Sistema de Evolución Universal - Capítulo 1
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- Capítulo 1 - 1 Un mal día un mundo imperfecto
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1: Un mal día, un mundo imperfecto.
1: Un mal día, un mundo imperfecto.
Maribel llevaba horas mirando el techo del hospital.
La luz blanca, demasiado limpia, le golpeaba los ojos cansados.
El aire acondicionado, que normalmente agradecía en el calor de su país, ahora le provocaba escalofríos.
No sabía si era el frío, el hambre o su presión arterial jugando con ella.
Tal vez todo a la vez.
Su rostro permanecía tenso, atrapado en una expresión pensativa de la que no lograba liberarse desde hacía horas.
—¿Quién diría que mi jefe me pondría a trabajar en la madrugada?
—murmuró—.
Y en mi día libre.
Pensó en el estudiante al que había ayudado más temprano.
En cómo, aun sabiendo que eso la retrasaría, no había podido negarse.
—Maldito niño… —susurró, sin verdadera rabia.
Guardó silencio.
Sabía que, si la situación se repetía, volvería a ayudar.
Tal vez intentando irse antes.
Tal vez quejándose más.
Pero ayudaría igual.
Esa certeza le pesó.
La mañana de ese mismo día —o del día anterior, ya no estaba segura— había comenzado como siempre.
Había despertado sin prisa, sin energía, sin deseos especiales.
Solo despertar.
Aun así, con esa presión familiar en el pecho, como si ya estuviera llegando tarde a algo que no sabía nombrar.
Como de costumbre, decidió ir a desayunar a su restaurante favorito.
No solía prepararse comida: incluso cuando no trabajaba, caminaba cada mañana por la carretera polvorienta, comía rodeada de desconocidos y regresaba a casa o al hospital.
No deseaba hacer nada más.
No tenía nada que hacer con nadie.
Normalmente, eso no debería ser un problema.
Pero ese día algo fue distinto.
Sintió una extraña atracción hacia la ventana.
Se asomó casi sin pensarlo… y se quedó inmóvil.
Paz.
El viento de la mañana rozaba su piel.
El sol caía suave sobre las paredes de ladrillo anaranjado.
Las calaminas reflejaban la luz sin herirla.
Por un instante no hubo nada que la atara a nada.
La sensación la golpeó con una fuerza que no recordaba haber sentido en años.
Su infancia volvió sin permiso: la bicicleta, las calles, su ciudad natal creciendo a la par que ella, los días en que comer juntos era normal.
Aquella ciudad la había visto nacer, y ella la había visto cambiar.
Se quedó así durante varios minutos.
La mente en blanco, pero el cuerpo atento, como si aquella emoción pudiera romperse si pensaba demasiado en ella.
Tal vez —pensó— no ir directo a comer, no apresurarse, le sentaba bien.
Tal vez bastaba con detenerse a mirar un muro de ladrillos bañados por el sol.
Se dio la vuelta para salir de la habitación alquilada donde vivía.
Al pisar la vereda, el sol la recibió de nuevo, apacible y luminoso.
«O quizá dormí bien», pensó.
O quizá simplemente estaba cansada de preocuparse.
No eran tantas preocupaciones… ¿o sí?
Con el tiempo había olvidado cómo se sentía la diferencia entre vivir consciente de los días y simplemente atravesarlos.
Había olvidado qué se sentía vivir.
Su identidad se había diluido entre el trabajo, el entorno, la familia, los compañeros.
Ya no era la joven enérgica y alegre que había sido.
Eso se había perdido en la universidad.
Y aun así, no culpó a nadie.
Nadie lo hacía a propósito.
Bueno… algunos sí hacían el mal a propósito.
Un pensamiento insistente se arrastró por su mente.
Buscó ponerlo en palabras y no pudo.
Se sentó en las escaleras del segundo piso, pensó y pensó hasta que la mente volvió a quedar en blanco.
Entonces apareció, claro y brutal: NO QUIERO PERDER ESTO.
—Qué curioso —susurró, con una sonrisa torcida—.
Justo cuando abandono todo… es cuando me siento feliz.
Se quedó callada un segundo.
—Dios mío… —murmuró—.
Ayer fue mi mejor intento de relajarme y terminé más estresada.
¿Quién diría que solo me bastaba con dormir…?
Soltó una risa breve, sin humor.
—Si pudiera mantener este yo todo el tiempo —añadió en voz baja—, sería alguien que no sufre.
La idea la incomodó.
—O quizá no —corrigió—.
Quizá solo sería yo convenciéndome de que soy feliz… incluso si pierdo esto.
La contradicción quedó suspendida, sin resolverse.
Bajó al primer piso y caminó hacia el restaurante, sosteniendo aquella calma como si fuera cristal.
Temía perderla.
Temía ser ella misma quien la dejara caer.
—Ayer me pasé horas jugando —se dijo—.
Me divertí… y aun así terminé agotada, como si ni siquiera eso pudiera darme descanso.
Negó con la cabeza, molesta consigo misma.
Recordó también el rechazo silencioso hacia su propia realidad.
Quiso decirse que no era su culpa, pero no pudo mentirse.
Ya no se atrevía.
Temía perder esa claridad.
Esa claridad le permitía imaginar un mundo distinto.
No como escapismo, sino como una posibilidad.
—Sí, claro —se burló en voz baja—.
Las personas adoran complicar las cosas.
Sonrió, divertida, aun sabiendo que aquel mundo perfecto probablemente no existía.
Y, sin embargo, sabía cómo se sentía estar allí.
Justo cuando divisó el restaurante, su teléfono vibró.
Respondió.
Cruzó de nuevo la carretera.
Su lucidez se desvaneció en cuestión de minutos.
La felicidad persistente titiló como una vela en la brisa y, con el ruido de un auto, se apagó sin dejar rastro.
—Cuarenta minutos —murmuró—.
Para sostenerme hasta los cuarenta años.
A lo de siempre.
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