SISTEMA BIOCOMPUTACIONAL SUPERORDENADOR - Capítulo 517
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Capítulo 517: La casa Jasmine (1)
Erik emergió del callejón, su figura borrosa contra el fondo exquisitamente pintado de la ciudad ficticia.
La energía en la arena era alta, y el bullicioso ambiente de la ciudad añadía autenticidad a la experiencia. El bajo zumbido de la cháchara robótica llenaba el aire, interrumpido por los ecos artificiales de la vida urbana.
Se movió entre la multitud de robots, con sus ojos escaneando la zona en busca de la «Casa Jazmín», donde se decía que el rehén había sido visto por última vez. El sol blanco estaba ahora directamente sobre sus cabezas, iluminando la ciudad y aumentando la temperatura en varios grados.
A pesar de que la arena era un espacio cerrado, con muchos edificios en su interior, había suficiente espacio para que un fuerte viento recorriera los callejones, llevando consigo un ligero aroma a aceite de motor y un matiz floral.
Erik caminó hasta que llegó a lo que consideró la calle principal. Un robot con una túnica sencilla estaba a un lado, con su rostro metálico inexpresivo.
—Disculpe —dijo Erik mientras se acercaba a la figura, intentando tratar al robot como lo haría con una persona.
—¿Sabe dónde está la Casa Jazmín? —inquirió.
Cuando el robot recibió la pregunta, respondió con una voz sintética: —Lo siento, no sé dónde está ese lugar. Su tono monótono contrastaba marcadamente con el vibrante paisaje urbano que los rodeaba.
«Oh, dios, vamos…», pensó Erik con frustración.
—Gracias de todos modos —dijo Erik mientras salía del edificio.
El joven persistió en su búsqueda y, tras un tiempo, acabó deteniendo a otro robot. Recibió la misma respuesta: «No lo sé». Cada vez se sentía más frustrado. El tiempo corría, y cada segundo que perdía podía afectar a su puntuación final.
Erik siguió adelante, con un brillo de determinación en los ojos a pesar de las descorazonadoras respuestas de los dos siguientes robots. Mientras buscaba pistas, se detuvo en un puesto de frutas. El dependiente robótico estaba realizando una transacción con otro de esos ciudadanos falsos. El robot entregó una bolsa con algunas peras dentro y, en cuanto quedó libre, Erik se le acercó y le hizo su pregunta.
—¿La Casa Jazmín? La cabeza mecánica del frutero se inclinó ligeramente, y su voz imitó un tono reflexivo al oír la pregunta de Erik.
—Sí, exacto. La Casa Jazmín, una tienda que vende flores exóticas, ¿dónde está? —añadió Erik.
—Si no me equivoco, debería estar al sur de la ciudad. Pruebe a mirar allí… —respondió el robot.
El rostro de Erik se sonrojó de alivio. Le dio las gracias al robot y se marchó de inmediato. Erik ya sabía dónde estaba el rehén gracias al superordenador biológico, pero tenía que fingir que no era así y buscar pistas que lo llevaran hasta allí.
Por supuesto, en cuanto obtuviera una pista lo bastante buena, fingiría un golpe de suerte y se dirigiría al lugar correcto, o ese era el plan. Todo dependía del tipo de pista que fuera a conseguir.
Erik giró hacia el sur, acelerando el paso mientras se embarcaba en la siguiente etapa de su misión. La ciudad bullía a su alrededor, ajena al falso drama que tenía lugar en su seno. Su próximo destino estaba ahora claro: la Casa Jazmín.
El joven descubrió la Casa Jazmín en el corazón de la zona sur de la ciudad, enclavada en el retorcido laberinto de calles estrechas y edificios de varias plantas. La tienda era un encantador edificio de dos plantas con una fachada de piedra bañada por los cálidos tonos del sol.
El nombre de la tienda estaba pintado a mano en un letrero de madera sobre la entrada, con sus letras doradas escritas sobre un fondo azul cobalto.
Los escaparates de la tienda estaban adornados con una gran variedad de flores de vivos colores, cuyos vibrantes tonos complementaban el encanto rústico del lugar. También había pinturas de flores en el cristal, que daban al lugar un aspecto encantador.
Las mariposas flotaban entre las flores, con sus alas brillando bajo la luz solar simulada, y se podían ver abejas zumbando de un lado a otro para recoger polen.
La entrada era una cascada de glicinias moradas y blancas, con los pétalos cubiertos de una capa de rocío falso que brillaba como diminutos cristales.
«Así que… esta es la Casa Jazmín», pensó el joven mientras estaba de pie ante la estructura.
Se detuvo un momento, de pie en el umbral de la Casa Jazmín. Una oleada de aroma floral lo inundó al abrir la ornamentada puerta.
El susurro de las hojas y los pétalos de las plantas que abarrotaban los alrededores de la tienda ahogó el crujido de la puerta de madera cuando Erik la abrió. Al entrar, sus botas resonaron en el suelo de baldosas.
Bajo su máscara, observó el interior, con la mirada aguda y analítica. La tienda tenía techos altos de los que colgaban hileras y hileras de macetas.
El suelo era un complejo mosaico de baldosas desgastadas y desconchadas por el paso del tiempo. O al menos, Erik pensó que ese era el objetivo de quienquiera que hubiera creado este escenario al hacer que las baldosas tuvieran ese aspecto.
Más estanterías robustas revestían las paredes, llenas de macetas de diversos tamaños, creando un ambiente acogedor. El objetivo era atraer a los clientes para que entraran.
Los floristas robóticos, que cuidaban de las plantas y entraban y salían apresuradamente de la tienda mientras movían y regaban las plantas, se giraron para mirar a Erik mientras este se adentraba en el local. Sus cuerpos metálicos relucían bajo la luz y los bulbos de sus ojos brillaban con una luz suave y neutra mientras cuidaban de sus protegidas.
Una sinuosa escalera envuelta en hiedra artificial llamaba la atención al fondo de la sala. El segundo piso no se veía. Erik no necesitaba verlo, pero apostaría a que allí había más plantas. La mirada del joven se detuvo brevemente en la escalera antes de volver al resto de la tienda.
Su mirada se sintió atraída por una figura que parecía fuera de lugar entre los residentes mecanizados de la Casa Jazmín. Estaba encorvada sobre un banco de trabajo en un rincón de la tienda, arreglando flores y macetas.
Su pelo castaño estaba recogido en un moño desordenado y aparentaba tener veintitantos años. Tenía la piel pálida y ligeramente pecosa, y sus pómulos altos le daban un aire de sofisticación.
Su atuendo era sencillo: un vestido de estampado floral que le llegaba hasta los tobillos. Una mancha de tierra en la mejilla le daba un aspecto terrenal.
Sus manos se movían con la fluidez, la gracia y la precisión de una florista experimentada. Era como si llevara muchos años haciendo ese trabajo.
Erik la observó mientras manejaba con delicadeza cada tallo y recortaba lo que había que quitar.
Parecía ajena a la presencia de Erik, absorta en su tarea a pesar del ruido que él había hecho al entrar en el edificio. Se dio cuenta de que había encontrado a la persona que le daría la siguiente pista.
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