Sistema de apareamiento: Mis 5 maridos bestia quieren herederos - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 La hora del baño del rey león
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4: La hora del baño del rey león 4: La hora del baño del rey león —Jia…
—No quiero repetirme.
Vete, Mira.
No eres bienvenida aquí.
Ella no se iba a ir a ninguna parte.
Mira dio un paso hacia delante y Jia Hao retrocedió uno.
Se fijó en una cicatriz que parecía de espinas tejidas alrededor de su cuello.
La antigua Mira hizo esto.
Lo atrajo hacia una presa mientras él cazaba para ganarse su favor e hizo que sus secuaces lo capturaran con enredaderas espinosas y tejidas.
Lo ataron y se aseguraron de que luchara hasta debilitarse.
Hasta que volvió a su forma humana.
El recuerdo la golpeó vívidamente.
Cómo Mira lo había atado y lo había arrojado a aguas contaminadas para que se ahogara.
Casi lo mató.
Y no era la primera vez.
El recuerdo la asqueó.
El pensamiento era mortificante.
Las cosas por las que él pasó intentando demostrar su amor y, aun así, ella lo hizo sufrir y persiguió a alguien QUE NO LA AMABA.
Alguien que probablemente esté en brazos de otras mujeres bestia.
—Lo siento —dijo Mira con voz cálida.
Jia Hao la miró como si acabara de decir la cosa más extraña del mundo.
—Te he hecho daño muchas veces y nunca te he mostrado ningún afecto.
Lo siento muchísimo, Jia Hao.
Sus fosas nasales se ensancharon.
Rechinó los dientes.
Un bajo aullido se escapó de su boca.
—Nunca te he amado como debería y lo siento mucho.
Por favor, perdóname.
Quiero cambiar —musitó Mira.
Por un momento, notó que su mirada vacilaba, pero luego se endureció de nuevo.
—No dejaré que me engañes otra vez.
Vete.
Levantó las manos, mostrándole que se rendía.
—Déjame lavarte —dijo Mira—.
Pareces recién llegado de una cacería.
Hueles a flores silvestres, a arbustos y a barro.
Déjame lavarte y luego me iré.
Notó que su cola se meneaba.
Vaya.
Quería que ella lo lavara.
—Intenta alguna gracieta y te arrancaré las manos de un mordisco —gruñó él.
—De acuerdo.
Mis manos están a tu merced —expresó ella, con un tono acogedor.
Él había aceptado.
Era una buena señal.
Puede que de verdad consiguiera acostarse con él.
En el momento en que llegaron a las aguas termales, los ojos de Mira se abrieron de par en par.
El lugar era precioso.
Olía a las mejores fragancias de las flores.
Unas cascadas caían en arroyos dentro de unas bañeras apartadas talladas en roca, fluyendo hacia abajo en corrientes hasta llenar cada una de ellas.
Los árboles de aquí servían de decoración y de barrera para los intrusos.
Sauces.
Tantos sauces.
—¿Esta es tu casa de baños?
Es preciosa.
Jia Hao gimió.
—La construí para ti.
Pero nunca quisiste estar aquí.
Sus ojos volvieron a él.
—Fui una tonta —admitió ella.
Él resopló con una risita.
—En eso podemos estar de acuerdo.
Jia Hao se quitó la chaqueta de piel.
Si pensabas que su vista frontal era divina, espera a ver esa espalda tan sexi.
Mira no pudo evitar quedarse boquiabierta mirándolo.
Tenía su propio harén en el mundo bestia.
Esto parecía un sueño hecho realidad, si no fuera porque todos la odiaban.
De repente, un poco de barro y suciedad no importaba en absoluto.
Él bajó las manos y se quitó los pantalones de piel.
A ella se le abrieron los ojos como platos.
Acababa de darse cuenta de lo que implicaba bañarlo.
Nalgas.
