Sistema de Evolución: Mi espada se alimenta de las sombras - Capítulo 23
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- Capítulo 23 - 23 Capítulo 19 Lo que se aprende quedándose
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23: Capítulo 19: Lo que se aprende quedándose 23: Capítulo 19: Lo que se aprende quedándose Blandí la espada.
El movimiento fue torpe, pero firme.
El filo cortó el aire sin resistencia.
—Más —dijo la espada.
Apreté los dientes y repetí el movimiento.
El peso cayó de nuevo sobre mis brazos.
—No aceleres —ordenó—.
Contrólalo primero.
Volví a blandir.
Una, dos, tres veces más.
Los músculos comenzaron a arder.
—Otra.
—Ya hice suficiente —respondí, respirando agitado.
—No —contestó—.
El entrenamiento físico termina aquí.
Bajé la espada, sorprendido.
—¿Eso es todo?
—No.
La habilidad con el arma es solo una parte.
Hay otras aptitudes que no dependen del cuerpo.
Si no las desarrollas, siempre dependerás de mí.
Guardé silencio.
—Cierra los ojos.
Lo hice.
—Empuña la espada y mantenla firme.
Levanté el arma de nuevo.
El metal descansó en mis manos, pesado y frío.
—Ahora no te concentres en el peso —continuó—.
Concéntrate en lo que fluye.
Fruncí el ceño.
—¿Qué se supone que sienta?
—El vínculo.
No lo imagines.
Reconócelo.
Respiré hondo.
Al principio no sentí nada distinto.
Luego, una sensación tenue apareció, como una presión que nacía en el centro de la espada y subía por el metal hasta mis manos.
No era calor.
No era electricidad.
Era energía.
—Eso —dijo la espada—.
No viene solo de ti ni solo de mí.
Es el punto donde nos conectamos.
Mantuve el arma en alto.
Mis manos se sentían… más alertas.
Incluso el anillo que colgaba de mi cuello pareció vibrar apenas contra mi pecho.
Como si algo se hubiera afinado dentro de mí.
—No te distraigas —ordenó—.
Deja que esa sensación se extienda.
La presión aumentó de golpe.
Me asusté.
Solté la espada de inmediato y di un paso atrás.
El arma cayó al suelo con un golpe seco.
—¿Qué fue eso?
—pregunté, agitado.
—Otra vez.
Dudé un segundo, luego tomé la espada de nuevo.
Cerré los ojos.
Respiré.
Esta vez no huí de la sensación.
La presión volvió, más controlada.
Se amplió.
No hacia afuera, sino hacia dentro de mí.
Como si hubiera despertado un sentido que nunca había usado.
De pronto, el entorno cambió.
Seguía escuchando la ciudad.
Seguía sintiendo el suelo bajo mis pies.
El aire en la piel.
Pero algo más apareció.
Una incomodidad clara.
Definida.
Distinta al miedo que había sentido antes.
Abrí los ojos de golpe.
A unos metros, más allá de los edificios, lo vi.
No se movía.
No tenía una forma clara, pero estaba ahí.
Una silueta torcida, irregular, como algo que había sido forzado a existir mal.
El aire a su alrededor parecía denso, pesado.
—Eso es un errante —dijo la espada—.
Ahora no solo lo sientes.
Lo reconoces.
Tragué saliva.
—Está… mal —murmuré.
—Corrompido —corrigió—.
Por eso destaca.
Por eso no encaja.
Apreté la espada con más fuerza.
—¿Por qué no lo había notado así antes?
—Porque este sentido también tiene límites —respondí—.
Tu rango es corto.
Solo percibes lo que está relativamente cerca.
Aún no has crecido lo suficiente.
La presencia comenzó a desvanecerse, como si se alejara o simplemente saliera de mi alcance.
Exhalé lentamente.
—Entonces… ¿puedo aprender a sentirlos sin ti?
—Sí —respondí—.
Pero tomará tiempo.
Y disciplina.
Bajé la espada.
Estaba agotado, pero algo había cambiado.
No sabía explicarlo.
Solo sentía que el mundo ya no era del todo plano.
Esa sensación me acompañó incluso cuando regresé al callejón.
No como miedo, sino como una especie de atención constante, silenciosa.
Al día siguiente, cuando me levanté, vi a Marcos sentado sobre una caja, revisando una bolsa con cosas que no parecían de mucho valor.
—¿Te quedas conmigo hoy?
—preguntó sin levantar la vista—.
Los demás van a salir.
Asentí.
