Sistema de Evolución: Mi espada se alimenta de las sombras - Capítulo 12
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- Capítulo 12 - 12 Capítulo 9 Sombras en la ciudad
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12: Capítulo 9: Sombras en la ciudad 12: Capítulo 9: Sombras en la ciudad El sótano se sentía más pequeño que nunca.
No podía dormir.
Cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver esas garras.
La forma en que se movía, el sonido desagradable de su cuerpo arrastrándose hacia mí.
No importaba cuánto intentara convencerme de que había sobrevivido.
Mi cuerpo no lo creía.
Me incorporé con dificultad.
El costado seguía ardiendo y la pierna izquierda me dio un latigazo de dolor que me hizo volver a caer.
La herida del muslo, la que me había hecho el errante, estaba ahí.
No sangraba, pero la carne se sentía tirante y caliente.
Me puse de pie apoyándome en la pared húmeda.
Cojeaba.
Cada vez que apoyaba el pie izquierdo, un pinchazo me recorría hasta la cadera.
Tenía frío.
Tenía hambre.
Y tenía esa presión constante en el pecho que no me dejaba respirar del todo.
La espada descansaba apoyada contra la pared.
Se veía pesada.
Inmensa para mis brazos delgados.
Busqué un trozo de soga vieja entre los desperdicios y la amarré a la empuñadura, improvisando una correa para cruzarla en mi espalda.
Aun así, el metal se sentía como si pesara toneladas sobre mis hombros.
—No has descansado —dijo la espada al fin, dentro de mi cabeza.
Negué despacio, aunque sabía que no necesitaba verlo.
—Cada vez que cierro los ojos… —murmuré— vuelvo a ese momento.
La espada no se burló.
Tampoco me consoló.
—Tu estado es deficiente —respondió—.
Hambre prolongada.
Fatiga severa.
Espíritu al límite del colapso.
Apreté los puños.
Sentí mis dedos entumecidos.
—Entonces dime algo que no sepa.
Hubo un silencio breve.
—En estas condiciones, no sobrevivirías a otro encuentro.
Tragué saliva.
—¿Hay más… cosas como esa?
—pregunté—.
¿Ahí afuera?
La espada tardó en responder.
—Sí.
Solo eso.
—¿Muchas?
—Suficientes.
Sentí un escalofrío.
Mis dientes castañearon, y no solo por el frío.
—¿Y viven… en la ciudad?
—No “viven” —corrigió—.
Se ocultan.
Se desplazan.
Se alimentan.
La desesperación humana los atrae.
Pensé en las calles alrededor de la casa.
En los callejones oscuros que veía desde la ventana.
—¿Todos atacan?
La espada no respondió.
Levanté la mirada hacia la pequeña ventana del sótano.
El vidrio estaba roto, cubierto apenas por una tabla mal puesta.
Por ahí entraba el aire de la noche.
Un aire que olía a asfalto y a libertad.
—Aquí abajo… —dije en voz baja— no puedo respirar.
La espada no me detuvo.
Esperé a que la casa quedara en silencio.
Arriba no se escuchaba nada.
Ni pasos, ni gritos, ni el televisor.
Solo el zumbido del refrigerador.
Me arrastré hacia la ventana.
El esfuerzo de subir me hizo sudar frío.
Cada vez que mi pierna herida golpeaba algo, tenía que morderse el labio para no gritar.
Aparté la tabla y me deslicé hacia afuera.
Caí sobre la tierra húmeda del jardín trasero.
Me tomó un minuto volver a ponerme de pie.
La espada en mi espalda me empujaba hacia abajo, entorpeciendo mi equilibrio.
Caminé despacio, cojeando de forma evidente.
El aire nocturno me golpeó el rostro.
Estaba helado, pero se sentía más real que el del sótano.
Aspiré con fuerza, llenando mis pulmones después de años de encierro.
Las calles estaban casi vacías.
Los faroles iluminaban tramos cortos, dejando largos espacios en sombra.
Todo parecía mal colocado.
Como si la ciudad fuera la misma, pero vista desde un ángulo incorrecto.
Cada paso me dolía.
Mis piernas estaban débiles por la falta de comida y el estómago me gruñía sin vergüenza.
Me apoyaba en las paredes para no caer.
Entonces lo sentí.
No fue un sonido.
Fue una presión.
Como si el aire se hubiera vuelto más denso de pronto.
Me detuve en seco, ocultándome tras un poste de luz.
—No es tu imaginación —dijo la espada.
Su voz sonó más aguda, más alerta.
Giré lentamente la cabeza.
A mitad de la calle, bajo la luz temblorosa de un farol, había alguien encorvado.
Arrastraba los pies con una pesadez extraña.
Al principio pensé que era una persona ebria.
Hasta que levantó la cabeza.
Sus ojos brillaron en un rojo intenso y enfermizo.
Mi corazón se aceleró tanto que me mareé.
—No… —susurré, hundiéndome más en la oscuridad.
El cuerpo del errante se movía de forma torpe.
No atacaba, pero su atención estaba fija en mi posición.
Estaba olfateando.
Buscando el olor de mi sangre y de mi miedo.
—No estás preparado —dijo la espada—.
Vámonos.
El errante inclinó la cabeza, como si escuchara algo.
Un humo oscuro empezó a escapar de su piel, deformando su silueta bajo la luz amarilla del farol.
Di un paso atrás, cuidando de no hacer ruido con mi pierna herida.
Luego otro.
No me persiguió, pero no dejó de mirarme hasta que doblé la esquina.
Caminé lo más rápido que mi cojera me permitió.
El pulso me golpeaba los oídos y el sudor me corría por la nuca a pesar del frío.
No miré atrás.
Tenía pánico de confirmar que seguía ahí.
Cuando regresé al sótano, entrar por la ventana fue una tortura.
Mis brazos apenas tenían fuerza para subir mi propio peso.
Cerré la ventana con manos temblorosas y me dejé caer contra la pared.
Respiré.
Una vez.
Otra.
No había peleado.
No había ganado nada.
Pero entendí algo con una claridad aterradora.
Si me quedaba aquí fingiendo que podía sobrevivir esperando a que algo cambiara, iba a morir.
No mañana.
No en una batalla épica.
Iba a morir lentamente.
De hambre.
De miedo.
O de algo que entraría por esa ventana mientras yo estuviera demasiado débil para defenderme.
Huir ya no me parecía cobardía.
Me pareció la única forma de seguir respirando.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES ReyOscuro ¡Hola!
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Saber que hay lectores ahí fuera me motiva a seguir escribiendo.
😀
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