Sistema de Evolución: Mi espada se alimenta de las sombras - Capítulo 7
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- Capítulo 7 - 7 Capítulo 4 La estatua
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7: Capítulo 4: La estatua 7: Capítulo 4: La estatua Desperté con un cosquilleo incómodo recorriéndome el cuerpo.
No sabía cuánto tiempo había pasado desde que me desmayé tras el ataque de aquella cosa.
El sótano seguía igual, pero mi pecho se sentía extraño, como si algo se hubiera movido dentro de mí mientras dormía.
Intenté incorporarme, pero el mareo me obligó a apoyarme en el suelo.
Fue entonces cuando aquel latido regresó.
No era como las otras veces; era tan violento que sentí que mis costillas iban a quebrarse desde adentro.
Con cada golpe de mi corazón, un resplandor carmesí estallaba desde el centro de mi pecho.
Era una luz débil pero insistente, que parpadeaba al ritmo de mi sangre.
No iluminaba el sótano; más bien parecía manchar la oscuridad, como si mi propio dolor estuviera pintando las paredes de rojo.
—No… —susurré, viendo cómo mi piel brillaba con ese color de advertencia—.
Otra vez no.
Me puse de pie con dificultad y avancé a ciegas.
Cada paso me pesaba más que el anterior.
El aire se volvió denso, espeso, hasta que respirar empezó a doler.
El resplandor se volvía más intenso con cada latido, inundándolo todo.
Cuando el brillo fue tan fuerte que me cegó, el suelo desapareció bajo mis pies.
No caí.
El mundo simplemente se rompió.
Abrí los ojos con un grito ahogado.
La piedra fría bajo mis manos no era el piso del sótano.
Era algo distinto.
Me costó entender dónde estaba hasta que levanté la vista.
Ruinas.
Columnas destruidas, muros colapsados.
Sobre mí había un cielo oscuro, cargado de estrellas y grietas rojizas que parecían heridas abiertas en la nada.
El mismo lugar de mis sueños.
Sentí náuseas.
Entonces la vi.
La estatua.
No era un hombre común, ni un guerrero antiguo.
Era un ángel, pero no uno que transmitiera paz.
Sus alas eran enormes y estaban curvadas hacia adelante, envolviéndolo en un gesto eterno de tristeza.
Su rostro mostraba dolor y desolación; cada rasgo parecía llorar por lo que no pudo proteger.
Una lágrima de mármol oscuro caía por su mejilla, detenida en el borde de su mandíbula.
Entre sus manos sostenía la espada negra y corroída que ahora palpitaba con un brillo propio, como si la pieza hubiera nacido para ser sostenida por aquel ángel condenado.
Mi respiración se volvió errática.
—¿Qué… es esto…?
El corazón de piedra de la estatua palpitaba al unísono con el mío.
Cada latido hacía vibrar el suelo bajo mis pies.
Entonces escuché la voz.
No vino de afuera; resonó directamente dentro de mi cabeza.
—Fue un largo sueño.
Retrocedí de golpe, tropezando con los escombros.
—¿Quién… quién está ahí?
—Acércate —ordenó la voz.
Era grave, cansada y autoritaria—.
No me hagas esperar.
Tragué saliva, con el miedo paralizándome el cuello.
—¿La estatua… está hablando?
—No pierdas el tiempo con preguntas inútiles.
Toma la espada.
Mis piernas temblaban.
Todo en mí gritaba que huyera, pero algo más fuerte me empujaba hacia adelante.
Un hilo invisible me arrastraba desde el centro de mi pecho.
Di un paso.
Luego otro.
Cuando estuve frente a la estatua, extendí las manos con torpeza.
Apenas toqué el pomo de la espada, el dolor explotó.
Espinas de metal surgieron de la empuñadura y se clavaron profundamente en mis palmas, anclándose a mi carne.
—¡AAAH!
—grité, intentando soltarme, pero mis manos estaban selladas al arma.
Sentí que algo ardía dentro de mis venas, como fuego líquido recorriéndome los brazos.
Me arrodillé, jadeando, con las manos ensangrentadas aferradas a la espada.
La voz tronó dentro de mí y, frente a mis ojos, aparecieron las letras flotando en el aire, ahora claras y nítidas.
[Anclaje fallido] [Anclaje fallido] [Anclaje fallido] […] [Éxito] [Anclaje exitoso] [Sistema activado] —¿Qué… qué me estás haciendo…?
—balbuceé, sintiendo que mi propia sangre alimentaba el metal.
La estatua comenzó a agrietarse con un estruendo.
Las alas se rompieron.
El rostro se desmoronó.
El ángel lloroso colapsó en fragmentos de piedra que se hicieron polvo ante mis ojos.
Solo quedamos la espada y yo en mitad de la nada.
El metal corroído latía bajo mis dedos, como si ahora tuviera pulmones.
—Escúchame, Drakvorn —dijo la voz, ahora tan cerca que sentía su aliento frío—.
Has sido débil hasta hoy.
Pero desde este instante, tu vida y la mía están unidas.
Quise soltar la espada, pero no pude.
Mis dedos se cerraron por sí solos alrededor del pomo, apretando con una fuerza que no era la mía.
El dolor regresó, más profundo, como si el metal se estuviera fundiendo con mis huesos.
Grité, pero el sonido se perdió en las ruinas.
Fue entonces cuando el mundo se volvió a quebrar.
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