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Sistema de Evolución: Mi espada se alimenta de las sombras - Capítulo 33

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  4. Capítulo 33 - 33 Capítulo 29 Cuidar el fuego
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33: Capítulo 29: Cuidar el fuego 33: Capítulo 29: Cuidar el fuego  Regresé cuando todos ya dormían.

Al entrar al callejón, vi una silueta sentada cerca de la entrada.

Era Marcos.

Estaba fumando un cigarro a medias, mirando hacia la calle con los ojos entrecerrados.

—Siéntate, Daniel —dijo sin mirarme—.

Debemos hablar.

Me senté a su lado, apoyando la espalda en el muro de ladrillo frío.

El cansancio me pesaba en los huesos, pero me sentía extrañamente tranquilo.

Mis manos ya no temblaban.

—Ya me enteré de lo que pasó esta tarde —soltó Marcos tras soltar un chorro de humo—.

Te agradezco lo que hiciste por Rosa.

Y por el chico.

Me quedé callado.

No sabía qué responder.

En la calle, dar las gracias no es algo que pase todos los días.

—Si te soy honesto —continuó Marcos, mirándome de reojo—, desconfiaba de ti.

Sobre todo esa noche que llegaste herido.

Sentía que ocultabas demasiadas cosas, Daniel.

Y en un lugar como este, los secretos matan a la gente.

Apagó el cigarro contra el suelo, aplastándolo con la bota.

—Pero ya no desconfío.

Has defendido el callejón mientras yo no estaba.

Has protegido a los tuyos cuando las cosas se pusieron feas.

Para mí, eso es suficiente para saber que ya ves este lugar como tu hogar.

Se quedó un momento en silencio.

Parecía que estaba decidiendo si contarme algo más.

El humo que quedaba en el aire se disipaba despacio.

—Yo fui militar hace mucho tiempo —dijo de pronto—.

Vi cosas en la guerra que te harían perder el sueño.

Vi de lo que es capaz la gente cuando no hay reglas.

Vi demasiada maldad, Daniel.

Tanta, que cuando volví ya no sabía cómo vivir entre personas normales.

Miró hacia el fondo del callejón, donde Eli dormía hecho una bola entre sus mantas.

—Este callejón me ayudó a recuperar algo de mi humanidad.

Para el resto del mundo esto es basura, pero para mí es un lugar seguro.

Un lugar que vale la pena proteger.

Por eso te doy las gracias.

Porque ahora sé que no soy el único que vigila mientras los demás duermen.

Me puse de pie cuando terminó de hablar.

No necesité decir mucho.

Las palabras largas no sirven de nada aquí.

—No dejaré que les pase nada —le dije.

Marcos asintió despacio.

Me fui a mi rincón y me tapé con la cobija vieja.

Por primera vez en mucho tiempo, el sueño no se sintió como una huida.

Se sintió como un descanso que me había ganado.

Al día siguiente, el sol entró al callejón con una claridad que me molestaba en los ojos.

Me levanté con el cuerpo pesado, pero la presión que sentía en el pecho ayer había desaparecido.

Eli ya estaba despierto.

Estaba sentado sobre sus talones, moviendo una piedra pequeña en el suelo, dibujando rayas en la tierra.

Me quedé mirándolo un momento.

No sabía si acercarme o esperar.

No tuve que esperar mucho.

—¿Dónde estuviste anoche?

—preguntó sin levantar la cabeza.

Su voz ya no era cortante, solo sonaba cansada.

Me senté a su lado, dejando un espacio entre los dos.

—Fuera —respondí—.

Necesitaba pensar.

Eli dejó la piedra y me miró de frente.

Tenía las ojeras marcadas.

Sus ojos se veían más viejos que ayer.

—Lo de ayer…

lo que hiciste con ese tipo —hizo una pausa—.

Nunca te había visto así, Daniel.

Parecías otra persona.

Me dio miedo.

Pero no tuve miedo de él.

Me dio miedo lo que te estaba pasando a ti.

Sentí un nudo en la garganta.

—Perdón —solté de pronto—.

Perdón por haberte asustado.

No quería que me vieras así.

Eli bajó la mirada y dibujó un círculo en la tierra con el dedo.

Hubo un silencio corto.

—Gracias, Daniel —susurró sin mirarme—.

Gracias por ponerte en medio.

Nadie…

nadie había hecho eso por mí antes.

Asentí despacio.

El hielo que nos separaba terminó de romperse.

Se acercó un poco más a mí, arrastrándose por el suelo.

—Enséñame —soltó de pronto.

—¿Qué?

—Lo que haces en las mañanas.

Cómo te mueves.

Cómo pones los pies.

Si esto se va a poner peor, no quiero quedarme sentado esperando a que tú me salves siempre.

Quiero ayudar, Daniel.

Me quedé callado.

La idea de Eli cerca de un errante me revolvió el estómago.

Él no tenía una espada que le hablara, ni un sistema que le cerrara las heridas.

Solo era un niño con una mochila llena de chatarra.

—No —dije con firmeza—.

No voy a dejar que te metas en eso, Eli.

Es peligroso.

No tienes idea de lo que hay ahí fuera de noche.

—¡Ya sé que es peligroso!

—me interrumpió, alzando la voz—.

Pero tú también estás ahí fuera.

¿Por qué tú sí y yo no?

¿Qué te hace tan diferente?

—Porque yo puedo —fue lo único que pude decir—.

Y tú no.

Eli apretó los dientes.

Estaba molesto, pero no se alejó.

Sabía que no iba a convencerlo solo diciendo que no.

Recordé lo que dijo la espada: Eli ya veía las manchas grises.

Ya estaba dentro, quisiera yo o no.

—Está bien —dije después de un silencio largo—.

Te enseñaré a entrenar.

A moverte, a defenderte y a ser rápido.

Pero solo eso.

Si algo pasa, si ves una de esas sombras de las que hablamos…

no peleas.

Corres y te escondes.

¿Entendido?

Eli me miró un momento, midiendo si el trato era justo.

Al final, asintió con seriedad.

—Entendido.

Esa mañana no entrené solo.

Le enseñé lo básico: cómo mantener el equilibrio y cómo cubrirse la cara.

Verlo esforzarse, sudando y tratando de imitar mis pasos, me recordó por qué estaba haciendo todo esto.

No era por la fuerza, ni por los números del registro, ni por la espada.

Era para que, algún día, Eli pudiera dejar de correr.

Para que pudiera volver a ser solo un niño.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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