Sistema de Evolución: Mi espada se alimenta de las sombras - Capítulo 2
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2: Capítulo 1: Origen 2: Capítulo 1: Origen Mi mamá solía decir una frase que durante mucho tiempo no entendí.
—Daniel, recuerda que lo que verdaderamente importa es lo que llevamos dentro.
Trata de ser siempre bueno con las personas, ¿entendido?
Siempre lo decía con esa voz tranquila, como si el mundo no pudiera tocarla.
Yo asentía sin comprender del todo.
Solo sabía que cuando ella hablaba, todo parecía estar bien.
Recuerdo una tarde en la cocina.
El sol entraba por la ventana y el olor del arroz llenaba el aire.
Yo estaba de puntitas frente a la estufa, revolviendo la olla con demasiada fuerza.
De pronto, la olla con agua caliente se ladeó y comenzó a derramarse.
Eso debió haberme caído a mí.
Pero en el último momento, mamá me apartó de un tirón, y el agua hirviendo cayó sobre su brazo.
—¡MAMÁ!
—grité.
Esperaba un regaño.
Nunca llegó.
Ella solo me despeinó y empezó a limpiar el desastre.
—Así no, Daniel —dijo riendo—.
Todo se hace con paciencia.
Yo sabía que le dolía, pero aun así en su rostro no se reflejó ni una mueca.
—Perdóname, mamá… —dije llorando.
—No pasa nada, Dani.
No me duele, ¿ves?
—me respondió con una sonrisa amplia, como si nada hubiera pasado.
Así era ella.
Era el tipo de persona que ayudaba a su familia sin pedir nada a cambio, sonreía incluso cuando estaba cansada y jamás se quejaba.
Yo pensaba que ese era el camino correcto.
Que, si era como ella, todo saldría bien.
Estaba equivocado.
Cuando enfermó, al principio no lo entendí.
Su cuerpo empezó a apagarse lentamente.
Su cabello cayó.
Sus manos temblaban.
Aun así, nunca dejó de sonreír.
Los familiares a los que tanto ayudó desaparecieron.
Dejaron de llamar.
Dejaron de venir.
Cuando el dinero empezó a faltarnos, ninguno estuvo ahí.
Esa última noche, el cuarto estaba muy oscuro.
Mamá hacía un ruido raro al respirar, como si le costara mucho que el aire entrara.
Me senté a su lado y le agarré la mano.
Estaba tan flaquita que me daba miedo apretarla.
Parecía que se iba a romper.
Ella abrió los ojos un poquito y me miró.
Se veía muy asustada, pero no por ella, sino por mí.
—Daniel… —dijo casi sin voz, y una lágrima le resbaló por la mejilla—.
Perdóname… ¿Quién va a cuidar de ti ahora?
Mi pobre niño…
¿Quién te va a cuidar?
Quise decirle que no se fuera, que yo iba a estar bien si ella se quedaba conmigo, pero no pude hablar.
Tenía un nudo en la garganta que me quemaba.
Sentí como su mano se ponía floja entre las mías.
Se puso fría, muy rápido.
Se quedó tan callada que me asusté.
Mamá ya no estaba.
La habitación todavía olía a ella.
Era un aroma a flores secas y a ese medicamento amargo que ella intentaba ocultar debajo de la almohada.
En ese momento, mientras sostenía su mano, sentí algo más.
No fue un escalofrío.
Fue un latido.
Un pulso rítmico que no venía de mi corazón, sino de algún lugar más profundo, como si algo en mi sangre hubiera despertado al sentir que ella se iba.
La puerta se abrió de golpe, rompiendo el silencio sagrado del duelo.
Mi tía Vivian entró sin pedir permiso.
No traía lágrimas, solo una mirada impaciente que recorrió la habitación como quien cuenta mercancía dañada.
—Se acabó, Daniel —dijo, y su voz cortó el aire como un cuchillo—.
Deja de llorar.
Mañana vendrá el camión por las cosas de tu madre.
No queda nada aquí para ti.
—Es su habitación —logré decir, con la voz rota.
Vivian se acercó y, con un gesto rápido, tomó el pequeño portarretratos de la mesa de noche, aquel con la foto de mamá y mía.
Lo miró con desprecio y lo dejó caer.
El cristal se hizo añicos contra el suelo.
—Ahora es mi casa.
Y tú eres una boca más que alimentar.
Si vas a quedarte, será en el sótano.
No quiero estorbos en los pasillos.
Mientras ella hablaba, el pulso en mi interior se hizo más fuerte.
Ya no era solo un latido; era un golpe constante que me recorría los brazos y me apretaba los dientes.
Por un segundo, el cuarto se volvió borroso.
Sentí un calor furioso quemándome por dentro, un coraje que nunca había tenido y que me pedía a gritos que saltara, que gritara, que hiciera algo para detenerla.
Estaba a punto de perder el control.
Sentía que algo dentro de mí iba a estallar.
Parpadeé y la sensación retrocedió, dejándome, temblando.
Vivian seguía ahí, gritándome que recogiera los cristales.
Ella no había visto nada.
Nadie lo había visto.
Pero esa noche, mientras me arrastraba al sótano con mis pocas pertenencias, supe que no estaba solo.
Algo me acompañaba.
Algo que se alimentaba de mi rabia.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES ReyOscuro Damos inicio al primer capítulo.
Les pido que le den una oportunidad a esta historia.
PD: Es mi primera novela, agradecería mucho su paciencia y amabilidad.
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