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Sistema de Evolución: Mi espada se alimenta de las sombras - Capítulo 14

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  4. Capítulo 14 - 14 Capítulo 11 Algo que no encajaba
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14: Capítulo 11: Algo que no encajaba 14: Capítulo 11: Algo que no encajaba Seguí caminando hasta llegar a la misma acera donde había visto a esa cosa.

El farol seguía ahí, parpadeando igual que antes.

El pavimento estaba vacío.

Ninguna sombra fuera de lugar.

Ningún movimiento extraño.

—Ya no está —murmuré.

—Obviamente no se iba a quedar en un solo sitio —respondió la espada—.

Ellos se mueven libremente.

Avancé por la banqueta.

Cada paso era un problema.

La pierna izquierda me obligaba a arrastrar el pie con un sonido seco contra el suelo.

El dolor me subía por la cadera.

Los faroles iluminaban lo suficiente para no caminar a ciegas, pero aun así sentía que algo podía aparecer en cualquier momento.

—Está muy silencioso —dije—.

Tan silencioso que me pone nervioso.

—Así serán tus noches a partir de ahora —contestó la espada—.

Desde que puedes verlos, tu vida dejó de ser común.

No respondí.

La soga de la espada me cortaba el hombro.

El metal pesaba más que hace un rato.

Mis brazos delgados temblaban por el esfuerzo de mantener el equilibrio mientras cojeaba.

A unas calles de distancia vi un local con las luces encendidas.

Un letrero viejo, medio fundido, pero claro: seguía abierto.

—¿Una tienda…?

—susurré.

—Entra —dijo la espada—.

Tu cuerpo está operando con reservas que no tiene.

Toma algo.

Me detuve en seco.

—Eso es robar.

—No cuando tu vida está en juego.

—No tengo fuerzas para salir corriendo si algo pasa —repliqué.

Sentí un mareo.

El hambre me estaba nublando la vista.

Antes de que la espada respondiera, lo sentí.

No fue un sonido exacto.

Fue esa presión incómoda en el aire, como si algo se hubiera acercado demasiado sin tocarme.

A un costado de la tienda, un contenedor metálico vibró levemente.

—Lo percibes, ¿verdad?

—dijo la espada.

Asentí despacio.

Algo se movía ahí dentro.

No podía verlo bien, pero sabía que estaba cerca.

Esperando.

Respiré hondo y miré alrededor.

El errante no salió.

Solo se quedó ahí, como si escuchara.

—No te ve —dijo la espada—.

Reacciona al sonido.

Miré el suelo y vi una piedra pequeña, cerca de mi pie.

La tomé con cuidado.

La lancé hacia la calle contraria, hacia un montón de basura.

La piedra golpeó el pavimento con un clac seco.

El contenedor se sacudió con violencia.

La cosa salió arrastrándose, deformándose mientras se alejaba del local, siguiendo el ruido.

Su silueta se perdió entre las sombras.

No esperé más.

Entré a la tienda cojeando.

Una campanita sonó sobre la puerta.

El lugar era pequeño, con estantes viejos y un mostrador desgastado.

Detrás estaba un hombre mayor, con ojeras profundas y una gorra manchada.

—Oye —dijo, levantando la vista—.

¿Qué haces afuera a estas horas?

No supe qué responder.

Debí verme mal.

Muy mal.

La ropa rota, sucio y pálido.

Su expresión cambió casi de inmediato.

No me miró con asco, sino con algo que no conocía.

—Siéntate —dijo, señalando una silla junto al mostrador—.

Espera ahí.

No preguntó nada más.

Fue al fondo y volvió con algo envuelto en papel.

Lo dejó frente a mí.

—Come —dijo—.

Tranquilo.

Me quedé mirando el paquete sin tocarlo.

Me costaba entender qué pasaba.

—Yo… no tengo dinero —admití.

Bajé la mirada al suelo.

El hombre suspiró.

—Ya me di cuenta.

Esperé el regaño.

La desconfianza.

Pero nada llegó.

—No pasa nada —dijo—.

Solo come.

Tomé el paquete despacio.

Mis manos temblaban un poco.

Le di el primer bocado.

Al principio me costó tragar.

Mi estómago dio un vuelco, como si hubiera olvidado cómo recibir comida de verdad.

Me dolió, pero seguí.

El hombre no me observaba.

Se puso a limpiar el mostrador, dándome espacio.

Comí en silencio.

El ruido de la tienda, el zumbido del refrigerador y la luz blanca se sentían extraños.

Toqué el anillo de mi madre con el pulgar por debajo de la mesa.

Era real.

Estaba comiendo.

No me di cuenta en qué momento mis párpados empezaron a pesar.

La silla era dura.

Incómoda.

Aun así, mi cuerpo cedió por completo.

Apoyé la cabeza contra el respaldo.

Cerré los ojos.

No soñé.

Cuando desperté, no supe cuánto tiempo había pasado.

La tienda seguía igual.

El hombre estaba del otro lado del mostrador, leyendo algo viejo.

Al verme moverme, levantó la vista.

—Te quedaste dormido —dijo, sin reproche.

Me incorporé de golpe.

Busqué la espada.

Seguía en mi espalda.

—Lo siento… yo… —No pasa nada —repitió—.

Se te notaba el cansancio.

Me levanté de la silla.

Al apoyar el peso, me quedé quieto.

La pierna ya no me dolía.

Moví el muslo con cuidado.

La tensión de la herida había desaparecido.

No entendía cómo, pero no dije nada.

—No deberías andar solo —comentó él, sin mirarme—.

La ciudad no es amable cuando oscurece.

Asentí.

Me sentía raro.

—Gracias —murmuré.

Él solo levantó la mano.

—Cuídate niño.

Salí de la tienda.

La campanita sonó otra vez.

Caminé unos pasos y me detuve.

No sabía a dónde ir ahora.

Miré mi pierna.

Podía caminar derecho.

El dolor se había ido por completo, como si nunca me hubieran herido.

—Eso fue extraño —dije.

La espada no respondió.

Seguí caminando por la banqueta.

No me sentía mejor de ánimo.

Algo dentro de mí estaba fuera de lugar.

No entendía por qué alguien había sido amable.

No entendía qué se suponía que debía sentir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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