —Si ese es el caso, supongo que no tenemos por qué preocuparnos. —Cambió el peso de su cuerpo, ajustándose la correa del arco y contemplando el paisaje nevado que se extendía ante ellos.
—El tiempo apremia —añadió, devolviendo la mirada al grupo—. Más vale que nos pongamos en marcha. —Sus palabras marcaron el final de la conversación; su tono era autoritario y firme.
No quedaba rastro del escepticismo que antes había ensombrecido su semblante. Los asentimientos del grupo demostraron su conformidad.
Como si fuera una señal, se cargaron las mochilas y afianzaron la empuñadura de sus armas. Su aventura estaba a punto de comenzar. Se encontraban en las afueras de la aldea cuando el sol empezó a salir, arrojando un resplandor dorado sobre la nieve virgen.
Erik fue el primero en dar un paso al frente; sus botas crujieron en la nieve al girarse hacia el grupo. Su joven rostro se iluminó con una expresión decidida, y los suaves tonos del alba se reflejaron en sus ojos.
—Vamos —dijo Erik, con voz clara y segura en el aire inmóvil de la mañana. Con las mochilas bien sujetas y las armas amarradas a los costados o a la espalda, el grupo dio un paso al frente; cada paso los alejaba más de su entorno conocido y los acercaba a lo desconocido.
Marcus fue el primero en colocarse ante Erik, su imponente estatura creaba una presencia intimidante. Sus ojos recorrieron rápidamente el bosque que se extendía ante ellos, y su mano buscó instintivamente el hacha que llevaba al costado. Alexia, a su lado, inspeccionaba los alrededores, y su aguda mirada lo captaba todo.
Ava y Garrett permanecieron en silencio; cruzaron una mirada antes de situarse detrás de Marcus y Alexia. Las dagas de Ava relucieron siniestramente bajo el sol naciente, y su sonrisa socarrona prometía tanto travesuras como peligro.
Garrett, por su parte, mantenía la mano sobre la empuñadura de la espada con agarre relajado, y sus rudas facciones ocultaban sus pensamientos. La brillante luz del día se reflejaba en el prístino paisaje blanco mientras el grupo se adentraba en el bosque recién nevado, que refulgía a su alrededor.
El crujir de la nieve bajo sus botas resonaba en el silencioso bosque, interrumpido solo por el quejido de las ramas cargadas sobre sus cabezas.
Los cuatro viajeros, bien abrigados contra el frío, aprovecharon la oportunidad para hacerle a Erik las preguntas que bullían en sus mentes. Erik era un misterio para ellos; era alguien de la ciudad, así que era natural que tuvieran dudas.
—Erik —empezó Alexia, mientras su aliento formaba una nubecilla de vaho en el aire gélido—, según nos han contado, vienes de la ciudad, de Nueva Alejandría, pero cuando me enteré de que había alguien de allí en la aldea, sobre todo con todo lo que está pasando, empecé a preguntarme por qué te fuiste. ¿Qué te hizo hacerlo? A los habitantes de las ciudades no suele atraerles la naturaleza salvaje.
Erik se detuvo, con la mirada perdida en el sendero que tenían por delante, convertido en un laberinto de caminos nevados. Era una pregunta que esperaba, pero aun así sintió una vulnerabilidad inexplicable. Tomó una profunda y fría bocanada de aire antes de empezar su historia. No le resultaba fácil hablar de su pasado.
—Mi madre murió cuando yo era joven, así que me crie con mi padre. Sin embargo, él era soldado, como la mayoría de la gente de allí —empezó, con una voz que era poco más que un susurro en el silencio del paisaje invernal.
—Como estaba fuera de la ciudad a menudo, podría decirse que me crie solo, aunque me enviaba dinero todos los meses para sobrevivir. Pero lo realmente difícil no fue eso —dijo el joven con el rostro entristecido. Recordar su pasado no era fácil, ni lo hacía de buen grado.
—Cuando terminé de desarrollar mi cristal cerebral, descubrí que tenía un defecto que me impedía aprovechar todo su poder —mintió el joven.
—Solo podía hacer que las cosas crecieran más deprisa, y no mucho —admitió, mezclando algunas verdades. Los demás miraron a Erik con compasión, algo que a él no le gustó, pero sabía que era normal.
