Sistema de Evolución: Mi espada se alimenta de las sombras - Capítulo 27
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- Capítulo 27 - 27 Capítulo 23 Núcleos y verdades
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27: Capítulo 23: Núcleos y verdades 27: Capítulo 23: Núcleos y verdades Desperté con la sensación de haber dormido poco, aunque mi cuerpo decía otra cosa.
Me sentía extraño, como si mis músculos hubieran crecido durante la noche.
El dolor punzante del hombro ya no estaba.
Solo quedaba una molestia leve, un hormigueo que me recordaba dónde había estado el tajo del errante.
Abrí los ojos.
El pedazo de cielo que se veía desde el callejón seguía gris.
Las sombras de los edificios eran las mismas de siempre y los sonidos de la ciudad despertando empezaban a rebotar en las paredes de ladrillo.
Respiré hondo, llenando mis pulmones de ese aire que sabía a polvo y humedad .
—Registro de contrato —dije en voz baja.
Lo hice por costumbre, esperando la presión de siempre.
Algo respondió de inmediato.
No fue un sonido, sino una claridad fría detrás de mis ojos.
La información apareció superpuesta a la realidad del callejón, más estable que ayer.
[Registro de Contrato] Identificador: Daniel Drakvorn Nivel operativo: 1 Progreso: 02 / 20 Clasificación actual: Portador — Fase inicial Fruncí el ceño mientras leía los números.
—¿Por qué el progreso subió en dos?
—murmuré, asegurándome de que nadie me escuchara—.
Ayer estaba en uno.
—Dos errantes derrotados —respondió la espada.
Su voz era seca—.
Dos núcleos absorbidos.
Me incorporé un poco, apoyándome en el codo sobre los cartones.
—¿Núcleos?
—pregunté.
—Cuando una de esas criaturas cae, libera su energía corrompida.
Es lo que queda de lo que alguna vez fueron.
Tú no puedes usar esa energía directamente, tu cuerpo estallaría.
Yo sí puedo.
Imágenes vagas cruzaron mi mente: el humo negro de la fábrica disipándose en el aire y aquella sensación de calor recorriéndome la columna vertebral cuando el monstruo desapareció.
—La niebla que absorbí ayer… —dije.
—Es purificada dentro de mi filo —continuó la espada—.
Luego es transferida a ti de forma segura.
Eso refuerza tu estructura interna.
Es como preparar un recipiente para que no se rompa cuando el contador alcance el límite.
Cuando llegues a 20 / 20, tu nivel operativo subirá.
Eso significa que serás más eficiente.
Que sobrevivirás un poco más.
Tragué saliva.
La idea de ser un recipiente que se está llenando no me gustaba, pero no tenía otra opción.
Antes de que pudiera preguntar más, escuché pasos acercándose sobre el suelo irregular.
La presión en mis ojos desapareció de golpe, como si la espada se hubiera apagado para esconderse.
—Daniel.
Rosa apareció frente a mí.
Traía un plato de plástico con algo de comida envuelto en servilletas de papel.
—Los de la repartición pasaron hace rato —dijo—.
Guardé esto para ti antes de que los demás se lo acabaran.
Me lo extendió.
El olor a grasa y pan caliente me hizo notar que tenía un hambre intensa.
Era un hambre que parecía venir de mis propios huesos, como si mi cuerpo hubiera gastado todas sus reservas en cerrar la herida del hombro.
—Gracias —respondí.
Rosa se agachó a mi lado.
Me miró con una atención que me puso nervioso.
—¿Te duele el brazo?
—preguntó.
—No, ya pasó.
Casi no lo siento.
Sus ojos bajaron hacia mi hombro, que seguía cubierto por la venda de tela que ella misma me puso anoche.
—Déjame ver cómo va eso.
No quiero que se infecte con la suciedad de aquí.
—De verdad estoy bien, Rosa —insistí, aferrándome al plato de comida—.
No hace falta.
Con la comida se me pasará del todo.
Sentí un cosquilleo extraño bajo la gasa.
Era una sensación de calor, como si la piel se estuviera estirando para borrarse a sí misma.
Me tensé.
Sabía que si Rosa quitaba la venda y veía que no había ni una cicatriz, no sabría cómo explicarlo.
