SISTEMA BIOCOMPUTACIONAL SUPERORDENADOR - Capítulo 531
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Capítulo 531: Finalizar la prueba
Tras atravesar la imponente puerta de madera del gremio, se podía ver el cálido resplandor de las antorchas que iluminaban el salón del Gremio de Mercenarios.
Este salón estaba impregnado de historia —una falsa, por supuesto—; los suelos de piedra mostraban las marcas de innumerables luchadores y las paredes estaban adornadas con estandartes y elaboradas esculturas que glorificaban la ilustre historia del Gremio.
—¿Tenías que llevar tu actuación a tales extremos? —le preguntó Erik a Lucy.
—Por supuesto —respondió Lucy con una sonrisa burlona—. Se trata de que la prueba parezca auténtica y realista, y de sumergirte por completo en la experiencia.
El salón rebosaba de mercenarios creados artificialmente, cada uno con un asombroso parecido a los humanos en su complexión física y mental. Mientras unos se dedicaban con esmero al mantenimiento de sus armas, otros mantenían intensas conversaciones.
Los arqueros perfeccionaban su puntería contra unas dianas que el Gremio ponía a disposición de todos, hasta alcanzar una perfección mecánica que se traducía en flechas de trayectoria impecable.
La sinfonía de susurros, el tintineo esporádico de las armaduras y el impacto ocasional de una flecha creaban un rico tapiz sonoro.
Al entrar, Erik atrajo algunas miradas extrañadas por llevar capucha y una máscara que le cubría el rostro. A pesar de ello, solo fue un fugaz revuelo de interés. En un entorno así, no era raro ver a gente que ocultaba su identidad tras una máscara.
Cuando Erik se acercó al mostrador, se encontró con un empleado robótico de aspecto inquietantemente realista. Tras él, unos detallados tablones mostraban los diferentes logros y misiones completadas por los miembros robóticos del gremio.
Erik se levantó ligeramente la capucha, dejando ver su máscara. —Soy Erik Kay —declaró con una mezcla de orgullo y cansancio en la voz—. He completado la prueba y he asegurado al rehén.
El recepcionista robótico estudió a Erik por un momento. —Verificación en proceso —entonó sin emoción. Tras una tensa pausa, respondió finalmente—: Verificación completa. Felicidades, Erik Kay. Su logro quedará registrado.
El estridente sonido de una alarma perturbó abruptamente la paz, y su grito de urgencia reverberó por toda la ciudad simulada. Cuando la alarma sonó, el tiempo se detuvo y la gente de toda la ciudad contuvo el aliento. Después, se hizo un sorprendente vacío de sonido.
Las calles, antes bulliciosas y hogar de vendedores autómatas, niños que jugaban y guardias de seguridad que patrullaban, se volvieron inquietantemente silenciosas.
Los bulliciosos sonidos que habían dibujado la estampa de un ajetreado paisaje urbano habían desaparecido, sustituidos por un silencio casi sepulcral. Todos los robots se detuvieron de inmediato, sin importar lo que estuvieran haciendo antes.
Un joven niño robótico quedó paralizado en medio de una carcajada, con la expresión de felicidad inalterada en el rostro. Un vendedor se había convertido en una estatua en plena perorata de venta. Los soldados, antes vigilantes, permanecían como centinelas inmóviles, con sus expresiones faciales impasibles.
Erik se detuvo un instante mientras asimilaba el repentino silencio que se había adueñado de la sala. El salón del Gremio, antes rebosante de actividad y bullicio hacía solo unos segundos, permanecía ahora en un silencio sepulcral, con cada robot congelado en medio de su última acción. Parecía como si el propio tiempo se hubiera detenido, capturando cada detalle en un instante perfecto e inmutable.
El cielo pareció brillar un poco más, quizá marcando el final de la intrincada farsa que se había estado desarrollando. La escena al completo demostraba la extraordinaria atención al detalle y el esfuerzo invertido en crear una prueba tan realista.
Lucy, que había interpretado el papel de una rehén aterrorizada hacía solo unos instantes, caminaba de repente con un aire de autoridad. Al pasar con audacia junto a Erik, echó un breve vistazo a su rostro oculto. Inesperadamente, sus ojos estaban libres de la ansiedad que antes los habitaba.
—Bien hecho, Erik —comentó ella, con voz firme pero amable—. Has completado la prueba.
Erik la miró, un tanto desconcertado por su repentina transformación de damisela en apuros a guía segura de sí misma.
—Ven conmigo —le indicó Lucy, dirigiéndose a la parte trasera del salón del Gremio.
Erik, que todavía intentaba procesar la vorágine de acontecimientos que acababan de ocurrir, la siguió, ansioso por saber qué le esperaba y qué tal lo había hecho en la prueba. El acto de liberar al rehén era solo una parte; el resultado final aún era una incógnita, ya que dependía de muchos factores.
Tras subir dos tramos de escaleras, se detuvieron ante una enorme puerta metálica. Lucy señaló un botón a su derecha. —Púlsalo —le indicó—. Te llevará de vuelta a la entrada.
Mientras Erik lo hacía, Lucy continuó, con voz profesional pero con un matiz de calidez: —Cuando salgas, dirígete al vestuario y espera. Habrá refrescos disponibles. Tus resultados se calcularán y se te comunicarán en breve.
Erik asintió, agradeciendo su claridad. —Gracias —respondió con una sonrisa sincera en los labios. La intensidad de la prueba y su abrupto final le dejaron una mezcla de agotamiento y expectación.
Tras unos instantes, la puerta se abrió deslizándose y reveló una amplia sala parecida a un ascensor, pero con toques modernos por doquier. Sus paredes estaban hechas de una combinación de espejos y metal brillante. En el centro de todo había un pedestal con un único botón con la etiqueta «Inicio».
Erik pulsó el botón tras un instante de duda. Una vez que la puerta se cerró herméticamente, se hizo un silencio absoluto y, en lugar de la habitual sensación de subir o bajar, Erik percibió que el espacio se movía lateralmente, de forma muy parecida a un tren rápido.
El suave movimiento de aquel espacio similar a un ascensor hizo que Erik se sintiera como si se deslizara por un túnel futurista. Al mirar a su alrededor, unas coloridas luces led iluminaban las paredes, creando un espectáculo hipnótico que cambiaba y se transformaba a cada instante.
El inicio de su viaje de vuelta vino marcado por un suave zumbido que impregnó el espacio, y las paredes vibraron ligeramente.
Erik recobró la compostura y empezó a respirar hondo varias veces. El cambio repentino de un mundo lleno de espadas y escudos a esta sala repleta de tecnología de vanguardia era desorientador, pero todo formaba parte del riguroso procedimiento de pruebas que el Gremio de Mercenarios tenía establecido.
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