Muslos musculosos al descubierto para que los viera, piernas fuertes.
Ya estaba chillando por dentro.
Un auténtico festín para la vista.
[¡Cuidado, anfitriona!
No queremos una muerte por admiración, esta vez.]
Mira hizo un puchero.
—Vete a la mierda, sistema.
—¿Qué has dicho?
—resonó un murmullo bajo.
Se quedó boquiabierta mientras miraba a Jia Hao de pie ante ella.
Desnudo.
Su miembro, enorme y sin pudor, descansaba entre sus fornidos muslos.
Hemorragia nasal.
Volvió a la realidad de golpe.
—Caliente.
Estás caliente —se dio una palmada en la mejilla—.
Quiero decir, el agua está caliente, no tú.
Pero tu cuerpo también está superbueno.
Sin duda.
Cada parte de tu…
—sus ojos se posaron de nuevo entre sus piernas.
Le ardían las mejillas.
¿Se suponía que eso tenía que entrar en ella?
¿Cabría?
Parecía que no cabría ni entre sus manos.
—Los ojos aquí arriba —gruñó Jia Hao.
Ella notó una curva en el extremo de sus labios.
¿Estaba sonriendo con arrogancia?
Qué idiota.
Sabe que está bueno.
—Sí.
¿Dónde está la esponja de baño?
—consiguió decir, carraspeando.
Él señaló detrás de ella.
Por supuesto que estaba justo ahí.
¿Cómo iba a darse cuenta si su atención estaba centrada en otra cosa?
Jia Hao saltó a la poza más grande.
Tener el agua sobre su piel era una seducción tentadora.
¿Cómo podía mantener las manos quietas, y mucho menos apartarlas de ella?
Ella cogió la esponja y fue hacia él.
—¿Puedo entrar en el agua?
—preguntó.
Él asintió.
Ella metió los pies.
Estaba cálida.
¿Cómo la mantenían tan cálida?
Entonces, su cuerpo se sumergió.
—Voy a tocarte mucho, Jia Hao.
Dime si te resulta incómodo —musitó.
Al oírse a sí misma, sonaba como una depredadora—.
Quería decir «lavarte».
—Claro —murmuró él.
Ella tragó saliva y nadó más cerca de él.
Sus manos alcanzaron primero su espalda.
Usó la esponja, hecha de lo que parecían nidos de pájaro, para frotarle la piel, restregándolo hasta dejarlo limpio.
Jia Hao ronroneó.
Notó cómo sus hombros tensos se relajaban mientras sus manos lo recorrían.
Eso era bueno.
Se estaba relajando.
Ella continuó.
Cuanto más lo frotaba y usaba la otra mano como cuenco para echar agua sobre la parte restregada de su piel, más se le mojaba el coño, y temió que él pudiera olerlo.
Ahora era el momento de ocuparse de sus pies.
Mira se sumergió en el agua sin pensar.
Volvió a salir a la superficie de inmediato.
—¡Creo que deberías lavarte de la cadera para abajo!
—soltó ella.
Cuanto más lo veía, más quería tocarlo.
De forma inapropiada.
—Nunca he sostenido…
—tosió—.
Quiero decir, bañado a un…
—buscó las palabras adecuadas—.
No sé cómo…
—parpadeó, respiró hondo y luego suspiró—.
No puedo respirar bajo el agua —dijo.
Fue la única excusa que se le ocurrió.
Jia Hao le quitó la esponja y lo hizo él mismo.
Gracias a Dios, se había salvado.
Cuanto más tiempo miraba «esa cosa», más la quería entre sus piernas.
—Sabes, no tienes que fingir que quieres hacer esto.
No es la primera vez que me encuentras repulsivo.
¿Repulsivo?
Ni de coña.
Él no era para nada repulsivo.
De hecho, era todo lo contrario.
Era muy magnético y estaba bien dotado.
Y era largo.
Realmente grueso y largo.
