Sistema de Evolución: Mi espada se alimenta de las sombras - Capítulo 6
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- Capítulo 6 - 6 Capítulo 3 El fondo del sótano
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6: Capítulo 3: El fondo del sótano 6: Capítulo 3: El fondo del sótano Desperté sobresaltado.
El aire entró a mis pulmones como si acabara de salir del agua.
Me llevé una mano al pecho, jadeando, con el corazón golpeándome tan fuerte que pensé que iba a despertarlos a todos arriba.
Pero estaba solo.
No había ruinas.
No había estatua.
No había sangre cayendo de piedra.
Aun así, la sensación no se iba.
Me quedé inmóvil unos segundos, intentando convencerme de que había sido solo un sueño.
El olor a humedad y a tierra vieja me llenó la nariz.
El frío se me metía en los pies descalzos y subía lento por las piernas, como cada maldita noche desde hace siete años.
Tragué saliva.
Me dejé caer contra la pared y me senté en el suelo.
Tenía el estómago vacío; tan vacío que ya no dolía, solo ardía por dentro como si tuviera brasas en lugar de tripas.
No recordaba cuándo había comido algo sólido por última vez.
Apoyé la cabeza en la pared y cerré los ojos.
Intenté no ver la estatua.
Intenté ignorar ese pulso metálico que todavía vibraba en mis oídos.
El sótano estaba en silencio.
O eso creía.
Fue entonces cuando lo oí.
Un sonido pegajoso contra el piso frío.
Algo se movía detrás de las cajas, arrastrándose despacio, como si me estuviera buscando.
Abrí los ojos de golpe y contuve la respiración.
Me quedé tenso, escuchando.
Ahí estaba otra vez.
No venía de las tuberías ni de detrás de las paredes.
Venía del rincón más oscuro del sótano, detrás de las cajas viejas.
Me levanté despacio, apoyándome en la pared para no caerme.
La bombilla colgante parpadeó y sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Por un segundo pensé que se apagaría, que todo quedaría a oscuras.
Pero volvió a encender con un zumbido eléctrico.
Y lo vi.
Era pequeño, una masa negra y brillante que parecía absorber la poca luz que había.
No tenía una forma clara; me recordaba a un órgano palpitante o a un feto deforme que nunca debió nacer.
No tenía rostro, pero dos bultos irregulares bajo su piel me seguían con tanta atención que me heló la sangre.
—No… —murmuré, con la voz rota.
Eso no podía estar ahí.
Tenía que ser el hambre, el cansancio, o mi mente rompiéndose finalmente tras tantos años de encierro.
Di un paso atrás y tropecé con un balde viejo.
Caí al suelo con un golpe seco que me sacó el aire.
El dolor en mi espalda me arrancó un gemido que intenté callar apretando los dientes.
La cosa reaccionó.
Se estiró y avanzó hacia mí con una rapidez antinatural.
El pánico me sacó del letargo.
Mis manos buscaron desesperadamente algo en el suelo hasta que encontraron una tabla de madera vieja con un clavo oxidado sobresaliendo.
La agarré con la poca fuerza que tenían mis brazos y la levanté frente a mí, temblando.
—Aléjate… —dije, aunque mi voz apenas fue un soplido.
No se detuvo.
Emitió un gorgoteo y saltó.
Grité y golpeé con la tabla, pero fallé por los nervios.
La madera chocó contra el suelo y la vibración me recorrió los brazos hasta los hombros.
La criatura emitió un sonido agudo, un chillido que no parecía de este mundo.
Volví a levantar la tabla y, antes de que pudiera saltar de nuevo, golpeé con todas mis fuerzas.
Esta vez le di.
Algo viscoso y negro me salpicó la mejilla.
Estaba helado, casi quemaba de frío.
La criatura se retorció, su cuerpo deformándose de una manera imposible, pero no murió.
Se alejó unos metros, vibrando con una intensidad violenta.
Yo ya no podía más.
Las piernas me fallaron y caí de rodillas, jadeando.
Me ardía el pecho.
Todo me daba vueltas y el sótano comenzó a oscurecerse por los bordes de mi visión.
Entonces, aparecieron.
Frente a mí, flotando en el aire, surgieron unas letras borrosas e inestables: [Estado: crítico] [Integridad vital: inestable] Parpadeé, pensando que era mi vista fallando.
—¿Qué… es esto…?
—susurré.
Intenté tocar las letras, pero mi mano las atravesó como si fueran humo frío.
El mensaje tembló y cambió de forma.
[Respuesta de emergencia: activa] En ese instante, la criatura se detuvo en seco.
No desapareció, pero dejó de avanzar.
Se quedó ahí, vibrando, como si una pared invisible se hubiera interpuesto entre nosotros.
El aire alrededor de las letras parecía pesar toneladas.
Las letras se apagaron poco a poco, dejando mis ojos llenos de manchas brillantes.
El embrión se arrastró de espaldas hacia la oscuridad y desapareció entre las sombras como si nunca hubiera estado allí.
Yo me desplomé de lado.
El cuerpo ya no me respondió; la adrenalina se había ido, dejando solo el agotamiento de siete años de miseria.
No sentí alivio, solo un miedo nuevo y más profundo.
Cerré los ojos sin querer hacerlo, con la respiración entrecortada.
Antes de perder el conocimiento, volví a sentir aquel latido.
Esta vez, era más fuerte que nunca.
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