Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Sistema de Evolución: Mi espada se alimenta de las sombras - Capítulo 16

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Sistema de Evolución: Mi espada se alimenta de las sombras
  4. Capítulo 16 - 16 Capítulo 13 El callejón
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

16: Capítulo 13: El callejón 16: Capítulo 13: El callejón Doblé por una calle más estrecha.

Luego por otra.

El ruido de la avenida principal se fue apagando hasta que solo quedó el sonido de mis propios pasos arrastrándose sobre el pavimento.

Mis pulmones quemaban por el aire frío y mi pierna derecha, aunque ya no sangraba, se sentía pesada Un callejón apareció de pronto, entre dos edificios de ladrillo gris que parecían querer juntarse en lo alto.

No era un lugar oscuro ni especialmente aterrador, pero tenía ese aire de abandono que hace que la gente acelere el paso cuando pasa por la entrada.

Las paredes estaban cubiertas de grafitis viejos, capas sobre capas de nombres y fechas que nadie recordaba.

En el suelo, montañas de cartones y bolsas de plástico se amontonaban contra los rincones, moviéndose apenas con el viento.

Me detuve en la entrada.

Había personas allí.

Varias.

Unos estaban sentados contra el muro, con las rodillas pegadas al pecho para guardar el calor.

Otros dormían profundamente sobre mantas que tenían más agujeros que tela.

Un par de hombres hablaba en voz baja cerca de un bote metálico que soltaba un hilo de humo.

Nadie me gritó.

Nadie me echó.

Me acerqué despacio, tratando de no hacer ruido con mis botas.

No parecían sorprendidos de verme.

Un hombre grande con una barba descuidada y una chaqueta llena de parches levantó la vista un segundo.

Sus ojos eran cansados, pero no malvados.

Me miró, y luego volvió a lo suyo.

Una mujer mayor, un poco más allá, acomodaba una bolsa de plástico llena de ropa para usarla de almohada.

Me ignoró por completo.

Más al fondo, vi a un niño.

Era más chico que yo, quizás de unos siete u ocho años.

Estaba sentado con las piernas cruzadas sobre un trozo de alfombra vieja, abrazando una mochila gastada contra su pecho.

Tenía la cara manchada de hollín y el cabello enredado, pero sus ojos estaban muy despiertos.

Eran ojos que habían visto demasiado para su edad.

Me miró fijo, siguiendo cada uno de mis movimientos.

No sonrió.

No se asustó.

Solo me observaba, como si estuviera decidiendo si yo era una amenaza o simplemente otro náufrago.

—No te quedes parado en medio —dijo una voz ronca Giré la cabeza.

Un anciano estaba sentado contra la pared derecha, envuelto en una chaqueta tres tallas más grandes que él.

Sus manos temblaban de forma rítmica, aunque no hacía tanto viento en ese momento.

Tenía la piel curtida por el sol y los ojos nublados por las cataratas, pero su mirada apuntaba directamente hacia mí.

—Las sombras se pegan a ti, muchacho —añadió el viejo Tragué saliva.

Sentí que el vello de mi nuca se erizaba.

—¿Qué?

—pregunté, tratando de que mi voz no temblara.

Alguien se rió desde la oscuridad, cerca del bote de basura.

Una risa seca, sin alegría.

—Déjalo, viejo loco —dijo el hombre de la barba sin levantar la cabeza—.

Ya empezó con sus historias otra vez.

Vas a asustar al chico y ya tiene suficiente con esa cara de muerto que trae.

El anciano no respondió al hombre.

Seguía mirándome a mí, pero su vista se desvió un poco, clavándose en el aire justo por encima de mi hombro izquierdo, donde colgaba el peso de la espada.

—Tú las ves —insistió el viejo—.

Se te nota en las pupilas.

Tienes esa marca.

Llevas ese peso contigo y no sabes cómo soltarlo.

Ellas te siguen porque huelen el miedo y la sangre que traes pegada.

Sentí un golpe seco en el pecho.

Recordé el sótano.

Recordé las letras azules flotando en la oscuridad y el frío que sentí cuando la espada tocó mi mano por primera vez.

—Está loco —murmuró la mujer de la bolsa, dándose la vuelta para intentar dormir—.

