Sistema de Evolución: Mi espada se alimenta de las sombras - Capítulo 36
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- Capítulo 36 - 36 Capítulo 32 Control
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36: Capítulo 32: Control 36: Capítulo 32: Control El resto del día transcurrió en una calma tensa.
Ayudé a Marcos y a Rosa con unas cajas pesadas que habían conseguido.
Me movía con una ligereza que no había sentido antes.
El dolor en el brazo era apenas un murmullo lejano.
El sistema mantenía todo bajo control, pero ahora mi cuerpo sabía cómo ignorar la molestia.
Sin embargo, la calma en la calle nunca dura mucho.
Acompañé a Rosa a la salida del mercado local.
Ella había logrado cambiar algo de chatarra por un par de latas de comida y un poco de aceite.
Caminábamos en silencio.
Yo tenía los sentidos alerta, barriendo cada sombra de las esquinas.
—Hiciste algo bueno hoy, Daniel —dijo Rosa, rompiendo el silencio—.
Eli te admira mucho.
Se siente más seguro desde que empezaste a enseñarle.
Asentí, sin saber bien qué decir.
No estoy acostumbrado a los cumplidos.
Al doblar la esquina que llevaba de regreso a nuestra zona, tres hombres nos cerraron el paso.
Eran tipos que vivían de quitarle lo poco que tenían a los que estaban peor.
El del centro era alto.
Tenía una cicatriz que le atravesaba el pómulo y unos ojos que solo buscaban problemas.
—Vaya, vaya —dijo el tipo, ignorándome por completo—.
Escuché que tienes algo de valor en esa bolsa, abuela.
El callejón está bajo nuestra protección esta semana, y no hemos recibido el pago.
Rosa dio un paso atrás y se colocó detrás de mí.
Sentí su mano rozarme la espalda.
Estaba temblando.
—Marcos ya habló con ustedes —respondió Rosa, intentando sonar firme—.
No les debemos nada.
—Marcos es un viejo que ya no asusta a nadie —se burló el de la cicatriz, dando un paso adelante.
La espada vibró, fría y hambrienta.
—Son solo estorbos —susurró en mi mente—.
Acaba con esto.
Cerré los ojos un segundo.
Recordé la silla de madera.
La voz de Marcos corrigiendo mi postura.
El movimiento lento de Eli copiándome.
Esto no era una pelea para sobrevivir contra un monstruo.
Era una prueba para mi nuevo cuerpo.
—Déjenos pasar —dije.
Mi voz salió tranquila.
Demasiado tranquila.
—¿O qué, mocoso?
El golpe vino directo a mi cara.
Fue un movimiento predecible y lento.
No retrocedí.
Giré el torso apenas lo necesario.
El puño pasó rozando el aire, a milímetros de mi nariz.
Sentí el peso firme en los pies y la cadera rotando.
Solté el hombro justo cuando la técnica de Marcos me había indicado.
Golpeé.
Mi puño impactó en su plexo solar.
No hubo estallido ni dramatismo.
Solo un sonido seco y profundo.
El hombre se dobló como si le hubieran quitado todo el aire del mundo.
Cayó de rodillas, con los ojos muy abiertos y la boca intentando respirar sin lograrlo.
Los otros dos dieron un paso atrás de inmediato.
No saqué la espada.
No corrí.
Solo los miré.
No había furia en mi cara, pero tampoco miedo.
Era una mirada pesada.
—Váyanse —dije, avanzando un paso—.
Ahora.
No discutieron.
Cargaron a su compañero como pudieron y desaparecieron por la esquina sin mirar atrás.
El silencio volvió de golpe, solo interrumpido por el sonido lejano del tráfico.
Rosa me miraba con una expresión nueva.
No era alivio del todo.
Era algo más profundo, una mezcla de asombro y preocupación.
—Daniel… —dijo en voz baja—.
¿Estás bien?
Miré mis manos.
No temblaban.
No ardían.
Estaban calmadas.
—Sí, nada de qué preocuparse —respondí mientras retomábamos el camino.
Rosa no dijo nada más en todo el trayecto.
Regresamos al callejón cuando el sol ya se estaba escondiendo.
Las sombras empezaban a estirarse contra las paredes de ladrillo.
Marcos estaba sentado en su lugar de siempre.
Sus ojos se fijaron en mis manos y luego en mi cara.
No dijo nada, pero noté una chispa de respeto en su mirada cansada.
Él sabía que algo había pasado fuera.
Cuando todos se durmieron, no pude cerrar los ojos.
Me levanté sin hacer ruido y me alejé unos metros.
Empecé a repetir los movimientos en la oscuridad.
Uno, dos, diez veces.
Girar la cadera, soltar el hombro, sentir el suelo.
Mi cuerpo respondía con una precisión que me asustaba.
—Has aprendido a usar tu cuerpo —la voz de la espada rompió el silencio de mi mente—.
Pero la técnica no sirve de nada si no la pones en práctica contra la verdadera oscuridad.
Me detuve en seco, con el puño aún extendido en el aire.
Sentí un escalofrío que no era por el viento nocturno.
—He mejorado —susurré para mí mismo.
Miré hacia donde Rosa y Eli dormían, envueltos en mantas viejas.
La espada tenía razón.
El control que sentía ahora era solo una herramienta.
Y las herramientas están hechas para ser usadas.
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