Sistema de Evolución: Mi espada se alimenta de las sombras - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 Capítulo 16 Un lugar donde quedarse
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20: Capítulo 16: Un lugar donde quedarse 20: Capítulo 16: Un lugar donde quedarse El callejón tenía su propio ritmo.
No era rápido ni ordenado, pero existía.
Por la mañana, los que dormían cerca de la entrada despertaban primero debido al ruido.
Motores, pasos, voces que no se detenían por nadie.
Más al fondo, el despertar era lento.
Rosa y Eli salieron temprano.
Volvieron antes del mediodía con una bolsa de latas y cables.
—No agarres eso así —le dijo Rosa—.
Te vas a cortar otra vez.
—Ya sé —respondió Eli.
No sonaba molesto.
Solo acostumbrado.
Juntaban chatarra para vender o cambiar por comida.
Rosa tenía las manos llenas de pequeñas cicatrices.
Notó que yo la observaba y me dijo.
—Estas ya no se quitan, pero ganamos algo haciéndolo.
Ayudé a mover unas cajas.
Nadie me lo pidió, pero me hizo sentir que estorbaba menos.
El problema llegó antes del mediodía.
Una patrulla se detuvo cerca del callejón.
Bajaron dos policías.
No iban apurados.
—Buenos días —dijo uno—.
Estamos buscando a alguien.
Marcos se acercó.
—¿A quién?
—Un joven.
Menor de edad.
Desaparecido hace dos días.
Sentí un nudo seco en el estómago.
Apreté el anillo de mi madre bajo la camiseta.
—¿Han visto a alguien nuevo por aquí?
—preguntó el otro—.
Delgado.
Cabello oscuro.
Nadie habló.
Nadie me señaló.
—Aquí llega gente y se va gente —dijo Marcos.
El policía sacó una fotografía doblada.
La imagen pasó de mano en mano.
Cuando llegó a mí, solté el aire.
Era un chico distinto.
Otra cara.
El alivio fue tan fuerte que me dio vergüenza.
Los policías se fueron.
—Siempre buscan a alguien —dijo Rosa en voz baja.
—Mientras no se lleven a nadie, estamos bien —respondió Marcos.
Eli se sentó a mi lado más tarde.
—¿Te dio miedo?
—preguntó.
—Un poco.
—A mí también —dijo—.
Pero no por ti.
Porque eso pasa seguido y me aterra.
La tarde pasó.
Las sombras se alargaron.
Cuando empezó a oscurecer, sentí la presión en el pecho.
—No puedes quedarte quieto —dijo la espada—.
Huir no es sobrevivir.
Esta noche entrenas.
—¿Aquí?
—pregunté.
—No.
Donde nadie mire.
Le dije a Marcos que iba a dar una vuelta.
Caminé hasta un espacio vacío entre edificios, oculto por la oscuridad.
—Empuña la espada —ordenó la voz.
Lo hice.
Bajo la luz tenue de un farol lejano, el metal de la espada brilló para mí, aunque para el resto del mundo no hubiera nada en mis manos.
—Blande —ordenó—.
Sin fuerza.
Sin prisa.
Moví el arma torpemente.
El peso era ridículo para mis brazos delgados.
—Otra vez.
Repetí el movimiento hasta que los hombros me ardieron.
Sabía que mi nivel de fatiga debía estar subiendo en ese registro invisible.
—No pienses en pelear —dijo la espada—.
Piensa en no soltarla.
Cuando regresé al callejón, estaba agotado.
Me senté junto a Eli.
—¿Fuiste a caminar?
—preguntó.
—Sí.
—Eso ayuda —dijo—.
A mí me ayuda.
Miré alrededor.
El fuego de las latas, la voz baja de Rosa, el silencio cansado de Marcos.
Y por primera vez, pensé algo que me dio miedo aceptar: Quería quedarme.
La espada no dijo nada.
No se opuso.
Y eso fue suficiente para dejarme dormir, aunque sabía que el descanso no duraría para siempre.
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