No pregunté para qué.
Marcos tampoco explicó.
Pasamos la mañana moviendo cosas pequeñas.
Acomodando.
Revisando que nadie hubiera dejado algo importante afuera.
Marcos no daba órdenes.
Solo hacía cosas, y los demás parecían entender.
—No mando a nadie —dijo en algún momento—.
Solo me quedo.
—¿Y eso basta?
—pregunté.
Se encogió de hombros.
—La gente se va cuando quiere.
Yo sigo aquí.
Al final, eso pesa más.
Nos quedamos sentados un rato, mirando la entrada del callejón.
—Aquí no somos tan distintos unos de otros, Daniel —continuó—.
Algunos llegaron por malas decisiones.
Otros por mala suerte.
A la mayoría la vida les pasó por encima.
Pensé en Rosa.
En Eli.
En el anciano.
Pensé en mí.
—Tú también —añadió, sin mirarme—.
No importa de dónde vengas.
Importa por qué te quedas.
La espada habló, suave, solo para mí: —No miente.
—Lo sé —pensé.
Más tarde, Marcos se levantó y se estiró despacio.
—Cuídate —dijo—.
Últimamente ha desaparecido gente por la zona.
Fruncí el ceño.
—¿Desaparecido cómo?
—Como el chico por el que preguntaron los policías —respondió—.
Y otros más.
Cada vez pasa con más frecuencia.
—¿Entonces… es peligroso estar aquí?
Negó con la cabeza.
—No más que en cualquier otro lado.
Aquí nadie te deja solo.
No importa si tienes casa o no.
Seguimos siendo personas.
Asentí.
Sus palabras se me quedaron dando vueltas.
Cuando el día empezó a apagarse Eli apareció de la nada y se sentó a mi lado.
No dijo nada al principio.
Solo se quedó ahí, balanceando los pies sin tocar el suelo.
—Daniel —dijo al rato—.
¿Tú tienes sueños?
Parpadeé.
—¿Sueño?
—repetí, confundido.
Negó con la cabeza.
—No de dormir.
Sueños de verdad.
Me quedé pensando.
Nunca me había hecho esa pregunta de esa forma.
—No sé —admití—.
Creo que no.
Frunció el ceño.
—Marcos dice que todos tienen uno —comentó—.
Aunque sea chiquito.
—¿Y tú?
—pregunté.
Dudó un segundo.
—Yo sí.
—Se levantó de golpe—.
Ven.
Antes de que pudiera decir algo, ya estaba caminando hacia la salida del callejón.
Lo seguí, curioso.
Caminamos un par de calles hasta llegar a una avenida más transitada.
Del otro lado, un supermercado seguía abierto.
Señaló hacia arriba.
Un anuncio enorme mostraba una hamburguesa.
Pan dorado.
Carne gruesa.
Queso derretido cayendo por los lados.
—Esa —dijo—.
La de doble queso.
La miré.
Y sentí hambre de verdad.
—Se ve… —empecé.
—Deliciosa —terminó, sonriendo.
Asentí despacio.
—Sí.
Se ve increíble.
Nos quedamos mirándola unos segundos más.
—Siempre la veo desde lejos —dijo—.
Y pienso cómo sabrá.
—¿Y ese es tu sueño?
—pregunté.
—Ajá —respondió sin vergüenza—.
Comer una.
Solté una risa baja, casi sin darme cuenta.
—No es tonto —dije—.
Es alcanzable.
Me miró sorprendido.
—¿Sí?
—Sí.
Solo cuesta dinero.
—No vamos a robar —dijo rápido—.
Rosa dice que eso siempre trae problemas.
—No —asentí—.
No vamos a robar.
Podemos juntar chatarra.
O ayudar en la calle.
Lo que salga.
Sonrió más grande.
—Entonces sí se puede.
Regresamos al callejón hablando de cuánto costaría y de si convenía comprar papas.
Cosas simples.
Cosas normales.
Cuando llegamos, se sentó a mi lado otra vez.
—Gracias por venir —dijo—.
No todos escuchan.
Negué con la cabeza.
—Gracias a ti.
Creo que… necesitaba algo así.
Me miró curioso.
—¿Cómo un sueño?
Pensé en la espada.
En los errantes.
Luego en la hamburguesa.
—Sí —respondí—.
Algo así.
Y por primera vez desde que había huido de casa, no me sentí perdido.
Solo era un chico pensando en cómo conseguir una hamburguesa con doble queso.
Y eso, por ahora, era suficiente.
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