Sistema de Evolución: Mi espada se alimenta de las sombras - Capítulo 37
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- Capítulo 37 - 37 Capítulo 33 Algo distinto
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37: Capítulo 33: Algo distinto 37: Capítulo 33: Algo distinto El día transcurrió como siempre.
Entrené un poco antes de que oscureciera.
No fue mucho tiempo; solo quería que el cuerpo entrara en calor y dejar de pensar.
Hice flexiones, estiramientos y moví la espada un par de veces.
Después repasé lo que me había enseñado Marcos.
Pies firmes, hombro suelto, agarre justo.
Eli seguía a mi lado, tratando de imitar mis movimientos con una rama vieja.
Fue entonces cuando lo sentí.
No sabía exactamente de dónde venía, pero me causaba una incomodidad potente.
Era la misma sensación de siempre, pero mucho más pesada.
—Daniel, ¿todo bien?
—dijo Eli al ver mi cara.
—Está cerca —murmuré.
—¿Quiénes?
—Ya sabes.
Esas cosas —respondí en voz baja.
Fui rápidamente a mirar el callejón.
Todo seguía igual.
Rosa y Marcos hablaban cerca del fuego.
—No tiene sentido —pensé—.
No debería estar aquí.
—No es un errante común —dijo la espada.
El tirón se fue de golpe.
Intenté convencerme de que era un error, pero mi cuerpo no se relajó.
—Sigue —le dije a Eli, forzando la voz—.
No te distraigas.
Si pierdes la postura, pierdes el equilibrio.
Continuamos un rato más.
Repetí lo básicos una y otra vez, tratando de concentrarme en el peso de mis pies, pero mis sentidos seguían buscando algo en el aire que ya no estaba.
Eli se esforzaba por copiarme, aunque yo ya no tenía la cabeza en el entrenamiento.
Más tarde, ya de noche, me senté con Eli cerca de la entrada del callejón.
El frío empezaba a calar, de ese que se mete en los huesos y no te deja quietas las manos.
Eli no paraba de hablar; me contaba historias de cuando era más pequeño, de programas de televisión que apenas recordaba y de cómo se imaginaba que sería el mundo más allá de esta ciudad.
Yo solo asentía de vez en cuando.
Sus palabras me llegaban como un eco lejano porque mis ojos no se movían de la oscuridad de la calle.
El silencio afuera no era normal.
Era un silencio denso, como si la noche estuviera aguantando la respiración, esperando el momento de soltarla.
Entonces volvió.
Esta vez fue peor.
El tirón me dolió debajo de la piel.
Me puse de pie de un salto.
Había un problema: no podía ubicarlo.
Miré hacia la calle, luego hacia los techos.
Era como si la presencia estuviera en todas partes y en ninguna.
Mis sentidos fallaban.
—¿Daniel?
¿Qué te pasa?
—preguntó Eli, notando mi tensión.
—Quédate aquí —le dije—.
No te muevas.
—¿Es esa cosa de nuevo?
—su voz tembló.
No respondí.
Caminé hacia la oscuridad de la salida.
El aire se sentía espeso, difícil de respirar.
—No puedes detectarlo porque no se mueve como los otros —dijo la espada.
Su voz era más seca de lo normal—.
Ten cuidado.
Lo que viene es más fuerte.
Entonces lo vi.
No salió de las sombras; simplemente apareció a unos metros.
Era una forma compacta, apretada sobre sí misma.
No tenía la forma irregular de los otros; era sólida.
Sus garras eran gruesas, su tamaño era mayor al de cualquier errante que hubiera visto y su presencia aplastaba el ánimo.
[Nueva amenaza detectada] [Clasificación: Errante Corrupto] Tragué saliva.
La espada vibró tanto que me hizo cosquillear la mano.
—¿Qué rayos es esa cosa?
—Una versión más poderosa.
Son errantes que han sobrevivido suficiente tiempo absorbiendo energía corrupta —dijo la espada.
El errante atacó.
Fue un borrón negro.
No tuve tiempo de reaccionar.
Una masa pesada me golpeó el pecho y me mandó volando contra la pared de ladrillo.
El impacto fue brutal.
Escuché un crujido en mis costillas.
Caí de rodillas, escupiendo sangre.
—¡Levántate!
—rugió la espada—.
