Sistema de Evolución: Mi espada se alimenta de las sombras - Capítulo 26
- Inicio
- Todas las novelas
- Sistema de Evolución: Mi espada se alimenta de las sombras
- Capítulo 26 - 26 Capítulo 22 Ojos abiertos
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
26: Capítulo 22: Ojos abiertos 26: Capítulo 22: Ojos abiertos El errante había caído.
Su cuerpo se deshizo en el suelo de la fábrica como si nunca hubiera sido algo sólido, dejando solo un rastro de ceniza y frío.
Pero yo no sentía victoria.
Sentía que el mundo se había vuelto un lugar mucho más pequeño y peligroso.
Me temblaban los brazos.
El corte del hombro me ardía con cada respiración, una punzada caliente que me recordaba que casi muero hace unos minutos.
Mi vista tardó unos segundos en volver a enfocarse.
El silencio de la fábrica era denso, como si las paredes estuvieran asustadas por lo que acababa de pasar.
—Daniel… La voz de Eli me llegó desde atrás, apenas un susurro quebrado.
Giré la cabeza despacio.
Él estaba pálido, inmóvil contra una columna de concreto.
Tenía los ojos desorbitados y los nudillos blancos de tanto apretar los tirantes de su mochila.
—¿Estás bien?
—pregunté.
Mi voz salió ronca, como si tuviera arena en la garganta.
Él asintió después de un largo silencio.
Tragó saliva con dificultad.
—Eso… —empezó a decir, pero se detuvo—.
Eso no era una persona, ¿verdad?
No se movía como una persona.
No respondí.
No sabía qué decir sin revelar demasiado, y la espada me advertía con un pulso frío en la mente que el silencio era mi mejor defensa.
—Daniel… —insistió Eli, dando un paso hacia adelante—.
Vi cómo lo cortaste.
Vi la luz de la espada.
—Estoy bien —mentí, tratando de enderezar la espalda para ocultar el dolor del hombro.
Eli no pareció convencido.
Señaló el arma que yo todavía sostenía, moviendo la mano con cautela, como si temiera que el metal fuera a morderlo.
—¿Eso… qué es eso?
—dudó—.
No parece una espada normal.
Brillaba.
Miré el arma.
El filo carmesí ya se había apagado, volviendo a ser ese metal gris y pesado.
En ese momento entendí que no podía responderle.
No ahí, con el olor a muerte todavía flotando en el aire, ni ahora, cuando mis manos no dejaban de temblar.
—Luego —dije, cortando sus preguntas—.
Te lo explicaré luego.
Ahora tenemos que salir de aquí antes de que aparezca algo más.
La espada vibró apenas, un zumbido de aprobación en mi cabeza.
Guardé el arma bajo mi abrigo, asegurándola en la espalda.
El peso físico desapareció de la vista, pero la presión mental seguía ahí, recordándome el vínculo.
—¿Eso que vimos… volverá?
—preguntó Eli mientras caminábamos hacia la salida.
—Después —repetí, más firme—.
Vámonos ya.
No mires atrás.
Caminamos de regreso al callejón sin detenernos una sola vez.
El hombro me dolía con cada paso, pero sentía un cosquilleo extraño bajo la piel, un calor que nacía en el centro de la herida.
Era como si algo estuviera cerrando el tajo a la fuerza desde adentro.
Cuando la entrada del callejón apareció frente a nosotros, varias cabezas se giraron.
En este lugar, cualquier cambio en el ritmo de caminar se notaba de inmediato.
—¿Qué pasó?
—preguntó un hombre desde su rincón.
—Está herido —dijo otra voz, alertando a los demás.
Rosa apareció de entre las sombras, alarmada.
Se acercó a mí a zancadas y me tomó por los hombros.
—Daniel, ¿qué te hicieron?
Estás sangrando.
Antes de que yo pudiera inventar una excusa, Eli habló.
Su voz sonó segura, rápida, sin rastro del miedo que había visto en la fábrica.
—Nos metimos en problemas —soltó el niño—.
Encontramos unos cables buenos cerca de la avenida y unos tipos más grandes quisieron quitárnoslos.
El callejón se quedó en silencio.
Las conversaciones se detuvieron.
—¿Cómo que problemas?
—gruñó Marcos, levantándose de golpe de su caja de madera—.
¿Quiénes fueron?
¿Dónde están?
—Daniel se metió en medio —continuó Eli, sin pestañear—.
Se puso frente a mí para que no me hicieran nada.
Uno de ellos sacó una navaja… y lo cortaron antes de que pudiéramos correr.
Eli no me miró mientras decía la mentira, pero lo estaba haciendo de forma perfecta.
Me estaba cubriendo.
Marcos apretó los puños, mirando hacia la entrada del callejón como si esperara ver a los atacantes aparecer.
—¿Quiénes eran?
—insistió Marcos—.
¿Eran de esa pandilla que nos quiere cobrar cuota?
—Marcos, déjalo ahora —intervino Rosa con autoridad—.
Primero hay que curarlo.
Daniel, siéntate aquí.
Me sentó sobre una caja de plástico.
Rosa sacó una caja metálica vieja con una cruz roja casi borrada por el óxido.
Me pidió que me quitara la manga.
Al hacerlo, el contacto del aire frío con la herida me arrancó un siseo de dolor.
—Es superficial —murmuró Rosa después de limpiar la sangre—.
Tuviste suerte.
Si hubiera entrado un poco más, no podrías mover el brazo.
Mientras ella vendaba el hombro con trozos de tela limpia, sentí las miradas de todos encima de mí.
Eran miradas de respeto, pero también de sospecha.
Eli se quedó cerca, sin moverse, vigilando mis reacciones.
—Gracias —le dije en voz baja cuando Rosa se distrajo buscando más ungüento.
—Luego hablamos —respondió él, con una seriedad que no era de un niño—.
Como dijiste.
Me debes la verdad, Daniel.
Rosa terminó de vendarme y me dio un golpe suave en el otro brazo.
—No salgas mañana —advirtió—.
Necesitas que esto cierre bien.
Marcos seguía serio en su rincón.
Antes de retirarse a dormir, se quedó mirándome fijamente a los ojos.
Buscaba algo en mi expresión que no encajaba con la historia de los tipos grandes.
No dijo nada, pero su silencio pesaba más que cualquier pregunta.
Sabía que no se había creído la historia por completo.
Me recosté más tarde sobre mis cartones.
El hombro latía con un ritmo constante.
—Hiciste lo correcto —dijo la espada en la oscuridad de mi mente.
Tragué saliva.
—Él lo vio —susurré apenas moviendo los labios—.
Vio al errante.
Vio cómo cambió la espada.
—Algunos humanos pueden verlos —respondió la voz, fría—.
Son pocos.
Suelen ser aquellos que tienen una chispa que no saben que poseen.
Pensé en Eli.
En cómo mintió por mí sin dudarlo un segundo.
En cómo sus ojos se habían mantenido fijos en la criatura mientras yo luchaba.
—Entonces ya no es solo mi problema —murmuré, sintiendo un peso nuevo en el pecho.
La espada no respondió.
Ese silencio me inquietó más que cualquier otra cosa.
Me preguntaba qué pasaba con los humanos que podían ver lo que yo veía.
¿Se volvían objetivos también?
¿Estaba poniendo en peligro a Eli solo por dejar que se quedara cerca de mí?
Cerré los ojos, pero el resplandor carmesí seguía quemando en mi memoria.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com