Sistema de Evolución: Mi espada se alimenta de las sombras - Capítulo 17
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- Capítulo 17 - 17 Capítulo 14 Mañana gris
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17: Capítulo 14: Mañana gris 17: Capítulo 14: Mañana gris Me desperté por el olor.
No fue un ruido ni una voz.
Abrí los ojos despacio.
El cielo ya estaba claro, aunque seguía cubierto de nubes.
La luz se colaba entre los edificios, gris y opaca.
El callejón seguía ahí.
Las mismas paredes, los mismos cartones.
Pero algo había cambiado.
Había fuego.
Pequeñas fogatas encendidas dentro de botes de lámina.
El metal estaba ennegrecido y deformado por el calor.
Alrededor, algunas personas se calentaban las manos.
Otras sostenían vasos de unicel humeantes.
Me incorporé lentamente.
—Buenos días —dijo una voz tranquila.
Era Marcos.
Estaba de pie cerca de una de las fogatas, sosteniendo un plato de plástico con algo que parecía pan y huevos revueltos.
No sonreía, pero tampoco se veía serio.
Solo normal.
—Ven —dijo—.
Antes de que se enfríe.
Dudé un segundo, pero me levanté y me acerqué.
Me pasó el plato sin decir nada más.
—No siempre hay —añadió—.
Hoy vinieron temprano.
—¿Quiénes?
—pregunté.
—Gente que hace caridad —respondió—.
A veces vienen.
A veces no.
Me senté en una caja volteada y comí despacio.
No porque quisiera durar más, sino porque no sabía si mi cuerpo iba a aceptar la comida sin protestar.
Marcos se sentó frente a mí, apoyando los codos en las rodillas.
—No tienes que decirme nada si no quieres —dijo—.
Pero si te quedas aquí, es mejor que al menos sepa tu nombre completo.
Lo pensé unos segundos.
—Daniel —dije—.
Solo Daniel.
Asintió.
—Está bien.
El silencio no se sintió incómodo.
Solo estaba ahí.
—Ella es Rosa —dijo después, señalando a la mujer mayor—.
El de allá es Julián.
Casi no habla.
Y el flaco que parece dormido… nunca lo está.
Algunos levantaron la mano en saludo.
Otros solo miraron un segundo y siguieron en lo suyo.
—Y él es Eli —añadió Marcos, mirando hacia el niño que estaba sentado cerca de otra fogata—.
Pero supongo que ya se presentaron antes.
Eli levantó la vista un momento y asintió apenas.
—Aquí nadie está obligado a contar su historia —continuó Marcos—.
Ni a quedarse.
Pero mientras estés, se respetan las reglas: No robar.
No pelear.
No traer problemas al callejón.
Asentí.
—Y si los problemas vienen solos… —añadió—, entonces todos vemos qué hacer.
Miré alrededor.
El anciano estaba sentado cerca de una fogata, murmurando algo mientras miraba el fuego.
Sus ojos no se movían mucho, pero de vez en cuando levantaba la cabeza, como si escuchara algo que nadie más oía.
—¿Y él?
—pregunté en voz baja—.
¿Cómo se llama?
Marcos siguió mi mirada.
—No lo sabemos.
Llegó hace años.
A veces dice nombres distintos.
A veces no dice nada.
—¿Siempre habla así?
—Antes gritaba —respondió—.
Para que una persona se quiebre así tuvo que vivir algo muy difícil.
No supe qué decir.
Eli estaba sentado en el suelo, sosteniendo un vaso con ambas manos.
Miraba el vapor subir.
—¿Cuántos viven aquí?
—pregunté.
—Depende del día.
Algunos solo pasan.
Otros se quedan más tiempo.
—¿Y tú?
Sonrió apenas.
—Yo llevo años.
—¿No te vas?
—¿A dónde?
—preguntó, sin burla.
No supe qué responder.
Marcos se levantó.
—Si quieres quedarte hoy, hay espacio.
Nadie te va a correr.
—Gracias —murmuré.
Seguí comiendo en silencio.
Entonces alguien se sentó a mi lado.
Era Rosa.
Me miró con atención, sin pena.
—¿Estás bien, hijo?
—pregunté—.
De verdad.
Asentí, aunque no estaba seguro.
—Cuando llegaste me acordé mucho de Eli —continuó—.
Él también llegó una madrugada, igual de perdido y callado, huyendo de una casa donde su papá bebía y lo golpeaba.
No era sitio para un niño.
Apreté el plato entre las manos.
—Aquí no es bonito —Rosa miró alrededor—.
No es seguro.
Pero nadie levanta la mano contra nadie.
Para Eli, este lugar fue lo más parecido a un hogar que había tenido en mucho tiempo.
No tienes que quedarte, vivir en las calles no es un buen estilo de vida.
Pero si lo haces, no estás solo.
Miré hacia el cielo, entre los edificios.
No era un hogar.
Pero por primera vez en mucho tiempo se sentía como un lugar donde podía respirar.
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