Sistema de Evolución: Mi espada se alimenta de las sombras - Capítulo 45
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45: Capítulo 40: Peso 45: Capítulo 40: Peso Llegué al callejón arrastrando los pies.
El cansancio no era como el de antes.
No sentía que me fuera a desmayar, pero mis músculos pesaban como si fueran de plomo.
La “limpieza” de la espada me había dejado nuevo, pero salir a cazar diez errantes de golpe me había vaciado la energía por completo.
En cuanto crucé la entrada, vi que el fuego seguía encendido entre los ladrillos.
Rosa y Eli no estaban a la vista.
Seguramente estaban amontonados bajo las mantas en el rincón más protegido del pasillo.
Pero Marcos estaba allí.
Estaba sentado en su silla, esperándome bajo el cielo abierto.
Tenía los brazos cruzados y una mirada que no me gustó nada.
—Tardaste —dijo sin levantarse.
—Había trabajo que hacer —respondí.
Dejé la mochila en el suelo, pero mantuve la espada cerca, aunque él no pudiera verla.
Marcos se puso de pie.
Se veía enorme bajo la luz temblorosa de las llamas y las sombras de los edificios.
Caminó hacia mí y se detuvo a menos de un metro.
Me sacaba una cabeza, pero ahora ya no sentía que tuviera que mirar hacia arriba tanto como antes.
—Rosa está asustada, Daniel.
Y yo no sé qué pensar.
Nos dices que esa cosa te hace fuerte, que matas monstruos…
—Hizo una pausa y señaló mi brazo—.
Pero lo que veo es a un chico que en una noche sacó músculos que no tenía.
Ahora caminas diferente.
—Es la verdad, Marcos.
Te guste o no.
—No se trata de si me gusta —soltó él, acortando la distancia—.
Se trata de que si vamos a estar juntos aquí, necesito saber con qué estoy tratando.
No quiero palabras.
Quiero ver qué puedes hacer.
Miró alrededor, buscando algo en el suelo lleno de basura y restos de construcción.
Sus ojos se detuvieron en un bloque de concreto con varillas oxidadas que se había desprendido de la pared hacía meses.
Era una pieza pesada.
Normalmente, entre los dos apenas podíamos arrastrarla unos metros para despejar el paso.
—Levanta eso —ordenó, señalando el bloque.
—Marcos, estoy cansado…
—Levántalo —repitió—.
Si esa cosa te convirtió en un arma, demuéstralo.
Porque si solo eres un chico con trucos raros, nos vas a terminar matando a todos por atraer a esos bichos.
Apreté los dientes.
No quería exhibirme, pero sabía que si no le cerraba la boca ahora, la desconfianza nos iba a separar.
Caminé hacia el bloque de concreto.
Me agaché y puse las manos sobre el material áspero y frío.
Antes, solo de intentar moverlo me habrían dolido las rodillas.
Esta vez, al tensar los brazos, sentí cómo mis nuevos músculos respondían al instante.
No fue como si no pesara nada, pero mi cuerpo ya no temblaba por el esfuerzo.
Tiré hacia arriba.
El bloque se separó de la tierra con un crujido de piedras.
Lo levanté hasta la altura de mi pecho.
Mis pulmones ardían un poco, pero mis pies estaban clavados al suelo con una firmeza que nunca había sentido.
Marcos se quedó mudo.
Vi cómo sus ojos se abrían de par en par al ver que yo sostenía algo que debería haberme doblado la espalda.
Aguanté la posición unos segundos, mirándolo fijamente a los ojos, y luego solté el concreto.
El golpe contra el suelo levantó una nube de polvo y sacudió mis pies.
—¿Suficiente?
—pregunté, jadeando un poco.
Marcos no respondió de inmediato.
Miró el bloque y luego me miró a mí, como si estuviera viendo a un extraño ocupando el cuerpo del chico que conocía.
—Ya no eres el chico que recogimos —murmuró.
Esta vez sí hubo un rastro de miedo en su voz.
—Sigo siendo yo —dije, aunque por dentro sabía que mentía—.
Solo que ahora puedo devolver los golpes.
Marcos asintió despacio.
Dio media vuelta y regresó al fuego sin decir nada más.
Me quedé solo bajo el cielo oscuro, sintiendo el hormigueo en mis brazos.
Le había demostrado mi fuerza, pero algo se había roto entre nosotros.
La seguridad tenía un precio, y el mío era empezar a dejar de parecer humano ante los únicos que me importaban.
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