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Sistema de Evolución: Mi espada se alimenta de las sombras - Capítulo 25

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  4. Capítulo 25 - 25 Capítulo 21 El sabor de la normalidad
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25: Capítulo 21: El sabor de la normalidad 25: Capítulo 21: El sabor de la normalidad Eli caminaba un paso delante de mí, cargando el costal como podía.

Era grande para él.

Demasiado.

—Dame eso —le dijo.

—Puedo —protestó, sin detenerse.

No esperé respuesta.

Tomé la mitad del peso y lo acomodé mejor entre los dos.

Eli me miró raro, pero no dijo nada.

Seguimos caminando así, más despacio.

No era la primera vez que salíamos a juntar chatarra, pero sí la primera en la que no dejé que se adelantara.

Cada vez que se acercaba demasiado a la calle, lo jalaba un poco hacia mí.

Cada vez que un coche pasaba rápido, me ponía del lado de afuera.

No lo pensé demasiado.

Simplemente pasó.

—Oye —dijo al rato—.

No soy tan frágil.

—Lo sé —respondí—.

Pero tampoco eres invisible.

Un par de calles más adelante, lo encontramos.

No era bonito.

Un bloque pesado de metal, parte de una máquina vieja, abandonado junto a una barda caída.

Tenía cables gruesos todavía conectados y óxido en las esquinas.

Eli silbó.

—Eso… eso vale.

Me acerqué y lo intenté levantar.

El peso me bajó los brazos de golpe.

—Está pesado —gruñí.

—Entre los dos —dijo Eli, ya acomodándose—.

Como siempre.

Nos tomó varios intentos.

Nos raspamos los dedos.

Maldijimos en voz baja.

Pero al final lo levantamos lo suficiente como para arrastrarlo.

Avanzamos lento.

Parábamos.

Respirábamos.

Seguíamos.

Cuando llegamos a la tienda de chatarra, el hombre del mostrador nos miró de arriba abajo antes de mirar el metal.

Lo golpeó con el nudillo.

Revisó los cables.

Pesó con la vista.

—Esto sirve —dijo al fin—.

No está limpio, pero sirve.

—¿Cuánto?

—preguntó Eli, directo.

El hombre dio una cifra.

No era una fortuna, pero era suficiente.

Eli me miró, los ojos abiertos.

—¿De verdad…?

Asentí.

No dijimos nada más hasta que salimos de ahí.

El letrero del supermercado seguía encendido cuando cruzamos la avenida.

Las luces blancas nos pegaron directo en la cara.

El anuncio de la hamburguesa estaba ahí, igual que siempre.

Pero esta vez no solo miramos.

Entramos.

El olor me golpeó primero: pan caliente, carne asándose, grasa chisporroteando.

El ruido de la plancha, las voces detrás del mostrador, el zumbido constante del lugar.

Eli caminaba despacio, mirando todo como si pudiera desaparecer.

—¿Y si… no alcanza?

—preguntó.

—Alcanza —respondí—.

Ya pregunté dos veces en mi cabeza.

Cuando pedimos, Eli se quedó mirando el número que nos dieron como si fuera importante memorizarlo.

Se sentó recto, inquieto, balanceando las piernas sin tocar el suelo.

—¿Cuánto crees que tarden?

—preguntó.

—Lo suficiente para desesperarte.

Sonrió.

Cuando por fin las trajeron, el olor fue distinto.

Más intenso.

Más real.

El pan brillaba.

La carne estaba gruesa, jugosa.

El queso derretido caía por los lados, mucho más de lo que mostraba el anuncio.

Se veía mejor que en el comercial.

Eli la sostuvo con cuidado, como si fuera frágil.

—Está caliente —dijo.

—Eso es buena señal.

Mordió primero.

No habló de inmediato.

Solo cerró los ojos un segundo.

—Está… —intentó decir—.

Está increíble.

Reí sin querer.

Mordí la mía.

Tenía razón.

No dijimos mucho más.

No hacía falta.

Cuando salimos, ya era de noche.

Las calles estaban más vacías.

Las luces más separadas.

Fue entonces cuando lo sentí.

Una presión en el aire.

Una presencia que erizaba mi piel.

Me detuve en seco.

—Espada… —susurré.

