SISTEMA BIOCOMPUTACIONAL SUPERORDENADOR - Capítulo 552
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Capítulo 552: Después de todo, se realizó una transacción
Las puertas del ascensor revelaron una extensión de otro mundo de colores, aromas y viales relucientes a medida que descendía a la sexta planta, dedicada a los derivados vegetales.
Toda la planta estaba iluminada por luces que realzaban el brillo de los recipientes llenos de líquido que adornaban las numerosas estanterías, mesas y pedestales distribuidos por la sala.
Olivia sonrió con orgullo al notar el asombro en la mirada desorbitada de Erik.
—Bienvenido a la sexta planta —dijo ella, abarcando la sala con un gesto del brazo.
—Aquí es donde guardamos nuestras pociones, elixires y brebajes, procedentes de la flora del mundo rica en maná.
Erik caminó lentamente por los pasillos, y sus pisadas apenas sonaban sobre los pulidos suelos de mármol.
Ante él se desplegaba un universo maravilloso y, con cada nueva mirada, lo recibía un caleidoscopio de colores. Cada botella y frasco contenía una mezcla única de magia y naturaleza, que albergaba la promesa de algo extraordinario e insólito.
Los tonos azules refulgían como las profundidades del océano, los verdes ondeaban como praderas de verano y los rojos palpitaban con la intensidad de un corazón latiente.
Cada tonalidad parecía moverse y danzar, rebosante de poder y posibilidades, invitándolo a acercarse para poder investigar sus secretos.
El aire desprendía un concierto de aromas, un tapiz tejido con el dulce perfume de jardines en flor y las profundas notas terrosas de árboles ancestrales.
La sala estaba repleta de aromas embriagadores. A Erik le costaba evitar que se le subieran a la cabeza.
Las historias susurradas de los alquimistas y botánicos que se aventuraron a capturar el poder en bruto de la naturaleza en una botella reverberaban en el fragante aire.
Daban vida a las leyendas de aquellos que se atrevieron a intentarlo. Era un reino de fantasía y maravilla, donde el esplendor del mundo natural se celebraba en toda su majestuosidad.
Tomándose un momento para recuperar la compostura, Erik pensó: «He oído muchas cosas en Nueva Alejandría, pero nunca sobre la existencia de un lugar como este».
Se rio entre dientes. «Probablemente porque no tenía dinero ni para acercarme a esta clase de establecimientos».
Olivia miró a Erik; se dio cuenta de que estaba pensando en algo y de que al joven de diecisiete años le agradaba lo que veía.
Estaba segura de que compraría algo aquí. —Las pociones de calidad suelen exigir un precio determinado, y a menudo alto. ¿Pero y los efectos? Nosotros los garantizamos, y le aseguro que valen cada Eurem. Estas pociones no son solo soluciones en botellas. Son arte. La culminación de la pericia, el conocimiento científico y el poder en bruto e indomable de la naturaleza.
Olivia dijo esto para incitar a Erik a comprar algo. La suya era una táctica inteligente destinada a hacer que todo pareciera tentador.
Erik cogió un vial que contenía un líquido plateado que centelleaba como un cielo nocturno estrellado. —¿Qué hace esta poción? —preguntó, con la voz llena de genuina curiosidad.
—Eso —comenzó Olivia con reverencia— es un Elixir Lunar. Le permite ver con claridad en las noches más oscuras, como si el mundo a su alrededor estuviera bañado por la luz de la luna llena. Está hecho con los pétalos de la flor Gotalunar, que solo se puede encontrar en las zonas más remotas de Etrium.
Erik soltó un silbido de asombro mientras miraba el vial. Cada poción de aquel lugar era un testimonio de las maravillas del país.
Erik no tenía ni idea de que se pudiera fabricar algo así. Quizá se debía a que en Frant no existían, o a que era un secreto celosamente guardado que solo conocían los ricos y el ejército.
Sabía que existían pociones, pero eran principalmente curativas y no podían compararse con la capacidad sanadora de los poderes de cristal cerebral.
Olivia miró a Erik mientras este observaba las pociones tras su máscara. Era imposible saber si estaba complacido o interesado, pero el tiempo que su mirada se demoró en la poción le dio algunas pistas.
—Cuando esté listo —dijo, haciendo un gesto hacia una zona más privada—, le mostraré los sueros estimulantes del cerebro.
Erik se tomó más tiempo para observar a su alrededor y ver si había alguna poción que pudiera serle útil, pero no encontró nada que pudiera permitirse. Así que le pidió a Olivia que lo llevara a la sección más interesante.
La sección dedicada a los sueros estimulantes del cerebro y del cuerpo era ligeramente más oscura que el resto de la planta y estaba bañada por una suave luz azul.
Elegantes soportes de cristal que sostenían esbeltas botellas llenas de relucientes líquidos plateados ocupaban toda la sección.
El ambiente se parecía más al de un templo venerado que al de un mercado, una clara indicación de la importancia del suero en un mundo donde el poder de cada cristal cerebral lo era todo para cada individuo, y donde aquello que ayudaba a mejorar el poder personal de uno era casi deificado.
