Sistema de Evolución: Mi espada se alimenta de las sombras - Capítulo 35
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- Capítulo 35 - 35 Capítulo 31 El lenguaje del cuerpo
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35: Capítulo 31: El lenguaje del cuerpo 35: Capítulo 31: El lenguaje del cuerpo Esa noche no pude dormir.
El brazo me ardía con una vibración eléctrica que subía desde la muñeca hasta el hombro.
Era como si tuviera cables pelados bajo la piel.
—¿Crees que holgazanear te volverá más fuerte?
—resonó la voz en mi cabeza—.
Tu cuerpo está tenso, lleno de debilidades.
Me levanté antes de que saliera el sol, tratando de ignorar ese zumbido mental.
Pero al intentar estirarme, un calambre violento me hizo hincar la rodilla en el suelo.
Apreté los dientes para no gritar.
—¿Problemas de rigidez?
—la voz de Marcos me sobresaltó.
Estaba apoyado contra el muro, observándome—.
Solo un calambre —mentí, aunque el sudor frío me delataba.
Marcos se acercó y me sujetó el antebrazo con una firmeza de hierro.
Frunció el ceño mientras sentía la dureza de mis músculos.
—Tus músculos están en tensión constante, Daniel.
Tienes una fuerza que no coincide con tu cuerpo.
Es como si intentaras meter un motor de camión en el chasis de una bicicleta.
Te vas a desgarrar tú solo si no aprendes a soltar esa presión.
Me soltó el brazo y me miró de arriba abajo.
—Cuando estaba en el servicio —dijo Marcos, mirando al vacío un segundo—, nos enseñaron una técnica para liberar la tensión.
Decían que el cuerpo es como un arco; si lo mantienes tensado todo el tiempo, la cuerda se termina rompiendo.
Tienes que aprender a estar flojo para poder ser rápido.
—Enséñame —le pedí.
—Primero come.
Nadie aprende a pelear si se está desmayando —añadió en tono más suave.
—Yo también tengo hambre —dijo Eli, asomando la cabeza entre las mantas.
Nos sentamos en el suelo.
Saqué un poco de pan duro y algo de embutido.
Eli se acomodó a mi lado y Rosa se acercó poco después, sentándose con nosotros.
—Parecen una junta de generales tan temprano —dijo Rosa, soltando una pequeña risa—.
¿Marcos te está dando problemas, Daniel?
—Le estoy enseñando a no romperse —gruñó Marcos—.
Daniel tiene el ímpetu, pero no sabe cuándo parar.
—Ten cuidado con él, Marcos —replicó Rosa, mirándome con cariño—.
No queremos que termine más herido de lo que ya llegó.
Terminamos de comer en silencio.
Marcos se puso de pie y me indicó que me sentara en una silla vieja de madera.
Durante las siguientes dos horas, el callejón se convirtió en nuestro mundo.
Marcos me obligó a cerrar los ojos y a sentir el peso de mi cuerpo.
Eli, a pocos metros, empezó a imitar cada uno de mis movimientos.
Si yo bajaba los hombros, él los bajaba.
Estaba muy serio, concentrado en no fallar.
—Baja los hombros, Daniel.
No son escudos, son palancas —ordenaba Marcos, dándome un toque seco en la espalda—.
Rosa, no lo mires así, que se pone nervioso.
—Solo me aseguro de que no lo mates de cansancio —replicó ella.
—Está aprendiendo a respirar.
Eso cansa más que correr —dijo Marcos.
Se volvió hacia mí—.
Ahora, lanza un golpe al aire.
Pero no uses el brazo.
Usa la cadera.
Usa el suelo.
Libera la tensión como te dije.
Lancé el puñetazo.
Al principio me sentí torpe y rígido.
Eli, a mi lado, lanzó un golpe también y casi se cae por la inercia.
—¡Mira, Daniel!
—exclamó Eli entusiasmado.
—Concéntrate, Eli —le dije, intentándolo de nuevo.
En la décima repetición, algo cambió.
Al rotar la cadera y soltar la tensión del hombro en el momento exacto, algo hizo clic.
Fue como si una tubería tapada se abriera de golpe.
Mi propia fuerza recorrió mi brazo de forma natural, sin obstáculos.
El golpe cortó el aire con un silbido seco y potente.
Fue mucho más rápido de lo que mis músculos permitían antes.
El dolor en mi brazo disminuyó hasta desaparecer.
Mi fuerza se sentía fluida, encaminada exactamente a donde yo quería enviarla.
—Vaya —soltó Eli, con los ojos muy abiertos—.
Eso sonó fuerte.
Me quedé mirando mi puño.
Por primera vez en mucho tiempo, la espada no gritó.
Hubo un silencio breve en mi mente antes de que su voz volviera, esta vez con un tono diferente.
—Interesante —murmuró la espada—.
No sabía que un humano pudiera optimizar el flujo de energía de forma tan primitiva.
Has reducido la pérdida de potencia casi a la mitad.
—Mejor —asintió Marcos, satisfecho—.
Tienes instinto, pero te falta disciplina.
Mañana seguiremos.
Rosa se acercó y puso una mano en el hombro de Marcos.
—Ya déjalo, que Eli va a terminar creyendo que puede derribar muros.
Ayúdenme con estas cajas, anden.
Marcos fue a ayudarla y me quedé solo un momento mirando mis manos.
La voz de la espada seguía ahí, pero se sentía más respetuosa, casi impresionada por lo que un simple consejo humano había logrado.
Apreté el puño y lo solté.
Me sentía ligero, pero más sólido que nunca.
Había aprendido algo que el panel de mensajes nunca me diría: el poder de la espada era un regalo del contrato, pero la forma de usarlo era exclusivamente mía.
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