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Sistema de Evolución: Mi espada se alimenta de las sombras - Capítulo 38

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  4. Capítulo 38 - 38 Capítulo 34 Anómalos
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38: Capítulo 34: Anómalos 38: Capítulo 34: Anómalos Desperté antes de que saliera el sol.

El pasillo estaba casi a oscuras, pero mis ojos ya se habían acostumbrado a la falta de luz.

No necesitaba ver mucho para saber que el frío seguía ahí, calando hondo.

Lo primero que sentí fue el peso.

No era el dolor del costado, que seguía ahí como un recordatorio punzante cada vez que respiraba.

Era algo sobre mis piernas.

Una manta gruesa y áspera que no estaba ahí cuando me quedé dormido.

Miré a mi lado.

Eli estaba encogido en el suelo, pegado a mí.

Se había quedado dormido sentado y terminó cayendo a mi costado.

Respiraba lento, con la boca entreabierta.

En algún momento de la noche se levantó a buscar esa manta.

No la buscó para él, sino para los dos.

Me quedé quieto.

Si me movía, lo despertaba.

El silencio del callejón era distinto esta mañana.

La pelea volvió a mi cabeza.

Miré a Eli.

Recordé cómo temblaba y cómo me abrazó después del combate contra aquel bicho sólido.

—¿Los errantes se alimentan de personas como Eli?

—pregunté en un susurro, apenas moviendo los labios.

La respuesta de la espada llegó de inmediato.

Su voz era fría, metálica.

—Sí —dijo la espada—.

Así como él los puede sentir, es igual para los errantes.

Son más visibles para ellos.

Se les llama Anómalos.

Para un errante, alguien como ese niño es como una luz encendida en mitad de la noche.

Es una presa.

Me quedé frío.

La semilla de la duda que tenía en la cabeza creció de golpe.

Eli era un anómalo.

Podía verlos.

Sentía su presencia.

Eso significaba que los errantes iban a venir por él tarde o temprano.

El Corrupto de anoche solo había sido el primero de muchos.

Sentí una presión en el pecho que no tenía nada que ver con el golpe contra la pared.

Era culpa.

Si Eli estaba en peligro, era porque lo que él era lo estaba marcando como una presa.

O quizás porque estar cerca de mí lo exponía más.

Si los errantes venían por él, yo tenía que estar en medio.

Eli se movió un poco y se frotó la cara con una mano, empezando a despertar.

Se quedó mirando a la nada un par de segundos antes de darse cuenta de que yo lo observaba.

—¿Ya te duele menos?

—preguntó con la voz ronca por el sueño.

—Estoy bien —mentí.

Me incorporé despacio, aguantando el tirón en el costado que me hizo apretar los dientes—.

Gracias por la manta, Eli.

Él solo asintió y se sentó, abrazándose las rodillas.

Se veía cansado, como si no hubiera dormido nada por cuidarme.

—Daniel…

¿van a venir más como ese?

—preguntó en voz baja.

Sus ojos todavía tenían ese rastro rojo de la noche anterior.

Lo miré.

Quise decirle que no.

Quise prometerle que el callejón era el lugar más seguro del mundo.

Pero no podía.

No después de lo que la espada me acababa de decir.

—No lo sé —respondí, poniéndome de pie con esfuerzo—.

Pero no importa.

Para eso entreno.

Para eso te enseño a ti.

No dejaremos que se acerquen.

Me puse la mano sobre la empuñadura de la espada.

Tomé una decisión en ese momento: no podía dejarlo solo ni un segundo.

Pero tampoco podía dejar de salir a cazar.

Cada errante que yo matara afuera era uno menos que llegaría a este pasillo.

Tenía que limpiar las calles antes de que encontraran el rastro de Eli.

Iba a cargar con esto yo solo.

Tampoco era como si pudiera contarles a Rosa o a Marcos.

No me iban a creer.

Pensarían que me estoy volviendo loco.

—Venga, levántate —le dije a Eli, dándole un empujón suave en el hombro—.

Hay que ayudar a Rosa con el fuego antes de que Marcos empiece a dar órdenes.

Caminamos hacia el fondo del callejón.

Al llegar al pequeño fuego, Rosa ya estaba preparando algo.

Marcos estaba sentado en su caja de siempre, observando el movimiento de la calle.

Al verme llegar, frunció el ceño.

—Caminas como si tuvieras cien años, Daniel —dijo Marcos, notando mi rigidez—.

¿Qué te pasa?

—Me pasé con el entrenamiento ayer —respondí rápido, evitando mirarlo—.

Hice demasiadas flexiones y me duele todo el cuerpo.

Marcos soltó una risa seca.

—Te dije que no te desesperaras.

El cuerpo tiene un límite, muchacho.

Si sigues así te vas a romper.

Mírate, estás pálido y te tiemblan las manos.

—Solo necesito desayunar algo —dije, sentándome con cuidado para que no se notara el dolor de las costillas.

Rosa se acercó con un tazón de agua tibia y me miró con preocupación.

—Estás muy flaco, Daniel.

Y tienes ojeras.

No deberías esforzarte tanto —murmuró ella, pasándome un trozo de pan duro—.

Eli, dile que descanse.

A ti sí te hace caso.

Eli me miró de reojo pero no dijo nada.

Él sabía la verdad.

Sabía que no eran las flexiones lo que me tenía así, pero guardó el secreto.

Su silencio me pesaba tanto como la espada.

Me quedé sentado, masticando el pan sin ganas.

Miraba las paredes del callejón.

Eran altas, llenas de grietas y humedad.

—Tienes que estar atento hoy, Eli —le susurré cuando los adultos se distrajeron—.

No te separes de Rosa.

Si sientes a alguno de ellos de nuevo, vienes a buscarme de inmediato.

No importa qué esté haciendo.

—Lo haré —respondió él en el mismo tono—.

Pero…

tú también ten cuidado.

Asentí en silencio.

Miré hacia la salida del callejón.

La luz del sol apenas llegaba al suelo, tapada por los edificios altos.

Afuera, la ciudad seguía ignorando lo que pasaba en las sombras.

Apreté los puños debajo de la manta.

El contador en mi visión seguía ahí, recordándome mi trato.

[Registro de Contrato] Progreso: 10 / 20 Estaba a mitad de camino.

Diez más.

Solo diez más para ser un poco más fuerte.

Pero sentía que el mundo se movía mucho más rápido que mis números.

—Diez más —susurré para mí mismo—.

Solo diez.

Miré la espalda de Eli mientras ayudaba a Rosa a mover unas maderas.

Tenía que terminar esto pronto.

Tenía que volverme lo suficientemente fuerte para que nada, ni siquiera un Corrupto, se atreviera a entrar en este lugar de nuevo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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