Nadie sana un corte de navaja en unas pocas horas.
Rosa dudó unos segundos, con la mano extendida.
Luego suspiró y se puso en pie.
—Si empieza a latir o si te da fiebre, me avisas de inmediato —advirtió.
Asentí y empecé a comer.
No le dije que la herida ya no existía.
Comí en silencio, sintiendo cómo cada bocado me devolvía un poco de fuerza.
Cuando terminé, me senté más erguido y busqué a Eli con la mirada.
Estaba en su rincón de siempre, pero no estaba distraído.
No miraba a la gente ni jugaba con nada.
Miraba al suelo, abrazándose las piernas, como si estuviera tratando de encajar piezas de un rompecabezas en su cabeza.
Alzó la vista cuando hice ruido al moverme.
—Oye —dijo, acercándose despacio—.
¿Ya estás mejor?
—Más o menos —respondí—.
Soy difícil de matar, Eli.
Eso le arrancó una risa corta y nerviosa.
Se sentó a mi lado, manteniendo la voz baja.
—Ayer pensé que… —confesó—.
Me preocupé mucho cuando vi que ese bicho te agarraba.
—Lo sé.
Gracias por lo de anoche.
Por la mentira.
Hubo un silencio entre los dos.
No fue un silencio largo, pero sí denso.
Me puse de pie con cuidado, sintiendo mi nueva fuerza.
—Te debo una explicación —dije—.
Ven conmigo.
Eli dudó un segundo, miró hacia donde estaba Marcos y luego asintió.
Caminamos hasta el pasillo donde yo solía entrenar por las noches.
—Desde hace mucho tiempo —empecé a decir, mirando la pared descascarada—, tenía pesadillas.
Siempre era lo mismo.
Una estatua enorme de un ángel que lloraba.
Sostenía una espada.
Eli me escuchaba con atención.
No se reía ni me miraba como si estuviera loco.
—Pensé que eran solo sueños —continué—.
Hasta que un día, la espada apareció de verdad.
No fue una pesadilla.
Era real.
Desde que la tengo, puedo ver cosas que los demás no.
Sombras.
Criaturas como la de anoche.
Los llamo errantes.
Respiré hondo y dejé que la espada apareciera bajo mi abrigo.
El filo carmesí no brillaba con violencia, pero el metal se veía pesado y letal.
Eli dio un paso atrás, con los ojos muy abiertos.
—Es… es la misma—susurró.
—La de mis sueños —asentí—.
Ella me permite cazarlos.
Pero hay algo que me preocupa, Eli.
Las personas normales no pueden ver a los errantes.
Pero tú lo viste con claridad.
Eli levantó la cabeza.
—¿Qué significa eso?
—Significa que eres una excepción.
Y eso es peligroso.
Si puedes verlos, ellos también pueden sentir que los ves.
Yo puedo defenderme porque tengo esto, pero tú no tienes nada.
Me apoyé contra la pared, sintiendo el peso de la responsabilidad.
—Yo no soy un héroe —añadí—.
Me da miedo cada vez que saco la espada.
No soy bueno peleando y cada vez que uno de esos bichos aparece, siento que voy a morir.
Eli negó con la cabeza con firmeza.
—No eres un cobarde, Daniel.
Si no hubieras hecho lo que hiciste ayer, yo no estaría aquí hablando contigo.
Me salvaste.
Eso es lo único que importa.
Nos quedamos callados un momento.
El ruido de la ciudad llegaba amortiguado hasta nosotros.
Eli sonrió de pronto, tratando de romper la tensión.
—Además —dijo—, la hamburguesa de doble queso que comimos valió totalmente la pena.
Si iba a morir, al menos iba morir con el estómago lleno.
No pude evitar reír.
Era una risa honesta que me alivió el pecho.
Regresamos al callejón juntos.
Al caminar de vuelta, noté un cambio en él.
Eli ya no caminaba mirando al suelo o distraído con los pájaros.
Sus ojos escaneaban las sombras debajo de los coches y los rincones oscuros de los portales.
Igual que hacía yo.
El mundo ya no volvería a ser el mismo para ninguno de los dos.
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