Sistema de Evolución: Mi espada se alimenta de las sombras - Capítulo 5
- Inicio
- Todas las novelas
- Sistema de Evolución: Mi espada se alimenta de las sombras
- Capítulo 5 - 5 Capítulo 2 Donde el miedo aprende a esperar
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
5: Capítulo 2: Donde el miedo aprende a esperar 5: Capítulo 2: Donde el miedo aprende a esperar Aprendí rápido que el dolor no siempre llega con un golpe.
A veces llega con el sonido de unos pasos acercándose por el pasillo, o con el silencio demasiado largo después de un grito.
O con la forma en que alguien evita mirarte, como si fueras algo sucio que mancha la vista.
Mis días empezaron a parecerse demasiado unos a otros.
Han pasado siete años desde que mamá se fue y el sótano se convirtió en mi mundo.
A mis trece años, ya no recuerdo lo que es vivir de otra forma.
Me despertaba antes que todos, no porque quisiera, sino porque mi cuerpo ya no sabía descansar.
El suelo estaba frío.
Siempre estaba frío.
El sótano tenía una ventana pequeña, tan sucia que apenas dejaba pasar la luz.
Estaba demasiado arriba como para ver algo más que sombras y cambios de color.
No podía distinguir el cielo, ni el sol, ni la luna.
Solo sabía si afuera era de día o de noche por la forma en que la luz se filtraba o por los sonidos de la casa.
Yo esperaba que no bajaran.
Esperaba a que se olvidaran de mí.
Cuando me dejaban salir para limpiar, no decían nada.
Me miraban como se mira a un mueble viejo: estaba ahí, ocupaba espacio, pero no importaba.
Si estorbaba, se movía.
Si se rompía, se tiraba.
Me acostumbré a ser ese objeto.
—Inútil —era lo único que escuchaba a veces.
Barría.
Lavaba.
Cargaba cosas más grandes que yo.
Si me tardaba, estaba mal.
Si lo hacía rápido, también.
Aprendí que no existía una forma correcta de hacer las cosas, solo excusas para castigarme.
Dejé de preguntar.
Dejé de explicar.
Dejé de mirarlos a los ojos.
No por odio.
Sino porque mirar a alguien requiere una energía que yo ya no tenía.
Mis primos se divertían conmigo cuando se aburrían.
Me empujaban, me escondían las cosas, me llamaban por nombres que ya no sentía míos.
Al principio dolía.
Después… solo cansaba.
Era como la lluvia; no puedes evitar que te moje, así que dejas de intentar cubrirte.
Lo peor era el hambre.
No esa hambre que se quita con comida, sino la que se queda incluso después de masticar las sobras.
La que te hace sentir pequeño.
Débil.
La que te recuerda que dependes de gente que te odia.
Por las noches, el miedo cambiaba.
Cerraba los ojos y siempre era el mismo sueño.
Estoy de pie en un lugar oscuro.
El aire es pesado, como si costara respirar.
No puedo moverme.
Frente a mí hay algo grande, inmóvil.
No habla.
No se mueve.
Solo está ahí.
No tiene ojos, pero sé que me observa.
No tiene boca, pero siento que me juzga.
Quiero gritar, pero no sale ningún sonido.
Quiero correr, pero mis piernas no responden.
Entonces despierto con el corazón golpeándome el pecho y la garganta seca.
Esa noche volvió a pasar.
Me encerraron en el sótano sin explicaciones.
La puerta se cerró con ese sonido seco que ya conocía demasiado bien.
Me acurruqué en el rincón de siempre, abrazando mis rodillas.
El frío se metía en los huesos, pero ya no me importaba.
Cerré los ojos.
Y por primera vez, no desperté enseguida.
El dolor fue lo primero que sentí.
No era un recuerdo, ni un pensamiento.
Era algo real.
Como si me estuvieran rompiendo desde adentro.
Abrí los ojos esperando ver el techo bajo del sótano, pero no había techo.
Solo oscuridad.
Una oscuridad espesa, pesada.
El aire tenía peso.
Me costaba respirar.
Intenté moverme y un quejido se me escapó antes de poder detenerlo.
—¿Dónde estoy?
—murmuré.
Mi voz no regresó.
No hubo eco.
Eso fue lo primero que me dio miedo.
Me incorporé como pude.
Todo me dolía.
Miré mis manos: estaban manchadas de sangre.
No sabía de dónde venía.
Solo sabía que me sentía demasiado débil.
Levanté la vista.
Ruinas.
Columnas rotas.
Muros derrumbados.
Restos de algo que alguna vez fue enorme.
Sobre mí no había cielo, solo un vacío oscuro atravesado por grietas rojizas, como heridas abiertas en la nada.
Entonces la vi.
Al fondo, dominándolo todo, se alzaba una estatua gigantesca.
Tenía forma humana… pero no lo era.
Era demasiado alta.
Demasiado delgada.
Su rostro estaba erosionado, liso, pero emanaba una tristeza que me apretó el pecho.
Como si ella también hubiera esperado durante mucho tiempo.
La estatua estaba rota.
De una grieta profunda en su pecho caía algo imposible.
Sangre.
Cada gota que tocaba el suelo hacía vibrar mi pecho, como si respondiera a algo dentro de mí.
Frente a ella había una espada clavada en la piedra.
Oscura.
Simple.
Inmóvil.
Sentí rechazo.
Y atracción.
Di un paso.
Todo me dio vueltas.
Letras aparecieron frente a mí, temblando.
[Estado: crítico] [Integridad vital: inestable] Intenté tocarlas pero mi mano las atravesó.
[Recomendación: permanecer consciente] Sentí algo moverse.
No lo vi.
Pero las sombras entre las ruinas se alargaron.
No me atacaban.
Esperaban.
Avancé hacia la espada arrastrando una pierna.
Cada paso era un esfuerzo.
La sangre caía de mi cuerpo, mezclándose con la de la estatua.
El aire se volvió más pesado.
La sangre de la estatua fluyó más rápido.
Las grietas se expandieron con un crujido profundo.
Caí de rodillas.
[Condición incompatible] [Anclaje fallido] La oscuridad cerró mi visión.
Lo último que vi fue la espada.
Luego… nada.
Desperté jadeando.
El aire frío me quemó los pulmones.
Abrí los ojos.
El techo bajo y húmedo del sótano.
Estaba en casa o eso se suponía.
El dolor seguía ahí.
La presión en el pecho.
La certeza de que algo me había visto.
Me encogí contra la pared, temblando.
No sabía dónde había estado.
Pero sabía algo con absoluta claridad.
Eso no había sido solo un sueño.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com