De hecho, pedía a gritos que jugaran con él, pero no podía decir eso.
—Estás lejos de ser repulsivo.
—Entonces, ¿por qué no quieres terminar lo que empezaste?
«Porque podrías dejar embarazadas a mis manos», pensó.
—No me puedo creer que me estés preguntando eso.
Jia Hao se acercó, atrapando su cuerpo entre el borde de la poza y el suyo.
Calor.
Recorrió su cuerpo, electrificándola hasta el fondo de su ser.
Y esa proximidad fue todo lo que se necesitó para que lo sintiera contra su estómago.
Mira jadeó.
Sus ojos se alzaron para encontrarse con los de Jia Hao.
Él clavó su mirada en la de ella.
Le respiraba en el cuello, buscando algo que ella no sabía qué era.
—Sí, te lo pregunto.
Respóndeme o abandona la manada y no vuelvas jamás.
Ahora lo sentía rozando su entrada.
Estaba duro.
O lo hacía a propósito o era completamente ignorante.
—Me distraes —exhaló—.
Sé que me odias y no quiero volver a hacerte daño con mi tacto —eso no era exactamente una mentira.
¿Y si lo acariciaba y ese acto lo llevaba a romperle el cuello?
Entonces estaría muerta antes del tiempo límite.
Jia Hao no dijo nada, su mirada simplemente la atravesó como si intentara ver su alma.
Era intenso.
Embriagador.
[Advertencia: ¡El nivel de feromonas del Rey León Jia Hao se está disparando.
Modo de apareamiento activado!]
Jia Hao se echó hacia atrás.
—Toma.
Termina lo que empezaste.
A mi pelo le vendría bien un buen lavado.
Ni siquiera la tocó.
Bueno, sus manos no lo hicieron.
Jia Hao se dio la vuelta para darle la espalda.
Su cabello quedó a la vista.
Ella hundió los dedos en su pelo, pasándolos por su cuero cabelludo.
Él soltó un ronroneo.
Mira soltó una risita.
—¿Te gusta?
Él no respondió.
Ella siguió masajeando su cabeza con los dedos, cepillando su cabello y enjuagándolo.
Jia Hao se echó hacia atrás, dejando que la parte posterior de su cabeza descansara sobre ella.
Era suave.
Disfrutaba de la sensación de su cuerpo.
—He terminado —susurró Mira—.
Estás completamente limpio.
Mantendré mi parte del trato y me iré.
Él se giró para mirarla.
—Quédate.
Es tarde.
Puedes cumplir el trato mañana.
¿Quería que se quedara?
Eso era una victoria para ella.
Sonrió.
—Gracias, esposo.
La expresión facial de Jia Hao cambió.
Sintió que había dicho esa palabra demasiado pronto.
—Lo siento —se disculpó.
Salió del agua y cogió una falda de hojas atada con lianas del borde de la poza, y se la enrolló en la cintura, apartando por fin la atención de una de sus muchas tentaciones.
—Haz eso otra vez —dijo—.
Eso de pasar los dedos por mi pelo.
Ella parpadeó.
—¿Te refieres a un masaje?
Él asintió.
Se sentó a su lado y apoyó la cabeza en sus muslos.
—Hazlo otra vez.
Fue agradable.
Mira hundió la mano en su pelo, recorriéndolo con suaves caricias.
Jia Hao meneó su cola mojada, ronroneando sobre los muslos de ella.
Esto era sorprendente.
Era como un gato.
Solo que uno grande.
Y también le gustaba que lo acariciaran.
Un gatito tan grande.
Una pantalla emergente apareció ante su cara.
[La confianza de Jia Hao en la anfitriona ha aumentado un 0,01 %.
La anfitriona debería empezar con los preparativos de su funeral a estas alturas]
Mira suspiró.
Al menos, eso era mejor que cero.
[¡Jajajaja!]
¡Maldito seas, sistema!