Olivia cogió una botella con delicadeza y la alzó a la luz. A medida que comenzaba a describir sus propiedades, el líquido refulgió y danzó. —Este suero —explicó— ayuda a formar enlaces neurales. Multiplica la actividad del cristal cerebral, aumentando la capacidad de controlar el maná y facilitando la formación de los patrones necesarios para crear los enlaces neurales.
Erik ya conocía sus efectos, pues había oído hablar de sus inigualables beneficios en Nueva Alejandría.
Aun así, oírlo de primera mano de alguien como Olivia daba más credibilidad a las historias. Sabía que los usuarios de mayor rango y los individuos adinerados los usaban con frecuencia para acelerar su entrenamiento.
—¿Cuánto cuesta? —inquirió Erik, preparándose ya para el elevado precio de semejante poción milagrosa.
Olivia hizo una breve pausa antes de revelar: —Dos millones de Eurems por botella.
La mirada de Erik no vaciló a pesar de que la cifra era considerable; eso se debía a que, esta vez, estaba muy dispuesto a comprar el suero. Sus proyectos y diversas tareas le habían permitido acumular la respetable suma de 6,5 millones de Eurems durante los últimos meses.
Un cálculo rápido le reveló que podía permitirse tres botellas, pero no pensaba despilfarrar su dinero.
—Me llevo dos —declaró Erik sin siquiera pensarlo. No obstante, en secreto esperaba que el superordenador biológico fuera capaz de descifrar la fórmula del suero para poder reproducirlo.
Quizá no necesitaría comprar más sueros en el futuro si lograba cultivar las plantas necesarias para elaborarlo, algo que estaba a su alcance; solo necesitaba encontrarlas.
Olivia asintió, sin reaccionar a su decisión de compra. —Muy bien. Serán dos.
Mientras ella empaquetaba con cuidado las botellas en un estuche protector, la mente de Erik se desvió hacia sus anteriores esfuerzos por encontrar fórmulas alquímicas. Por muy avanzado que fuera el ordenador biológico, a menudo no había logrado encontrar ninguna información en internet sobre estos secretos celosamente guardados.
Evidentemente, en un mundo donde el poder lo era todo, el conocimiento de tales pociones era un activo valioso que las compañías farmacéuticas intentaban ocultar a toda costa.
Si de verdad quería encontrar algo, tendría que buscar directamente en los servidores de esas compañías, algo que no había hecho porque no tenía una necesidad real de usar esos sueros. Sin embargo, ahora que estaba considerando expandir su negocio, la situación podría ser diferente.
Olivia le entregó con delicadeza el estuche asegurado a Erik. —Estos sueros son extremadamente valiosos, señor Kay. Úselos con sabiduría. Tienen el potencial de alterar el curso de la vida de una persona.
Erik aceptó el estuche, sintiendo el peso de los sueros y el potencial que representaban. —Gracias, Olivia —dijo solemnemente, igualando el tono de ella—. Soy consciente de su valor.
Ambos intercambiaron una breve mirada de entendimiento. En un lugar como el Mercado Haven, donde la opulencia era la norma, algunos tesoros, como los sueros de Erik, tenían un valor que iba más allá del monetario.
Eran portales hacia el poder y la evolución, y, en las manos adecuadas, podían cambiar el curso de la historia.
Mientras Erik salía del Mercado Haven, el sol comenzó a ponerse, pintando el cielo con tonos anaranjados y rosados.
Erik sintió una gran satisfacción al pensar en sus descubrimientos, sobre todo en lo referente a su objetivo principal, Doran Stedman.
Las calles bullían de actividad, con vendedores que ofrecían sus mercancías y músicos que tocaban melodías que se fundían con el animado ambiente. Pero la mente de Erik estaba en otra parte. Ya no era necesario que siguiera investigando ese día.
Sujetaba con fuerza en la mano el estuche protector que contenía los sueros estimulantes del cerebro.
La promesa de sus efectos y el poder potencial que podía otorgarle resultaba tentadora, y estaba ansioso por comprobar su eficacia. Había oído historias sobre su eficiencia, pero experimentarla en carne propia era completamente diferente a que se la contaran otros.
Erik encontró un callejón tranquilo e hizo una seña a un taxi, dándole instrucciones al conductor para que lo llevara cerca de su hotel sin decirle el nombre por motivos de privacidad.
Erik se recostó en el cómodo asiento del taxi, pensando en el suero. Su líquido plateado lo tentaba, y de inmediato consideró tomarse una dosis.
Pero la paciencia era esencial. Sería mejor usarlo cuando estuviera solo y lejos de miradas indiscretas. Después de todo, un aumento de poder tan masivo requería el entorno adecuado para ser asimilado por completo, y él quería hacerlo todo a la perfección.
Al llegar, Erik se dirigió rápidamente a la suite de su hotel. La habitación estaba en penumbra, con el suave murmullo de la ciudad de fondo. Sacó con cuidado una de las botellas del estuche y la colocó sobre la mesa. Al alzarlo, el suero destelló en la tenue luz de la estancia.
Tras respirar hondo, Erik descorchó la botella, sin saber qué esperar. ¿Serían los cambios notorios o sutiles? Solo había una forma de averiguarlo.
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