—Me acosaban porque consideraban que mi poder era inútil. Frant está muy orientado al combate, y no ser capaz de luchar es un problema enorme.
—¿Inútil? —replicó Alexia—. ¡Todo el mundo sabe que salvaste nuestra aldea! ¡Es cualquier cosa menos inútil! —exclamó la mujer con vehemencia.
No podía creer lo que el joven acababa de decirle. —Solo pude hacer eso gracias a mi despertar. Parece que reparó mi cristal cerebral, y mis reservas de maná han aumentado significativamente gracias a ello. No podría haber hecho todo eso si no hubiera sido por ese suceso en mi vida. A menudo me he preguntado si las cosas habrían sido diferentes si no hubiera tenido el despertar.
—Y qué hay de… —prosiguió Garret con vacilación—. ¿Qué se siente al tener dos poderes? —inquirió—. ¿Cómo gestionas tu maná, para empezar? Aunque tener dos poderes es conveniente, el maná es limitado y usar ambos es difícil.
—Bueno… Aunque tengo menos maná, tengo la suerte de que mis poderes son fuertes por naturaleza. No es fácil, pero es posible gestionarlos.
Su voz sosegada no podía ocultar la profunda emoción que subyacía en sus palabras. La dolorosa realidad de la marcha de su padre lo golpeó como una corriente de aire frío en pleno invierno, dejándole un escalofrío desagradable.
El dolor y las dificultades que tuvo que afrontar en la ciudad acabaron por alejarlo de las abarrotadas calles y llevarlo al corazón de la naturaleza. Erik encontró la fuerza para enfrentarse a sus demonios aquí, donde los árboles se erguían altos e inflexibles contra el duro invierno, y la nieve caía sin cesar.
—Crecí en la ciudad, rodeado de rascacielos y calles bulliciosas. Ese era mi mundo, todo lo que conocía. —Hizo una pausa, y sus ojos reflejaron el marcado contraste entre los árboles oscuros y la nieve blanca.
—Pero en medio de toda esa conmoción, me sentía… fuera de lugar, como una semilla intentando crecer en el hormigón. Supongo que mis orígenes me hacían sentir desplazado en ese entorno. Pensé que después de mi despertar las cosas habrían ido mejor, pero, a pesar de mi despertar, los problemas no me dejaron en paz.
—Incluso en medio de las comodidades de la vida urbana, sentía un deseo insaciable de algo diferente —continuó, mirando a sus compañeros de viaje, con los rostros atentos y el aliento empañando el aire lleno de escarcha—. Quería descubrir el mundo más allá de los límites de la ciudad. Quería marcharme de allí y empezar una nueva vida en otro lugar. Quería encontrar un lugar al que llamar hogar, uno donde no me discriminaran, acosaran o se aprovecharan de mí.
Erik continuó, y sus palabras se abrieron paso para la verdad en medio de la serenidad cristalina de la nieve.
—Hay otra razón por la que dejé la ciudad —admitió, contemplando el horizonte, donde la brillante luz del sol se encontraba con el cielo azul gélido.
—Han pasado casi tres años desde que mi padre se fue. —Las expresiones de los cuatro se ensombrecieron de repente.
La expresión de los cuatro se tornó más sombría de repente. Este chico no había tenido una vida sencilla. Sin embargo, no era tan malo considerando lo que ellos habían soportado en los últimos meses, con el miedo a morir de hambre siempre presente, y ahora la situación solo había empeorado debido a las actividades de los soldados Frantianos.
Aun así, comprendían que sentirse fuera de lugar no debía de haber sido agradable. Claramente, no eran conscientes de las palizas diarias que Erik había recibido desde que entró en el instituto. La luz del sol sobre la nieve se reflejaba en sus ojos mientras observaban al joven con una mirada triste.
Hizo una pausa por un momento, y el silencio se extendió entre ellos como la infinita extensión de nieve blanca que tenían por delante. Con un amplio gesto señaló su entorno: los árboles espolvoreados de nieve, el suave manto de nieve bajo sus pies, el helado viento que susurraba entre las ramas.
