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Sistema de Evolución: Mi espada se alimenta de las sombras - Capítulo 8

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  4. Capítulo 8 - 8 Capítulo 5 Lo que despertó conmigo
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8: Capítulo 5: Lo que despertó conmigo 8: Capítulo 5: Lo que despertó conmigo Desperté con un sacudón violento.

El aire me entró de golpe en los pulmones y tosí, girándome sobre el suelo frío del sótano.

Me dolía todo; la cabeza me latía con fuerza y tenía la garganta seca, como si estuviera ardiendo.

Tardé unos segundos en darme cuenta de dónde estaba.

El techo bajo.

Las paredes húmedas.

El olor a tierra vieja.

El sótano de siempre.

—Fue un sueño… —murmuré, deseando que fuera verdad.

Pero no lo era.

Sentí algo frío bajo mi mano derecha y bajé la mirada.

Se me cortó la respiración.

La espada estaba ahí, clavada en el suelo, oscura e inmóvil.

No brillaba ni hacía ruido, pero era real.

Demasiado real.

Mi corazón empezó a golpear mi pecho.

—No… no puede ser… El aire en el sótano cambió.

Se sintió pesado, como si las paredes se estuvieran cerrando.

La bombilla colgante parpadeó un par de veces y luego se quedó fija.

Entonces lo escuché.

Ese mismo ruido de algo arrastrándose sobre el concreto.

Se me heló la sangre.

Retrocedí un paso, arrastrando los pies.

Mis ojos se clavaron en el rincón más oscuro, detrás de las cajas viejas.

Algo salió de las sombras, pero ya no era pequeño.

La masa negra avanzó hacia la luz, deformándose mientras se movía.

Ahora tenía brazos y piernas largos y torcidos.

Su cuerpo era más sólido y pesado; la piel parecía agrietada, como si algo estuviera intentando salir desde adentro de la criatura.

Sus ojos se abrieron: eran dos puntos rojos que se clavaron en mí.

—Creciste… —dije sin darme cuenta.

Esa cosa inclinó la cabeza.

El aire frente a mis ojos se puso borroso y aparecieron las letras: [Amenaza detectada] [Clasificación: Errante] —Yo… yo no sé pelear… —murmuré con la voz rota.

Sentía que mis piernas iban a fallar en cualquier momento.

La espada vibró un poco bajo mi mano.

—Aún es torpe —dijo la voz en mi cabeza, fría y pesada—.

Pero tiene hambre, y tú eres una presa fácil.

—¿Una presa?

—pensé, sintiendo un nudo en la garganta.

El errante dio un paso.

Luego otro, moviéndose de forma extraña, como si sus piernas no terminaran de encajar bien.

El sótano no tenía salida; estaba atrapado con ese monstruo.

—Tómame —ordenó la voz—.

Si te quedas quieto, te matará.

Mis manos sudaban.

Agarré el mango de la espada con torpeza y tiré de ella.

Pesaba mucho, como si el arma no quisiera que yo la levantara.

Justo cuando logré sacarla del suelo, el errante saltó contra mí.

Grité.

Levanté la espada muy tarde.

El golpe me dio en el costado y salí volando contra unas cajas viejas.

El aire se me salió de los pulmones y el golpe me mareó.

Sentí algo caliente recorriéndome el brazo.

Sangre.

—¡Duele…!

—lloré, intentando arrastrarme hacia atrás.

El errante soltó un chillido agudo que me lastimó los oídos.

Se movía rápido ahora, de esa forma rara pero peligrosa, como un animal que está aprendiendo a cazar.

—¡Levántate!

—ordenó la voz.

—¡No puedo!

—grité desesperado—.

¡No puedo!

El monstruo volvió a saltar.

Levanté la espada como pude, cerrando los ojos, y di un golpe al aire.

El filo rozó el cuerpo de la cosa y una chispa roja brilló en la oscuridad.

El impacto fue tan fuerte que casi suelto el arma.

—¡Ahhh!

—caí de rodillas, sin fuerzas.

El errante no se detuvo.

Se tiró encima de mí y sentí sus garras clavarse en mi pierna.

El dolor fue horrible.

Grité hasta quedarme sin aire mientras sentía cómo me desgarraba la piel.

—¡Me está matando!

—No —respondió la voz, sin emoción—.

Aún no.

Con lágrimas en los ojos, empujé la espada hacia arriba con todas mis fuerzas.

El metal se hundió en la carne negra de la criatura.

El errante chilló y retrocedió, retorciéndose mientras un humo oscuro salía de su herida.

Aproveché para rodar lejos, dejando un rastro de sangre en el piso.

—No quiero morir… —susurré, temblando de miedo.

—Entonces deja de huir —dijo la voz.

El errante volvió a atacar.

Esta vez no cerré los ojos.

Grité con lo último que me quedaba y bajé la espada usando las dos manos.

El golpe fue seco.

Un resplandor rojo llenó el sótano por un segundo.

El cuerpo del errante se partió a la mitad y, antes de tocar el suelo, se volvió humo negro.

La espada absorbió ese humo rápidamente, como si se lo estuviera comiendo.

Caí de rodillas.

El silencio volvió, pero el dolor seguía ahí.

Mi pierna sangraba y me costaba respirar.

Nada se sentía bien.

Las lágrimas empezaron a caer sin que pudiera detenerlas.

—Yo… no fui valiente… —murmuré, sintiéndome pequeño y débil.

La voz no me contradijo.

—Viviste —dijo simplemente—.

Eso es suficiente.

Me quedé ahí, herido y temblando en el suelo sucio, abrazando la espada que ahora pesaba un poco menos.

Y entendí algo que me dio más miedo que el monstruo: si esto era solo el comienzo, no sabía cómo iba a sobrevivir a lo que venía después.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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