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Sistema de Evolución: Mi espada se alimenta de las sombras - Capítulo 31

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31: Capítulo 27: Cambios 31: Capítulo 27: Cambios Volví al callejón cuando todavía no amanecía del todo.

Caminé despacio porque el cuerpo me dolía.

No era por una herida abierta ni nada parecido; era un cansancio pesado, de esos que se te meten en los huesos.

Me senté contra la pared y apoyé la espalda en el ladrillo frío.

Cerré los ojos un momento para tratar de que mi respiración volviera a ser normal.

No me dormí de inmediato.

Me quedé escuchando cómo el callejón despertaba.

La gente se acomodaba entre las cobijas como podía, alguien tosía a lo lejos y el anciano murmuraba cosas que nadie entendía.

Todo estaba donde debía estar.

Eso debería haberme tranquilizado, pero no fue así.

Abrí los ojos y miré alrededor.

Nadie me estaba mirando.

Nadie sabía que había salido esa noche ni que había peleado contra esa cosa.

Para ellos, yo solo era otro chico más tratando de pasar la noche.

Me levanté con cuidado.

Fue entonces cuando lo noté.

Eli estaba sentado en su lugar de siempre, pero no levantó la vista cuando pasé cerca.

Antes lo hacía.

Ahora no hizo nada.

Me detuve un segundo, pensé en decir su nombre, pero la voz no me salió.

Seguí caminando.

No parecía molesto, ni siquiera enojado.

Solo estaba distante, como si hubiera puesto una pared entre los dos.

Esa sensación me pesaba más que el cansancio.

Durante la mañana, traté de no pensar en el silencio de Eli.

Me puse a entrenar en un rincón apartado del callejón.

Repetí los movimientos que la espada me había enseñado: bajar el cuerpo, mantener los pies firmes, no dudar al soltar el golpe.

Me dolían los músculos, pero seguí hasta que el sudor me nubló la vista.

Cerca del mediodía, el sueño me venció y me quedé dormido sobre un montón de cartones.

Cuando desperté, un par de horas después, lo primero que hice fue tocarme el hombro.

El corte de la noche anterior ya no estaba.

No había costra ni marca, solo la piel lisa.

Me acerqué a uno de los extremos del callejón para mirar hacia la calle.

Entonces ocurrió.

No escuché nada raro, pero sentí un tirón en el pecho.

El cuerpo se me tensó y la mano derecha me empezó a hormiguear, justo donde sostengo la espada.

Levanté la vista rápido hacia los edificios de enfrente.

Recorrí las ventanas y los bordes de las azoteas.

Nada se movía, pero estaba seguro de que algo o alguien había estado ahí, observándome.

La espada no dijo nada, y ese silencio me puso más alerta.

Después de unos segundos, la sensación desapareció, pero el miedo se quedó conmigo.

Me quedé un buen rato apoyado en la salida del callejón, viendo cómo la luz del sol empezaba a bajar y las sombras de los edificios se hacían más largas.

No quería entrar para no cruzarme con la mirada vacía de Eli, pero tampoco podía dejar de pensar en esa sensación de la azotea.

Esperé a que el cielo se pusiera gris y los primeros postes de luz empezaran a parpadear.

Cuando el frío de la noche volvió a sentirse en el aire, supe que era hora.

Ya no podía estarme quieto.

No quería dejar que esa sensación de ser vigilado me detuviera.

Caminé siguiendo el tirón en mi pecho hasta que encontré a otro errante cerca de unos contenedores de basura.

Se movía como una mancha negra que se arrastraba por el suelo.

Llamé a la espada.

El acero apareció en mi mano, frío y listo.

—Esta vez, busca el centro de la masa —dijo la voz en mi cabeza—.

Atraviesa el punto donde la oscuridad es más densa.

No desperdicies movimientos.

Me acerqué por un costado.

El errante me detectó y soltó un chillido seco, lanzándose contra mí.

Esta vez no retrocedí.

Esquivé el golpe moviendo solo lo necesario y sentí cómo mis pies se agarraban bien al suelo.

Solté un tajo que le cortó una de sus extremidades de humo y, antes de que pudiera reaccionar, hundí la hoja justo en su centro.

La criatura se sacudió y se deshizo en una nube de polvo negro.

Estaba aprendiendo.

El calor de la absorción recorrió mi brazo de nuevo y el mensaje del sistema brilló en la oscuridad.

Registro de Contrato Progreso: 04/20 La pantalla desapareció y me quedé mirando mis manos.

Me ardían por el esfuerzo.

El hombro ya no me dolía y el cansancio de la mañana se había ido, pero no me sentía mejor.

Era una sensación rara, como si tuviera demasiada energía dentro de mí, una que no me pertenecía.

No sentía que fuera más fuerte, solo sentía que mi cuerpo estaba dejando de ser el mismo.

Guardé la espada y el vacío en mi mano me hizo sentir un escalofrío.

Miré hacia las azoteas una última vez, buscando esa mirada que me había vigilado antes, pero solo vi oscuridad y edificios viejos.

Empecé el camino de regreso al callejón.

Caminé rápido, tratando de no pensar en cuántos más de esos bichos habría ahí fuera.

Solo quería llegar, ver que todo seguía en su lugar y tratar de dormir un poco, aunque sabía que el silencio entre los dos me iba a pesar más que cualquier pelea.

Si esto era lo que tenía que hacer para que no nos mataran, lo haría.

No porque quisiera, sino porque no tenía otra opción.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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