Sistema de Evolución: Mi espada se alimenta de las sombras - Capítulo 10
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- Capítulo 10 - 10 Capitulo 7 Palabras que no se curan
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10: Capitulo 7: Palabras que no se curan 10: Capitulo 7: Palabras que no se curan El ardor en el costado seguía ahí, pero la sangre ya no caía.
La herida que me había hecho ese monstruo estaba abierta, pero era como si mi cuerpo se resistiera a rendirse.
No se cerraba, no sanaba; solo aguantaba.
Cada respiración me dolía, pero algo me mantenía de pie.
—¿Qué… está pasando…?
—susurré, mirando el corte en mi piel.
La espada no respondió.
Solo sentí ese calor extraño y forzado, como si algo dentro de mí me empujara a no caer todavía.
Entonces escuché los pasos arriba.
Me tensé.
Mis dedos se cerraron alrededor del mango de la espada, pero la solté rápido y la cubrí con unos sacos viejos justo a tiempo.
La puerta del sótano se abrió con un chirrido largo y molesto.
La luz de arriba me golpeó los ojos y tuve que cubrirme el rostro con el brazo.
Escuché el sonido de unos tacones.
Bajando despacio.
Sin prisa.
—Por supuesto que eras tú —dijo mi tía—.
Siempre supe que tarde o temprano ibas a causar problemas.
Bajó los últimos escalones y me miró desde arriba, como si estuviera viendo basura acumulada en un rincón.
Su mirada pasó por las manchas de sangre en el suelo y por mi ropa rota.
No mostró sorpresa, ni miedo, ni preocupación.
—Qué asco… —murmuró, arrugando la nariz—.
Igualito que tu madre.
Siempre dejando todo sucio con sus desgracias.
Sentí que algo se me apretaba en el pecho.
Un dolor que no venía de la herida.
—No… —intenté decir, con la voz temblorosa—.
No hables de ella.
—¿De quién?
—me interrumpió con frialdad—.
¿De la pobre mujer que se pasó la vida enfermándose y estorbando?
¿De la que creyó que el mundo la iba a recompensar por ser buena?
Soltó una risa corta, sin nada de gracia.
—Mírala cómo terminó.
Bajo tierra y olvidada.
Las palabras me atravesaron más profundo que cualquier garra.
—Si hubiera sido un poco más lista —continuó ella—, no se habría dejado morir así.
Ni te habría dejado a ti aquí como un estorbo.
Apreté los dientes con tanta fuerza que me dolió la mandíbula.
Quería gritarle que se callara, pero no me salía la voz.
Ella se inclinó un poco, lo suficiente para que pudiera oler su perfume caro, ese que siempre me daba náuseas.
—No vales lo que cuesta mantenerte vivo —susurró a pocos centímetros de mi cara—.
Y créeme… nadie te va a extrañar cuando dejes de hacerlo.
Se enderezó, limpiándose el vestido como si estar cerca de mí la hubiera manchado, y dio media vuelta.
—Limpia este desastre —ordenó mientras subía—.
Y no hagas más ruido.
Bastante tuvimos con la muerte de tu madre como para ahora tener que cargar con otro de tus espectáculos.
La puerta se cerró con un golpe seco.
El cerrojo echó la llave.
Me quedé ahí, en la penumbra, temblando.
No lloré.
No grité.
Ya no me quedaban lágrimas para ellos.
Solo respiré.
Una vez.
Otra.
La puerta se cerró y el silencio del sótano se sintió más pesado que nunca.
Me quedé mirando los escalones de madera, esperando que el eco de sus tacones desapareciera por completo.
Cuando por fin estuve solo, me desplomé.
Mis manos, aún temblorosas, buscaron un trapo viejo y un balde con agua estancada.
Tenía que limpiar.
Si bajaban mañana y veían una sola mancha, sería peor.
Me arrastré por el suelo, ignorando el grito de dolor que mi costado lanzaba cada vez que me movía.
El agua se tiñó de un rojo oscuro casi de inmediato.
—Ella tiene razón —murmuré para la oscuridad—.
Soy un estorbo.
—Un estorbo no habría sobrevivido al errante —la voz de la espada resonó en mi mente, cortante y seca—.
Un estorbo ya sería carne muerta en ese rincón.
Tú sigues respirando.
Dejé de tallar el suelo.
El agua sucia goteaba de mis dedos, pero no me importó.
Me quedé mirando el rastro de sangre que todavía quedaba en el cemento.
—Dijo que mi madre era débil —respondí, y esta vez mi voz no tembló.
Estaba seca, vacía de emoción—.
Dijo que yo soy igual a ella.
—La debilidad no es algo que se hereda, Drakvorn.
Es algo que se permite —sentenció la voz—.
Ella no está aquí, pero tú sí.
Tienes una elección: puedes quedarte en el suelo limpiando sus insultos, o puedes aceptar el filo que ahora tienes en las manos.
Miré hacia el rincón donde había escondido el arma.
Debajo de los sacos, un pequeño brillo carmesí parpadeaba.
Por un momento, imaginé la espada atravesando la puerta de madera del sótano.
Imaginé el silencio que seguiría después de que los gritos de mi tía se detuvieran.
El pensamiento me dio miedo.
No porque fuera horrible, sino porque, por primera vez en mi vida, me hizo sentir algo parecido a la paz.
Me obligué a sacudir la cabeza y seguí tallando el cemento hasta que mis uñas empezaron a sangrar.
El dolor físico era mejor que los pensamientos que la espada intentaba meterme en la cabeza.
Limpié hasta que no quedó rastro de la pelea, hasta que el suelo estuvo tan húmedo como mis ojos.
Cuando terminé, me acurruqué en mi rincón.
La herida de mi costado palpitaba, pero ya no me importaba.
Las palabras de mi tía se habían quedado grabadas en las paredes, más permanentes que la sangre que acababa de borrar.
“Nadie te va a extrañar”.
—Yo me extrañaré —susurré al aire frío, aunque sabía que era mentira.
La espada vibró bajo los sacos, pero no dijo nada.
Sin embargo, sentí algo nuevo nacer dentro de mí.
No era desprecio por ella, ni burla.
Era como si por fin hubiera entendido qué clase de mundo me había parido.
Y por qué, quizá, ese mundo ya no merecía mi piedad.
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