Sistema de Evolución: Mi espada se alimenta de las sombras - Capítulo 41
- Inicio
- Todas las novelas
- Sistema de Evolución: Mi espada se alimenta de las sombras
- Capítulo 41 - 41 Capítulo 37 El despertar
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
41: Capítulo 37: El despertar 41: Capítulo 37: El despertar Abrir los ojos fue como salir de debajo del agua.
Lo primero que sentí fue una ligereza extraña.
El dolor que me partía el costado y el ardor en la pierna habían desaparecido.
Intenté moverme, pero mis brazos se sentían pesados.
Estaba lleno de vendas desde el pecho hasta los hombros.
Me senté despacio y algo no encajaba.
El suelo me quedaba más cerca, o quizá es que yo era más alto.
Mi ropa, que antes me quedaba suelta, ahora me apretaba en los hombros.
Mis brazos ya no eran solo hueso.
Tenían una dureza que no estaba ahí ayer.
—Despertó —dijo una voz baja.
Era Eli.
Se acercó rápido con los ojos rojos.
Me agarró del brazo como si necesitara comprobar que no era un fantasma.
—¡Daniel!
Pensé que… pensé que… —No terminó la frase.
—Tranquilo —dije—.
Estoy bien.
No sonó convincente.
Rosa estaba a unos pasos, junto al fuego apagado.
Tenía los brazos cruzados y el gesto tenso.
Marcos, como siempre, estaba más atrás, observándolo todo en silencio.
—No estabas bien —dijo Rosa—.
Nada bien.
—¿Cuánto tiempo estuve fuera?
—pregunté.
—Toda la noche —respondió Marcos—.
Te desplomaste después de esa pelea.
Ardías.
Temblabas.
Creí que estabas teniendo convulsiones.
—Pensamos que te morías —añadió Rosa—.
Estuviste toda la noche gritando y retorciéndote en el suelo.
Miré a Marcos.
Él no quitaba la vista de las vendas de mi pecho.
Se veía perturbado.
—Traté de curarte —dijo Marcos con voz ronca—.
Pero cuando te quité la camisa para limpiar los cortes… —Hizo una pausa y tragó saliva—.
Las heridas ya no estaban.
Se cerraron solas, Daniel.
Tus huesos hacían ruidos, como si se estuvieran rompiendo y armando de nuevo.
Bajé la mirada a mis manos.
Las cicatrices viejas que tenía de las palizas de mis tíos habían desaparecido.
Mi piel se veía limpia y sana.
Demasiado sana.
—Casi nos matas del susto —dijo Eli—.
Parecía que te estabas quemando por dentro.
—¿Qué eres, Daniel?
—preguntó Marcos.
No tenía miedo, pero su voz era exigente—.
Un chico no cambia así en una noche.
Un humano no sana esa clase de heridas en minutos.
Miré a Eli y luego a Rosa.
Ya no podía inventar excusas.
La mentira del entrenamiento se había roto con el ruido de mis propios huesos.
—¿Recuerdan la noche en que llegué al callejón?
—les pregunté.
Rosa asintió despacio—.
Escapé de mi casa porque mis tíos me hicieron la vida un infierno.
Pero antes de llegar aquí, empecé a tener pesadillas.
Hice una pausa, recordando el frío de aquel sueño.
—En esas pesadillas veía una gran estatua con una espada negra.
Esa espada apareció conmigo y desde entonces empecé a ver criaturas que nadie más ve.
Se llaman Errantes.
Me hago más fuerte cuando los derroto.
El de anoche vino por nosotros.
Si no lo mataba, nos habría matado a todos.
—¿Qué quieres decir con que es la espada?
—Marcos se acercó—.
¿Qué espada, Daniel?
—Es cierto, ustedes no la pueden ver.
Pero puedo hacer que la vean.
Solo…
no entren en pánico.
Me puse de pie.
El movimiento fue fluido, sin rastro de dolor.
Agarré la empuñadura que solo yo veía y le ordené a la espada que dejara de ocultarse.
De pronto, el acero negro apareció en el aire.
Pesado.
Oscuro.
Rosa se tapó la boca con una mano y dio un paso atrás.
—Rosa, ¿estás viendo eso?
—dijo Marcos, conmocionado—.
Dios mío… —Dios mío… —Rosa dio medio paso atrás sin darse cuenta—.
Eso… eso no estaba ahí.
—Sí estaba —respondí—.
Solo que no podían verla.
Mi cuerpo cambió porque tiene que aguantar estas peleas.
Marcos caminó hacia mí y me agarró del hombro con fuerza.
Sus dedos apenas cubrían la parte de arriba de mi brazo.
Me miró de arriba abajo, asombrado por el cambio.
—Mírate, Daniel.
Ayer eras un niño que apenas podía con su peso.
Hoy tienes el cuerpo de alguien que ha entrenado años.
Esto no es normal.
—Es lo que necesito para que sobrevivamos.
Ustedes ni siquiera pueden ver a los bichos.
—Yo sí —susurró Eli.
Rosa y Marcos miraron al niño.
Eli no bajó la cabeza.
—Los veo desde hace tiempo.
Daniel me está enseñando porque esas sombras nos buscan.
El fuego hizo un ruido seco.
Rosa se sentó y se escondió la cara entre las manos.
Marcos me soltó el hombro y miró el arma con desconfianza.
—Así que esto es lo que haces de noche —dijo Marcos—.
Sales a buscar a esas cosas con un arma que te está convirtiendo en…
no sé qué seas ahora.
—Sigo siendo yo —dije, aunque noté que mi voz sonaba más profunda, más firme—.
Pero ahora puedo protegerlos.
Si quieren que me vaya para no traer peligro, me voy.
Marcos se quedó callado un largo rato.
Miró a Rosa, luego a Eli y finalmente a mí.
—Nadie se va —dijo Marcos con dureza—.
Pero no más secretos.
Si esas cosas vienen, tenemos que saberlo.
—Créeme, es mucho mejor si no las ves —dije con tono preocupado—.
Los errantes son atraídos por personas que pueden verlos.
Como Eli.
El ambiente en el callejón se había vuelto pesado.
Rosa y Marcos ahora compartían mi carga.
Me quité las vendas de los brazos, la piel debajo estaba perfecta como si nunca me hubieran herido.
En una esquina de mi visión, un número brillaba de forma fija, recordándome que acababa de subir de nivel.
Nivel Operativo 2.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com