Su mirada se posó en la nieve prístina bajo sus pies mientras elegía sus siguientes palabras. La nieve crujía suavemente bajo sus botas, en marcado contraste con el mensaje crucial que estaba a punto de transmitir.
—Sin embargo, el año pasado dejé de recibir dinero de él —admitió en voz baja. Las palabras quedaron suspendidas en el aire, pesadas, mientras su significado se desvanecía en el silencio—. Entonces me enteré de que él… que murió en una misión.
Eso fue lo que Becker, mintiendo a todas luces, le dijo en la fiesta de la mansión de Amber. Por supuesto, su padre había regresado y le había dado el superordenador biológico. Sin embargo, después de eso, desapareció.
La revelación quedó suspendida en el aire gélido, una verdad dolorosa entre la nieve y el hielo. Los compañeros de Erik ahora sabían de la muerte de su padre, a la que él se había enfrentado solo. Bajo la brillante luz invernal, el peso de la noticia parecía proyectar largas sombras.
Su vaho se arremolinaba frente a él, girando en el aire frío antes de disiparse. Cada bocanada era un crudo recordatorio de su aislamiento y de la familia que una vez tuvo y que debió abandonar.
—Con el poder de mierda que tenía entonces, intenté encontrar una forma de sobrevivir trabajando en una granja. Sin embargo, ciertos sucesos me hicieron perder incluso eso y, como resultado, decidí marcharme de la ciudad —dijo, mezclando mentiras y verdades.
Levantó lentamente la mirada para encontrarse con la de sus compañeros, revelando la cruda vulnerabilidad en sus ojos. La luz invernal se reflejó en la nieve e iluminó su rostro, acentuando su angustia. Sin embargo, en sus ojos había algo más que dolor: una determinación inquebrantable forjada ante la pérdida y la adversidad.
—A pesar de lo que otros digan del bosque, este lugar ha sido un refugio y un maestro para mí. He aprendido a adaptarme, a sobrevivir y a encontrar la fuerza en mi interior. He descubierto los efectos reconfortantes del viento susurrante.
Mientras continuaban su viaje, sus huellas dejaban un rastro en la nieve a su paso. La nieve se sentía más blanda bajo sus pies y el camino parecía más despejado.
El frío del invierno se veía atenuado por la calidez de su creciente vínculo, fomentado por las historias compartidas y un objetivo común.
Avanzar por aquel paraíso invernal no se parecía en nada a los cuentos de hadas de los libros y las películas. El paisaje, aunque hermoso en su esplendor gélido, le presentaba al grupo varios desafíos. El frío se les colaba en las botas y les entumecía los dedos de los pies a cada paso.
La nieve fresca ralentizaba considerablemente su avance, convirtiendo lo que debería haber sido una zancada firme en un penoso y lento caminar. Las gélidas temperaturas mermaban su energía y ralentizaban sus movimientos, lo que magnificaba cada esfuerzo.
Además, la pintoresca e incesante nevada dificultaba su visibilidad y reducía su campo de visión.
Esto aumentaba la posibilidad de ser emboscados por criaturas ocultas que acechaban en los alrededores. La nieve también amortiguaba los sonidos, lo que hacía aún más difícil detectar cualquier peligro inminente.
El duro invierno había despojado a los árboles de su frondosa cubierta, proporcionando poca o ninguna protección contra los elementos o los depredadores. Debido a la amplitud del paisaje nevado, eran vulnerables a ataques desde arriba, especialmente de los Thaids voladores.
Las defensas naturales eran ineficaces, lo que los obligaba a permanecer constantemente alerta a su entorno, sobre todo al cielo.
Luego estaban los peligros menos evidentes, pero no por ello menos peligrosos. Bajo la nieve, traicioneras placas de hielo amenazaban con hacerlos tropezar, así como súbitos desniveles del terreno y raíces o rocas ocultas que podían provocar la torcedura de un tobillo.
Por último, las duras condiciones invernales restringían gravemente su acceso a alimentos y agua potable. Las plantas comestibles yacían inactivas bajo la nieve y la caza se había vuelto mucho más difícil en el paisaje cubierto de nieve. Mientras tanto, los arroyos y ríos que antes fluían libremente se habían congelado por completo, lo que dificultaba la obtención de agua para beber.
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