—Lo percibes, ¿verdad?

—murmuró.

Giré en la esquina y lo vi.

Un hombre encorvado avanzaba por la calle vacía, arrastrando los pies.

Por un segundo pensé que estaba borracho.

Luego levantó la cabeza.

Sus ojos no eran humanos.

Eran los mismos ojos rojos que había visto antes.

El corazón me empezó a latir desbocado.

—Errante… La criatura giró el cuello en un ángulo imposible y gruñó.

Humo negro comenzó a emanar de su piel, deformándolo, rompiendo lo poco que parecía humano.

Di un paso atrás sin darme cuenta.

—¡No te atrevas a huir!

—gritó la espada dentro de mí—.

Si lo haces, te seguirá.

Y cuando lo haga, no serás el único en morir.

Sentí a Eli moverse a mi lado.

—Daniel… —dijo, en voz baja—.

¿Tú también… estás viendo eso?

Me helé.

—¿Qué…?

—Eso —repitió—.

Eso que está ahí.

No hubo tiempo para pensar.

El errante avanzó, clavando algo parecido a garras en el pavimento.

El sonido raspó mis nervios.

Me moví delante de Eli sin pensarlo.

—Detrás de mí —dije.

—¿Qué estás haciendo?

—preguntó él, asustado.

—Confía en mí.

Apreté la empuñadura bajo la tela.

Mis piernas querían correr.

Mi cuerpo quería huir.

Pero algo dentro de mí se plantó firme.

Saqué la espada.

El metal palpitó, encendiéndose en un resplandor carmesí que cortó la oscuridad.

Eli soltó un grito ahogado al ver el arma aparecer de la nada.

El errante rugió y se lanzó hacia mí.

El impacto del errante contra mí me hizo perder el equilibrio.

Mis pies resbalaron y estuve a punto de caer.

Su olor a carne quemada y sangre me llenó las fosas nasales.

—¡Ataca!

—rugió la espada.

Mi brazo se levantó casi por reflejo.

El filo carmesí cortó el aire.

La garra de la criatura chocó contra la hoja con un chispazo violento.

El sonido fue agudo, insoportable.

Sentí la vibración recorrerme el brazo hasta el hombro, pero no solté la espada.

—Más rápido —susurró la voz en mi mente—.

Concéntrate.

Respiré hondo.

El miedo seguía ahí, pero algo más empezó a imponerse.

El errante volvió a lanzarse, más veloz.

Su garra rozó mi hombro.

El ardor fue inmediato.

Un corte limpio.

Real.

—¡AH!

—grité.

Contraataqué sin pensarlo.

El filo atravesó su brazo derecho.

El humo negro chispeó al contacto y la criatura lanzó un aullido agudo, retrocediendo de forma torpe.

—Bien… —dijo la espada.

Había algo distinto en su voz—.

No estás muerto todavía.

Eso ya es un comienzo.

El errante no se detuvo.

Saltó, girando en el aire con una violencia antinatural.

Yo también me moví.

El filo se hundió en su hombro izquierdo.

La carne se rasgó y de la herida comenzaron a brotar hilos de humo oscuro, espeso.

El aire vibraba con la energía que emanaba de la criatura y, por primera vez, sentí que la espada y yo éramos uno.

—Absórbelo —ordenó la voz.

Apreté los dientes.

Con un último impulso, hundí la hoja en su pecho.

El grito que salió de la criatura llenó la calle entera.

Luego, su cuerpo empezó a deshacerse, fragmentándose en humo negro que fue absorbido por la espada.

El calor recorrió mis venas.

No era solo fuerza física.

Era algo más profundo.

Breve.

Intenso.

Caí de rodillas, jadeando.

La espada palpitaba en mi mano, como si celebrara.

Progreso: 02 / 20 Miré a Eli.

Estaba pálido, pegado a la barda, mirando el lugar donde el monstruo había desaparecido y luego a mí.

Sus ojos saltaban de mi hombro ensangrentado a la espada que aún brillaba.

—Daniel… —susurró con la voz rota—.

¿Qué… qué fue eso?

No supe qué responder.

El sabor de la hamburguesa aún estaba en mi boca, pero el mundo se sentía más frío que nunca.

El errante había caído, pero el secreto también.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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