Sistema de Evolución: Mi espada se alimenta de las sombras - Capítulo 22
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22: Capítulo 18: Estado 22: Capítulo 18: Estado Esa noche, cuando regresamos y el callejón quedó en silencio, la espada habló.
Su voz vibró en mi cabeza con una exigencia que no había sentido antes.
—Hoy entrenas.
Tu cuerpo es lamentable.
—He caminado kilómetros —murmuré, sintiendo que las piernas me temblaban—.
Estoy agotado.
Siento que si me muevo un centímetro más, me voy a romper.
—Eso no es entrenamiento —respondió la espada, con una frialdad que me cortó el cansancio—.
Eso es solo caminar.
Moverse para no morir es lo que hacen las presas.
Tú no necesitas eso.
Esperé a que Rosa y Eli se acomodaran en sus rincones.
Las brasas de la fogata principal empezaban a apagarse, soltando un humo gris que se perdía en la noche.
Me levanté despacio, ignorando el pinchazo de dolor en mis pies.
Le dije a Marcos que iba a moverme un poco para quitarme el frío.
Él apenas asintió.
Me alejé hacia un espacio vacío entre dos edificios en ruinas, un lugar donde el suelo estaba cubierto de escombros y el viento soplaba con más fuerza.
—Empuña —ordenó la espada.
Tomé el arma con ambas manos.
El peso cayó de golpe sobre mis brazos, tirando de mis hombros hacia abajo con una fuerza brutal.
El metal estaba frío, pero al contacto con mi piel empezó a emitir un calor tenue.
—Levántala y mantén la posición —dijo la voz—.
No la muevas.
No parpadees.
Lo hice.
Elevé la espada hasta que estuvo a la altura de mis ojos.
Los segundos se volvieron eternos.
Mis brazos empezaron a temblar casi de inmediato.
El sudor me bajó por la frente, picándome en los ojos, pero no me atreví a soltar una mano para limpiarme.
Cada músculo de mi espalda gritaba por el esfuerzo.
—No pienses en la fuerza —continuó la espada—.
La fuerza bruta se agota.
Piensa en el control.
Si no puedes sostenerla cuando estás cansado, eres un cadáver que carga su propio ataúd.
Blandí el arma torpemente, cortando el aire en un movimiento descendente.
El ardor en los bíceps se volvió un incendio.
Mis piernas fallaron y caí de rodillas, usando la punta de la espada como apoyo para no dar con la cara en el suelo de concreto.
Jadeaba, tratando de meter aire en mis pulmones, cuando la presión llegó detrás de mis ojos.
Pero esta vez fue distinta.
No fue una mancha borrosa como en el sótano.
Fue una claridad absoluta que cortó la oscuridad del callejón como un relámpago.
[Registro de Contrato — Actualización de Parámetros] Frente a mi vista, el aire se llenó de líneas blancas y precisas.
Ya no eran garabatos de luz; eran palabras que podía leer sin esfuerzo.
Me quedé congelado, mirando la lista que se desplegaba ante mí.
[Parámetros Actualizados] Fuerza: 5 (+1) Agilidad: 5 Resistencia: 2 Vitalidad: 3 Espíritu: 1 [Notificación: El entrenamiento físico intenso ha generado un aumento en el desarrollo muscular básico.] —¿Qué… qué es esto?
—pregunté, olvidándome por un segundo de mi cansancio.
—Es tu estado —respondió la espada—.
Una traducción de lo que eres en términos que puedas entender.
—¿Y el espíritu?
—pregunté, viendo ese solitario número uno—.
Me dijiste en el sótano que era mi capacidad de permanecer.
—Tu voluntad.
Tu energía interna —confirmó la voz—.
Ahora que puedes ver el registro, entiendes por qué te dije que estabas al borde del colapso.
Tu espíritu es apenas una llama muriendo en una tormenta.
Por eso te cuesta tanto sostener el vínculo conmigo.
Si ese número llega a cero, te apagas.
Al desaparecer las letras, sentí un calor extraño recorriendo mis brazos.
No era un cambio enorme, no me sentía como un gigante, pero cuando cerré la mano sobre el mango de la espada, el agarre se sintió más firme.
Menos frágil.
Mis dedos ya no temblaban tanto.
—Me siento diferente —dije, recuperando el aliento mientras me ponía de pie—.
Como si mis músculos se hubieran apretado por dentro.
—Porque lo han hecho —respondió la espada—.
Tu fuerza aumentó.
Estás progresando como un humano normal, pero sin las trabas de la biología común.
Los humanos nacen con un límite definido por sus padres y su entorno.
Tú has roto ese límite al aceptar el contrato.
—¿Puedo ganar más estadísticas así?
—pregunté, mirando mis manos con fascinación.
—Sí, pero es un camino lento.
Es doloroso.
Cada punto que ganes entrenando te costará sudor y lágrimas.
Requiere una voluntad que la mayoría de los hombres no posee.
Prefieren morir siendo débiles que sufrir para ser fuertes.
Me levanté con esfuerzo, sacudiéndome el polvo de los pantalones.
El peso de la espada seguía ahí, pero ya no sentía que me vencía con la misma facilidad.
El metal parecía un poco más liviano, o quizás yo era simplemente un poco más sólido.
Regresé al callejón arrastrando los pies.
Eli estaba despierto, sentado contra la pared con su mochila todavía en el regazo.
Me miró con curiosidad mientras me acercaba.
—¿Saliste a correr?
—preguntó con su voz suave.
—Sí.
—respondí, sentándome a su lado con un suspiro Me senté a su lado, mirando las brasas de la fogata.
Mi cuerpo me dolía, pero era un dolor que tenía un propósito.
Ahora sabía que no estaba atrapado en la debilidad con la que nací.
Podía cambiar.
Podía subir esos números.
Pero también entendí, mientras miraba mis manos sucias, que el camino hacia la fuerza iba a ser mucho más largo y cruel de lo que jamás imaginé.
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