¡Viene de nuevo!
Rodé por el suelo justo cuando un zarpazo destrozaba el ladrillo donde estaba mi cabeza.
Me puse de pie, tambaleándome.
La criatura no se detenía.
Lanzó otro golpe que bloqueé con la hoja, pero la fuerza fue tal que me mandó al suelo otra vez.
—Es demasiado rápido —jadeé, sintiendo que el mundo me daba vueltas.
El errante saltó sobre mí.
Puse la espada entre nosotros.
Sus garras chirriaron contra el metal.
Estaba encima, aplastándome con su peso muerto.
Sus fauces, un agujero negro lleno de dientes de humo, se cerraron a centímetros de mi cuello.
—¡Usa las piernas!
—gritó la espada.
Pateé con todas mis fuerzas su vientre sólido.
Logré quitármelo de encima, pero el bicho giró en el aire y aterrizó como un depredador.
Mis brazos temblaban.
Mis músculos estaban llegando al límite.
—No cortes —me guio la espada—.
No puedes atravesar su piel así.
Espera el hueco.
El errante rugió.
Un sonido sordo que me vibró en los huesos.
Se lanzó de frente, cargando como un toro.
Planté los pies como me había enseñado Marcos.
Bajé el centro de gravedad.
El miedo me recorrió la espalda, pero no me moví.
En el último segundo, giré el torso.
Sentí el viento del impacto pasar rozándome.
El errante perdió el equilibrio por su propio peso.
Fue el segundo que necesitaba.
Clavé la espada con un empujón directo en su flanco.
La hoja entró con dificultad, como si perforara cuero grueso.
En ese instante, la espada reaccionó.
Un brillo carmesí violento estalló desde el acero.
El rojo sangre iluminó todo el callejón, revelando la cara de agonía de la criatura.
El bicho chilló.
Fue un sonido que me desgarró los oídos.
Se revolvió con furia, golpeándome en la espalda y lanzándome tres metros hacia adelante.
No solté la empuñadura.
Fui arrastrado por el suelo mientras la espada seguía enterrada en él.
—¡Ahora!
—ordenó la espada.
El resplandor carmesí se volvió cegador.
Era como si la espada estuviera hirviendo.
La energía del errante empezó a ser succionada hacia el metal, quemándolo por dentro.
El calor en mis manos era insoportable, pero apreté los dientes hasta que sentí que se iban a romper.
El errante se puso rígido.
Su forma sólida se agrietó, dejando escapar chorros de luz roja, y finalmente estalló en fragmentos negros.
Caí de bruces al suelo.
No podía moverme.
El pecho me ardía y mi visión era borrosa.
[Registro de Contrato: Progreso 10/20] —No sé por qué algo así apareció aquí —dijo la espada, su voz sonaba distante—.
Fue atraído por algo.
Tienes suerte de no haber muerto hoy, Daniel.
Tu cuerpo está destrozado.
Me levanté después de varios minutos.
Cada centímetro de mi piel gritaba de dolor.
Eli salió de las sombras, corriendo hacia mí.
Estaba llorando.
—Daniel… pensé que te mataba —sollozó, intentando sostenerme.
—Sigo vivo —le dije, aunque mi voz era apenas un susurro—.
Ayúdame a caminar.
Caminamos de regreso hacia el pasillo donde solíamos entrenar, alejándonos de la entrada del callejón.
El cuerpo me pesaba y el costado me pulsaba con un dolor agudo cada vez que daba un paso.
Al llegar a nuestro rincón, me dejé caer contra la pared con un suspiro de alivio.
Eli no perdió tiempo.
Buscó un poco de agua y un trapo para limpiarme las heridas —Duele —admití cuando me tocó las costillas.
—Lo sé.
Quédate quieto —dijo Eli, tratando de limpiar la sangre de mi cara.
—Aguanta en lo que termino de hacerlo.
Me quedé en silencio mientras Eli terminaba de curarme.
Se sentía seguro por ahora, pero las palabras de la espada seguían dando vueltas en mi cabeza.
“Fue atraído por algo”.
Cerré los ojos, tratando de ignorar el ardor de las heridas.
Sabía que no podíamos irnos, este era el único hogar que teníamos.
Pero también sabía que, a partir de hoy, el descanso sería mucho más difícil de encontrar.
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