No le hagas caso, niño.

Lleva años diciendo que ve cosas en el aire.

El hombre grande dio un paso al frente y se puso entre el viejo y yo.

Era muy alto y sus hombros ocupaban medio callejón.

Se me quedó mirando de arriba abajo.

Vio mi cara pálida, mis manos sucias y la forma en que cojeaba un poco.

—Ya basta, anciano —dijo con autoridad—.

No molestes al chico.

El viejo se hundió más en su chaqueta y empezó a murmurar palabras que ya no entendí.

El hombre grande volvió su atención hacia mí.

Su presencia era imponente, pero no sentí que quisiera hacerme daño.

—¿Vienes solo?

—preguntó.

Su voz era profunda y tranquila.

—Sí —respondí.

Mi voz sonó pequeña en aquel espacio estrecho.

—¿Buscas problemas?

—No.

El hombre me observó unos segundos más.

Parecía estar leyendo algo en mi postura.

Finalmente, suspiró y se hizo a un lado, señalando un trozo de cemento vacío cerca de una tubería que goteaba.

—Puedes quedarte hasta que amanezca —sentenció—.

Aquí tenemos pocas reglas, pero son sagradas.

Nadie roba lo poco que tienen los demás.

Nadie se mete en problemas Y nadie trae ojos extraños al callejón.

¿Entendido?

—Sí —respondí rápido, aliviado de tener un lugar donde dejar de caminar.

—Soy Marcos —añadió, dándose la vuelta—.

Si alguien intenta algo o te molesta mientras duermes, me buscas.

Pero no me hagas arrepentirme de dejarte entrar.

Asentí en silencio.

La tensión se disipó y la gente volvió a sus mundos privados.

Me senté contra la pared, sintiendo el frío del cemento atravesarme el pantalón.

El cuerpo me pesaba toneladas.

Me toqué el muslo por encima de la tela.

No sentía dolor.

La herida que me habían hecho horas antes parecía haber desaparecido.

La pierna se movía con normalidad, con una fuerza que no era natural.

Era como si nunca me hubieran herido, como si el sistema hubiera reconstruido el músculo mientras yo caminaba.

El niño que vi al principio se acercó despacio.

Se detuvo a unos dos pasos de mí, manteniendo una distancia de seguridad.

Seguía abrazando su mochila.

—Me llamo Eli —dijo con voz suave.

—Daniel —respondí, tratando de parecer menos cansado de lo que estaba.

—Nunca te había visto por esta zona.

¿De dónde vienes?

—preguntó Eli.

Tenía una curiosidad genuina que me hizo sentir incómodo.

No supe qué decir.

No podía hablarle del sótano, ni de mis tíos, ni de cómo la casa de mi madre se había convertido en una prisión de la que tuve que escapar dejando sangre en el suelo.

—Vengo de lejos —dije —Las calles no son un buen lugar para alguien solo —dijo el niño —Es mejor que estar encerrado —respondí —Entiendo eso —asintió Eli, como si realmente supiera de lo que hablaba El anciano del rincón seguía murmurando cosas entre dientes.

A ratos callaba y se quedaba mirando al cielo gris entre los edificios.

A ratos soltaba una risa nerviosa.

—¿De qué habla?

—pregunté a Eli, señalando al viejo con la cabeza.

Eli se encogió de hombros de forma despreocupada.

—Cosas de sombras.

Dice que el mundo está lleno de agujeros por donde se cuelan cosas malas.

Marcos dice que solo perdió la cabeza, pero a veces, cuando hay mucha niebla, el viejo señala lugares vacíos y jura que hay gente parada allí.

Después de eso el chico regresó a su rincón.

Miré hacia arriba.

El trozo de cielo que se veía entre las cornisas de los edificios estaba cambiando.

El día estaba por empezar, trayendo consigo el ruido de los motores y el humo de las fábricas cercanas.

Cerré los ojos un momento, apoyando la nuca en el ladrillo frío.

Sentía la espada vibrar muy débilmente contra mi espalda.

No sabía qué pasaría mañana, ni cómo conseguiría comida, pero por primera vez en años la libertad se sentía mía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo