Sistema de apareamiento: Mis 5 maridos bestia quieren herederos - Capítulo 90
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Capítulo 90: Pequeño Ejército
Una advertencia brilló en su cerebro. Unas personitas se dirigían hacia ella, cada una con una especie de tirachinas o una piedra en la mano, y todas gritaban con la seriedad pintada en la cara.
Mira tragó saliva. Niños. Por fin se le acercaban niños, y no parecían contentos. De hecho, querían echarla de allí más rápido que los adultos.
—¡No se acerquen demasiado! ¡Come cachorros de guepardo! —gritó uno. Los cachorros mantuvieron la distancia, escondiéndose detrás de las casas y vallas de madera. Aun así, le lanzaron piedras. Algunas fallaron, pero otras le dieron de lleno en la piel y escocieron.
—¡No, no lo hago! Todo esto es solo un malentendido —dijo Mira.
—Eso no es verdad. Dijo que no le gusta la carne de guepardo. Ha venido aquí a probarnos —se alzó una voz en medio del caos. Mira reconoció la voz. Era el cachorro que fue a verla a la habitación de Ming Tao.
. . .
¿Esto estaba pasando en serio? ¿Era todo una broma desde el principio?
[Te concedió tu deseo. Tienes cachorros de guepardo cerca.]
El Sistema sonaba sarcástico y Mira gruñó. —No es gracioso —musitó. Mira se agachó aún más y avanzó en busca de un escudo, ya fuera una de las casas o una valla. Estos niños estaban locos. Atrapar a uno de esos traviesos les daría una lección, solo necesitaba encontrar a uno.
—¡La señora demonio se ha escondido! ¡Rápido, reúnanse todos y formen un muro! ¡No puede acabar con nosotros de una vez! —gritó alguien.
Esos críos eran listos y Mira lo odiaba. —Todo es un gran malentendido. Vengo en son de paz —dijo, lo suficientemente alto como para que la oyeran a pesar de su estruendo.
—¡Mi nombre significa Paz! ¡Ha venido a por mí! —chilló una niña. Parecía una chiquilla que estaba perdiendo los estribos. Mira escuchó un cántico de batalla mixto de voces inmaduras resonando en el ambiente. El suelo empezó a retumbar. Parecía que sabían dónde estaba y se dirigían directamente hacia ella.
—¡Aléjate de nosotros!
—¡Déjanos en paz, demonio!
—¡Sí! ¡Mi carne no es tu comida!
Las voces retumbaron en el aire. Mira asomó la cabeza desde su escondite. Los niños eran un grupo pequeño, pero parecían una barricada y se dirigían hacia ella. Fue entonces cuando Mira se dio cuenta de que el «talk no jutsu» no la salvaría en ese momento, así que hizo lo que mejor sabía hacer desde que entró en el mundo bestia: correr.
Puso pies en polvorosa y corrió entre las casas. No conocía el territorio, pero corrió de todos modos, pasando junto a casas que parecían todas idénticas. Para colmo, los niños también la seguían y le lanzaban piedras. —¡¡¡Sistemaaa!!! —gritó Mira—. ¡¡¡Ayudaaa!!!
No hubo respuesta. Era casi como si el Sistema quisiera que hiciera esto por su cuenta. —Chicos, podemos llegar a un entendimiento, ¿lo saben, verdad? Una negociación —dijo Mira. Era evidente que sus palabras les entraron por un oído y les salieron por el otro; no respondieron y siguieron persiguiéndola mientras le lanzaban piedras. Si no tuvieran piedras, Mira se habría mantenido firme, pero no parecía que se les fueran a acabar. Mira giró la cabeza para mirar a la turba enfurecida de personitas.
Por fin se dio cuenta de por qué no se les acababan. Mientras unos lanzaban, otros las recogían. Unos cuantos sostenían sacos de tela para almacenar tantas piedras como podían y luego corrían para alcanzar al resto de su pequeño ejército. Para ser niños, no eran nada estúpidos.
Mira tropezó con algo. Cayó de culo al suelo y, al levantar la vista, vio que era Ming Tao. Él parecía estupefacto. La cara de Mira se iluminó, se arrastró hasta detrás de él y le rodeó las piernas con los brazos.
El lanzamiento de piedras se detuvo. Los niños pusieron sonrisas falsas y escondieron los sacos de tela a sus espaldas, como si sus pequeños cuerpos pudieran ocultarlos por completo. La mirada de Ming Tao recorrió el desorden.
—Explíquenlo, ahora —dijo él.
«¡Sí, esposo! ¡Haz que paguen!», coreaba Mira en su cabeza. Estaba sin aliento y seguía escondida.
—Le hemos organizado una fiesta de bienvenida —afirmó uno de los cachorros. Mira frunció el ceño. ¿Quién les había enseñado a mentir a esos críos?
—¿Con piedras? —cuestionó Ming Tao, enarcando una ceja. Los caló al instante. Los niños se rieron nerviosamente hasta que el silencio se apoderó del ambiente.
Fue entonces cuando uno se adelantó y dijo: —Quería comerme. Era el cachorro que la había metido en este lío para empezar. Mira le fichó la cara; se iba a enterar en cuanto ella limpiara su nombre en el clan.
—Y también dijo que venía a por mí. Paz —dijo otra. Era una niñita y se le humedecieron los ojos.
—Dije que venía EN son de paz. ¡En! ¡No «a por»! —espetó Mira. Todavía estaba acurrucada detrás de sus piernas. Ming Tao soltó un suspiro. Al menos estos eran mejores que los que le robaron el abrigo por una fruta.
—Esta es mi esposa, pequeños. Sean amables con ella —dijo Ming Tao con calidez. Se agachó para que su cabeza quedara a la altura de las de ellos, apoyó una mano en sus rodillas y les dedicó una sonrisa—. Ahora desháganse de todas esas piedras y pídanle disculpas a mi esposa.
Los niños parecían culpables. —¿No nos comerá? —preguntó uno de ellos.
—Yo me la comería antes de que ella lo hiciera —aseguró Ming Tao en tono juguetón, y luego hizo chocar los dientes dos veces.
Todos los pequeños hicieron una reverencia. —Lo sentimos, esposa del Poderoso Guepardo —dijeron a coro. Mira quiso decirles que se largaran, pero decidió ser madura. Podría necesitarlos.
—No es para tanto —dijo ella.
—Bien. Ahora, márchense —ordenó Ming Tao. Los niños se dispersaron, recogiendo las piedras sobrantes. Fue entonces cuando Mira se puso en pie.
—Mi caballero de brillante armadura. Podría besarte ahora mismo —dijo, y extendió los brazos para abrazarlo. Ming Tao retrocedió un paso.
—Quita las manos de encima —articuló, mirando a cualquier parte menos a ella—. Me hace perder el control y tomar decisiones poco claras —añadió. Podía sentir la mirada de Mira ardiendo sobre él, pero fingió no notarlo. Era sincero, sin embargo; esas manos parecían tener algún tipo de encantamiento que le hacía sentirse tan bien que deseaba hacerle cosas.
—Claro —dijo Mira. Aceptó la derrota porque él la había ayudado—. Y bien… —empezó, insegura de qué hacer a continuación.
—Necesito que vengas conmigo —dijo Ming Tao—. Todos los adultos están esperando tu llegada.