Sistema de Evolución: Mi espada se alimenta de las sombras - Capítulo 21
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- Capítulo 21 - 21 Capítulo 17 Rutas
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21: Capítulo 17: Rutas 21: Capítulo 17: Rutas Al día siguiente, la mañana llegó con un frío que se colaba por las costillas.
El callejón todavía estaba medio dormido.
Algunos cuerpos seguían envueltos en mantas viejas, ajenos al ruido de la ciudad que empezaba a rugir a lo lejos.
El humo de una pequeña fogata se levantaba lento, sin prisa, mezclándose con la niebla gris de los edificios.
Rosa se ajustó una bolsa grande y gastada sobre el hombro.
Sus movimientos eran mecánicos, precisos.
—Vamos a salir —dijo—.
Si quieres venir, es ahora.
Asentí sin pensarlo.
Tomé un costal vacío que estaba apoyado contra la pared de ladrillos.
Eli ya estaba listo.
Tenía su mochila vieja colgada de un solo tirante y una expresión de concentración que lo hacía parecer más viejo.
—Hoy vamos más lejos —dijo Eli—.
Si hay suerte, encontraremos cables buenos en la zona de los talleres.
Salimos del callejón sin despedidas largas.
Marcos apenas levantó la vista de su rincón cuando pasamos frente a él.
La ciudad ya estaba despierta y no era un lugar amable para nosotros.
Caminamos primero por calles conocidas: banquetas rotas, locales cerrados con candados oxidados y cortinas metálicas llenas de grafitis que nadie se molestaba en borrar.
Eli avanzaba con seguridad, marcando rutas invisibles en su cabeza.
—Por aquí pasan muchos camiones de carga —me explicó mientras señalaba una esquina—.
Siempre se les cae algo cuando saltan por los baches.
Hay que mirar bien entre las grietas.
Tenía razón.
Entre la basura encontramos latas aplastadas, pedazos de cable de cobre y restos de plástico duro.
Poco a poco, el costal empezó a pesar sobre mi hombro.
Cruzamos una avenida grande.
El tráfico era constante.
Había gente esperando el semáforo con prisa, sosteniendo cafés en vasos de cartón y mirando sus relojes.
Nadie nos miró más de lo necesario.
Para ellos, éramos parte del paisaje sucio de la calle.
Rosa apuró el paso, manteniendo la cabeza baja.
Del otro lado de la avenida, el ambiente cambió.
Había menos ruido.
Los edificios eran más viejos y estaban más deteriorados.
Pasamos frente a un taller mecánico cerrado con el letrero torcido y oxidado.
Eli señaló hacia el fondo de la calle.
—Hay un terreno baldío más adelante.
A veces tiran chatarra de la fábrica.
El lugar estaba cercado por una malla caída.
Había pasto seco, muebles rotos y montañas de escombros.
Al fondo, una fábrica abandonada se alzaba como un bloque gris y silencioso.
Tenía las ventanas rotas, como ojos negros que nos vigilaban.
Fue entonces cuando lo sentí.
No era miedo, sino una presión en la nuca.
Una presencia.
—Ignóralo —dijo la espada en mi mente—.
No saldrá a la luz.
Me tensé de inmediato.
Agarré con más fuerza el costal.
—¿Qué hay ahí dentro?
—pregunté en un susurro.
—Un errante.
Está en lo profundo, donde no llega el sol.
Mientras no entres en su territorio ni lo ataques, no reaccionará.
Evitan la claridad.
Tragué saliva y seguí a Rosa.
Ella se agachó para recoger una pieza de metal oxidada.
La limpió con la manga de su chaqueta antes de guardarla.
Me acerqué a ella, tratando de ignorar el frío que emanaba de la fábrica.
—Rosa —dije—.
¿Puedo preguntarte algo?
—Pregunta —respondió ella sin dejar de hurgar entre los restos de metal.
—¿Cómo terminaste viviendo en el callejón?
Rosa tardó en responder.
Siguió buscando, como si no me hubiera escuchado.
Pensé que me iba a ignorar, pero entonces su voz salió baja y cansada.
—Tengo un hijo —dijo.
Me quedé quieto—.
No vive conmigo.
Me lo quitaron cuando era muy pequeño.
Yo tenía deudas.
Muchas.
Trabajaba todo el día, pero el dinero nunca alcanzaba.
Un día llegaron los servicios sociales y dijeron que este no era un ambiente seguro para un niño.
Rosa levantó una pieza de metal y la dejó caer dentro de su bolsa.
El sonido metálico resonó con fuerza en el baldío.
—Intenté salir adelante por él —continuó—.
De verdad lo intenté.
Dormí en cualquier lugar, acepté trabajos que no quería.
Pero al final, lo adoptó una pareja.
Gente con dinero.
Gente buena.
Él iba a la escuela, estaba sano.
Entendí que acercarme solo iba a arruinarle la vida.
Yo no tenía nada que ofrecerle.
Así que me quedé lejos.
Amarlo también es saber cuándo no estorbar.
No supe qué decir.
Pensé en mi mamá y en cómo ella me protegía.
Rosa estaba haciendo lo mismo, pero desde la distancia y el olvido.
Juntamos lo que pudimos y nos fuimos de allí.
La fábrica gris se quedó a nuestra espalda, con esa presencia oscura que solo yo podía sentir.
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