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Sistema de Evolución: Mi espada se alimenta de las sombras - Capítulo 46

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  4. Capítulo 46 - 46 Capítulo 41 Recuerdos
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46: Capítulo 41: Recuerdos 46: Capítulo 41: Recuerdos Después de que Marcos se retiró al fuego, el silencio en el callejón se volvió más pesado que el bloque de concreto que acababa de soltar.

Me senté contra la pared fría, sintiendo cómo el calor del esfuerzo desaparecía de mis músculos.

Tenía los ojos cerrados cuando escuché unos pasos pequeños.

Era Eli.

Se sentó a mi lado, encogiendo las rodillas.

Estuvo callado un rato, mirando hacia el cielo oscuro.

Me di cuenta de que Eli era el único que no me miraba raro después de lo que había hecho frente a Marcos.

Para él, yo seguía siendo el mismo.

—Daniel… —susurró sin mirarme —¿Sí?

—dije —¿Puedo preguntarte algo?

—¿Qué pasa, Eli?

—Volteé a verlo —Cuando despertaste y hablaste con Marcos y Rosa, mencionaste algo de tu mamá —lo dijo mientras hacía círculos en la tierra con un dedo, concentrado en el rastro que dejaba su uña sobre el suelo sucio.

Me tensé un poco.

No suelo hablar de ella.

Es un rincón de mi cabeza que trato de mantener cerrado para que el dolor no me distraiga de la realidad.

Hablar de ella era como abrir una herida que nunca terminaba de cerrar, una que no se curaba con niveles ni con fuerza.

—¿Cómo era ella?

—preguntó Eli con una curiosidad genuina.

Suspiré, dejando que el aire saliera despacio.

Por un momento, el olor a humedad del callejón fue reemplazado por un recuerdo borroso de ropa limpia y comida caliente.

—Ella fue lo más importante en mi vida —dije, y mi voz sonó más suave de lo que esperaba—.

Era la única persona que hacía que el mundo no pareciera un lugar tan horrible.

Tenía una forma de hablarte que te hacía sentir que, pasara lo que pasara, todo iba a estar bien.

Pero la vida decidió quitármela.

—¿La extrañas?

—Todos los días.

A cada minuto.

Me quedé mirando mis manos, las mismas que ahora tenían mucha más fuerza, pero que no podían volver a tocar la mano de mi madre.

—A veces fantaseo con volver a verla —confesé en voz baja, sintiendo un nudo en la garganta—.

Con sentir su cariño o que me preste atención otra vez.

Me imagino que entro a casa y que ella está ahí, esperando.

Pero la verdad es que ha pasado tanto tiempo y han pasado tantas cosas malas, que ya ni siquiera sé con exactitud cómo se siente un abrazo suyo.

Se me está olvidando su voz, Eli.

Intento recordarla cada noche antes de dormir, pero cada vez suena más bajito.

Y eso es algo que me asusta mucho.

Eli se quedó pensativo, moviendo un poco los pies sobre la tierra suelta.

Su silencio no era incómodo; era como si estuviera comparando mis palabras con su propia historia.

—Yo también debo tener una madre —dijo de pronto, con una calma que me partió el alma—.

Pero no la conocí.

Mi papá siempre estaba borracho.

Se la pasaba golpeándola, todo el tiempo.

Un día, ella decidió que no podía más y se fue.

Dejándome con él.

Lo miré de reojo.

Eli no parecía enojado, solo resignado, como si estuviera contando la historia de alguien más y no la suya.

—¿No la culpas?

—pregunté.

Me sorprendió mi propia pregunta.

Yo a veces sí sentía rabia porque la mía se hubiera ido, aunque fuera por enfermedad.

Eli negó con la cabeza, mirando hacia el fuego lejano donde Marcos y Rosa apenas se movían en el fondo del callejón.

—No.

Para tomar una decisión así, para dejar a tu propio hijo y salir corriendo a la calle sin nada, tuvo que ser muy difícil para ella.

No la culpo por querer dejar de sufrir.

Creo que ella pensó que si se quedaba, mi papá la iba a matar.

Me quedé sin palabras.

Eli era solo un niño, pero entendía el sacrificio y el dolor mejor que muchos adultos.

Entendía que a veces la gente no se va porque no te quiera, sino porque ya no les queda nada más que dar.

En ese momento, mi nueva fuerza no servía para nada.

No podía devolverle a su madre, ni podía recuperar la voz de la mía.

Solo podíamos estar ahí, dos huérfanos sentados en la tierra, compartiendo el vacío que nos dejaron.

—A veces pienso que quizás me está buscando —añadió Eli en un susurro—.

Pero luego miro cómo está la ciudad y sé que es imposible.

Aquí nadie busca a nadie si no es para quitarle algo.

Le puse una mano en el hombro.

Sus huesos se sentían pequeños, frágiles.

Me recordó que, aunque yo estuviera cambiando, él seguía siendo un niño que necesitaba protección.

No sabía qué decir para que todo eso doliera menos.

No había palabras que arreglaran nada.

Si los errantes venían por él, yo iba a estar ahí.

Si alguien intentaba tocarlo, iba a pasar por mí primero.

No porque fuera fuerte.

Sino porque nadie más lo iba a hacer.

Eli apoyó la cabeza en la pared y cerró los ojos.

Yo me quedé despierto.

Pensé en mi madre.

Pensé en la suya.

Pensé en lo fácil que era perderlo todo en este lugar.

Apreté el puño contra el suelo, sintiendo la rugosidad de la tierra.

No podía cambiar el pasado, pero sí podía asegurarme de que llegaramos al día siguiente.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES ReyOscuro ¡Espero que les haya gustado!

Escribir es mi hobby para pasar el rato mientras sale algo de mi carrera (soy ingeniero, pero no hay trabajo XD

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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