Sistema de Evolución: Mi espada se alimenta de las sombras - Capítulo 13
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- Capítulo 13 - 13 Capítulo 10 La decisión de no quedarme
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13: Capítulo 10: La decisión de no quedarme 13: Capítulo 10: La decisión de no quedarme No dormí.
No porque no quisiera, sino porque cada vez que cerraba los ojos el sótano parecía hacerse más pequeño.
El aire pesaba, cargado de polvo y humedad.
Me costaba respirar con normalidad, como si el oxígeno se estuviera agotando en ese agujero.
Me senté contra la pared y respiré despacio.
El hambre me retorcía el estómago.
Ya ni siquiera dolía como antes.
Era algo constante, molesto, como si mi cuerpo me recordara que ya no tenía nada más que quemar para seguir funcionando.
—Si me quedo aquí… —murmuré— voy a morir.
No era una exageración.
Mi cuerpo lo sabía.
Mis huesos lo sabían.
La espada tardó en responder.
Su voz dentro de mi cabeza era lo único que me mantenía despierto.
—Correcto —dijo al final—.
No hoy.
Pero pronto.
Cerré los ojos, sintiendo un mareo ligero.
—De hambre —añadió la voz—.
De agotamiento.
O simplemente porque tu cuerpo ya no dé más.
Solté una risa corta que me hizo doler el pecho.
—Qué formas tan bonitas de decirlo.
—Son precisas.
Me pasé una mano por la cara.
Estaba frío, una frialdad que no era la del ambiente, sino la que viene de adentro.
Me sentía ligero de una manera que no era buena, como si fuera a desvanecerme.
—Si salgo —dije— también puedo morir.
—Sí.
—Allá afuera hay errantes.
—Sí.
—Y no sé pelear.
—Correcto.
Apreté los dientes.
Mis manos temblaban un poco.
—Entonces no hay una buena opción.
La espada vibró apenas, un pulso de metal frío contra mi espalda.
—Nunca la hubo.
Miré el sótano.
El rincón donde dormía.
La mancha oscura en el suelo que nunca terminó de borrarse.
Las escaleras por donde bajaban cuando querían recordarme que yo no valía nada.
Este lugar no era seguro.
Solo era lento.
Una jaula donde la muerte llegaba con paciencia.
—Si me quedo —dije— nada va a cambiar.
Solo voy a aguantar hasta que un día ya no pueda más.
Me levanté con cuidado.
El mundo me dio un giro violento, pero no me permití caer.
Me quedé apoyado en la pared, sintiendo el cemento áspero bajo mis dedos.
Antes de moverme, busqué en el hueco detrás de mi manta.
Saqué el anillo.
Era una pieza simple, pero para mí era todo.
Me lo dio mi madre antes de que todo se volviera oscuro.
Lo apreté en mi mano, sintiendo el metal frío contra la palma sucia.
Era lo único que Vivian no había podido encontrar, lo único que no me habían arrebatado.
Lo deslicé en mi dedo y cerré el puño.
—Vámonos —dije.
Caminé hasta la ventana.
El aire de la noche entraba por las rendijas, trayendo olores que ya no recordaba.
Me asomé al exterior.
La calle estaba casi vacía.
Faroles encendidos.
Sombras largas.
No parecía un lugar seguro… pero al menos era un lugar que no me conocía.
—Si sales —dijo la espada— no deberías volver.
—No quiero volver —respondí.
No dudé.
No podía permitirme el lujo de pensar en lo que dejaba atrás, porque no dejaba nada más que miseria.
Ajusté la soga que sostenía la espada en mi espalda.
Pesaba, pero también me hacía sentir un poco más firme, como si el arma me obligara a mantener el equilibrio.
Salí por la ventana con cuidado, arrastrando mi pierna herida.
Al caer, el impacto me recorrió todo el cuerpo.
La pierna izquierda protestó con un dolor agudo que me hizo morder el labio hasta que sentí el sabor de la sangre.
Me quedé un momento en el suelo, respirando agitado sobre la tierra húmeda del jardín.
Esperé y miré hacia atrás.
Hacia las ventanas oscuras de la mansión.
Pero nada pasó.
Nadie gritó.
Nadie bajó al sótano a ver por qué había ruido.
Nadie preguntó nada.
Mi ausencia no importaba en esa casa.
Ya estaba muerto para ellos desde hacía mucho tiempo.
Me incorporé despacio, usando la pared de la casa como apoyo, y empecé a caminar hacia la acera.
Cada paso era una tortura.
La cojera era evidente y el hambre me hacía sentir que el estómago se me pegaba a la espalda.
Tenía frío.
Tenía miedo.
No tenía dinero ni comida.
Pero tampoco tenía una puerta cerrándose detrás de mí.
Por primera vez en siete años, el aire no tenía el sabor del encierro.
—No eres fuerte —dijo la espada mientras me alejaba de la mansión.
—Lo sé.
—No estás preparado.
Tu cuerpo está al límite.
—También lo sé.
Miré hacia la calle vacía, hacia la oscuridad de la ciudad que se extendía como un mar negro.
Toqué el anillo en mi dedo, asegurándome de que seguía ahí.
La espada no dijo nada más.
Guardó un silencio absoluto, como si estuviera aceptando mi respuesta.
Avancé por la acera, herido y temblando, alejándome de la única “casa” que conocía.
Y mientras el frío de la ciudad me golpeaba, entendí algo importante.
No estaba huyendo del peligro.
El peligro siempre había estado conmigo.
Simplemente estaba eligiendo dónde enfrentarlo.
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