Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Sistema de Evolución: Mi espada se alimenta de las sombras - Capítulo 24

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Sistema de Evolución: Mi espada se alimenta de las sombras
  4. Capítulo 24 - 24 Capítulo 20 Desplazamiento
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

24: Capítulo 20: Desplazamiento 24: Capítulo 20: Desplazamiento Me desperté antes que los demás, no porque tuviera frío, sino porque simplemente abrí los ojos.

El callejón estaba casi inmóvil.

Las fogatas aún resistían, con brasas débiles.

Algunos respiraban profundo, otros murmuraban dormidos.

Todo parecía igual.

Pero algo no encajaba.

—Espada —susurré—.

¿Sientes eso?

—Sí —respondió—.

Se están moviendo de forma distinta.

Me detuve.

—¿Quiénes?

—Errantes —dijo—.

No están atacando.

No están cazando como antes.

Sentí un leve escalofrío.

—¿Entonces qué hacen?

—Se desplazan —respondió—.

Más de lo habitual.

Como si algo los atrajera.

Miré alrededor.

La ciudad seguía igual.

—¿Eso es malo?

—No lo sé aún —admitió—.

Pero no es común.

Me quedé en silencio.

Guardé la espada y me levanté.

Marcos ya estaba despierto, sentado cerca de la entrada del callejón, observando la calle como siempre.

Me acerqué y me senté a su lado.

—¿Nunca duermes?

—pregunté.

—Duermo lo necesario —respondió—.

Más que eso es lujo.

—¿Te acostumbraste?

—pregunté—.

A estar atento todo el tiempo.

Marcos pensó un segundo.

—No —dijo—.

Solo aprendes qué hay cosas que no puedes permitirte ignorar.

Miró hacia la calle.

—Cuando bajas la guardia aquí, no siempre hay segunda oportunidad.

Asentí.

Eso lo entendía.

Nos quedamos en silencio un momento.

El sonido lejano de un camión pasando rompió la quietud.

—Oye —dijo de pronto—.

Ayer entrenaste, ¿no?

Me tensé apenas.

—Un poco.

No me miró raro.

No me interrogó.

—Se nota —añadió—.

No en los músculos.

En la forma en que te quedas quieto.

Fruncí el ceño.

—¿Eso es bueno?

—Es necesario —respondió—.

Pero también cansa.

Y nuevamente se quedó mirando al frente.

Más tarde, Eli apareció con un costal vacío colgado del hombro.

Lo arrastraba un poco porque era casi de su tamaño.

—Rosa dijo que hoy podemos salir —comentó—.

Hay una zona donde tiran cosas buenas.

—¿Buenas de verdad?

—pregunté.

Eli pensó un segundo.

—Buenas si sabes elegir —respondió, serio… y luego sonrió—.

Y si no te da asco ensuciarte.

Tomé otro costal apoyado contra la pared.

—Entonces estamos parejos —dije.

Salimos juntos.

El callejón quedó atrás mientras caminábamos por calles que empezaban a resultarme familiares.

Ya no miraba todo como si fuera ajeno, pero tampoco como si me perteneciera.

Eli caminaba con confianza.

No rápido, pero sin dudar.

Giraba en esquinas que yo habría ignorado, se detenía en lugares que parecían no tener nada especial.

—¿Cómo sabes por dónde ir?

—le pregunté.

—Porque la gente es floja —respondió—.

Siempre tira cosas en los mismos lugares.

Señaló un contenedor oxidado.

—Ahí no —añadió—.

Lo vacían temprano.

Avanzamos un poco más.

—Ese sí —dijo, señalando otro—.

Lo revisan menos.

Me agaché primero.

Había basura común, pero también restos de algo más.

Eli se acercó y empezó a separar con cuidado.

—Mira —dijo—.

Esto todavía sirve.

—Eso parece más basura que otra cosa —comenté.

—Porque no sabes verla —replicó—.

A Rosa tampoco le gustaba al principio.

—¿Y ahora?

—Ahora me regaña si dejo pasar algo bueno.

Sonreí sin darme cuenta.

Seguimos avanzando.

A ratos hablábamos de cosas sin importancia.

De quién hacía más ruido al caminar.

De cuál calle olía peor.

De una vez que Eli casi se mete en problemas por querer cargar algo demasiado grande.

El sol estaba a poco tiempo de esconderse.

La ciudad aún se movía con normalidad.

Gente regresando de trabajar.

Autos tocando el claxon.

Voces lejanas.

Nada parecía fuera de lugar.

Y eso me tranquilizó un poco.

En un momento, Eli se detuvo frente a un montón de cosas tiradas junto a una barda.

—A ver —dijo—.

Te reto.

—¿Reto de qué?

—El que encuentre algo útil primero gana.

—¿Y qué gana?

Eli sonrió.

—Algo extra cuando compremos las hamburguesas.

Doble ración de queso.

Acepté sin pensarlo.

Revisamos rápido.

Yo encontré una cuchara oxidada.

Eli sacó un trozo de cable en mejor estado.

—¡Gané!

—dijo, levantándolo como trofeo.

—Hiciste trampa —protesté—.

Ya lo habías visto.

—Eso también cuenta.

Cuando regresamos al callejón, no traíamos mucho, pero tampoco volvimos con las manos vacías.

Los costales pesaban lo suficiente como para sentir que había valido la pena.

Eli dejó el suyo en el suelo y se sentó, respirando hondo.

—No fue un mal día —dijo.

—No —respondí—.

No lo fue.

Me senté a su lado mientras el callejón retomaba su ritmo habitual.

Las voces conocidas.

El ruido de siempre.

Eli balanceaba los pies, distraído.

—Oye —dijo de pronto—.

Gracias.

—Gracias a ti —respondí—.

Realmente se me antoja esa hamburguesa.

Eli soltó una risa corta.

No hablamos mucho más.

El callejón fue apagándose poco a poco.

Esa noche, antes de acostarme, repetí los movimientos con la espada hasta que los brazos me ardieron.

Mis manos temblaban tanto que casi suelto el arma, y una luz roja parpadeó en mi visión  [Aviso: Fatiga Crítica.

Se recomienda descanso] Me acosté sobre el cartón de siempre, con la mochila como almohada.

El cielo apenas se veía entre los edificios, una franja oscura sin estrellas claras.

Cerré los ojos, dejando que el cansancio por fin me alcanzara.

Pero la sensación de la mañana no se había ido del todo.

—Tranquilo, no es algo que ocurra aquí —dijo la espada, como si leyera mis pensamientos—.

Lo que notaste está más lejos.

—¿Entonces…?

—Entonces observa —respondió—.

Aún no es el momento de actuar.

Sentí el metal de la espada volverse inusualmente frío contra mi espalda, como si ella misma estuviera en alerta.

Miré el cielo gris entre los edificios.

Todo seguía igual.

Y aun así, sabía que algo había empezado a moverse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo