Sistema de Evolución Universal - Capítulo 100
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- Capítulo 100 - Capítulo 100: Una mañana con Maribel (II): El cultivador obsesivo.
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Capítulo 100: Una mañana con Maribel (II): El cultivador obsesivo.
El aire se volvió denso; incluso el agua en los cuencos cercanos onduló sin viento.
El joven miró hacia el origen de la voz.
Los pasos de Jiāng Róngxuān eran grandes, seguros, depredadores.
La mirada de Maribel pasó del desinterés a una frialdad que paralizaba.
—¿Quién es? —preguntó el joven, intentando mantener la calma.
—Vete —ordenó ella—. Esto se pondrá mal para ti si te quedas.
El muchacho obedeció al instante, pero apenas dio unos pasos cuando Róngxuān apareció frente a él, como si hubiera recortado la distancia con un solo tranco.
El cultivador extendió la mano y lo empujó. El joven cayó de espaldas.
Intentó levantarse, pero el qi lo presionó como una mano invisible, obligándolo a arrodillarse.
—No te atrevas a ir tras el objetivo marcado por un cultivador —dijo Róngxuān con voz fría.
Algo extraño ocurrió entonces.
La expresión del cultivador cambió.
El mundo se volvió gris.
Las cosas perdieron sentido… pero aun así no retrocedió.
—¿Qué crees que haces? —la voz de Maribel cortó el aire.
Róngxuān giró. La mirada de ella era hielo puro.
—Ya estás en mi mira, mujer. ¿Cómo voy a permitir que un mortal intervenga? Yo, Jiāng Róngxuān, no puedo permitirlo.
—Tsk. No vengas aquí a decir estupideces.
El silencio cayó con un peso insoportable.
Las piernas del muchacho temblaron.
—Tú… ¿acaso deseas morir? ¡¿Cómo le hablas así a un Jiāng?!
La voz de Maribel fue un filo lleno de desprecio.
—¿Qué si es un Jiāng? Me paso su apellido por los ovarios. No me conoce, y tampoco merece ni un saludo.
El silencio volvió a condensarse, como si hasta el aire contuviera la respiración.
Róngxuān sonrió, demasiado ancho, demasiado confiado.
—Este tipo de mujer me gusta más… ¡Oh cielos, me trajeron una bendición! Con ese físico especial, una mortal como tú sería increíble si se cultiva.
Maribel apenas levantó dos dedos.
Una cuchilla de viento nació de la nada. El corte en el brazo del cultivador fue profundo; la sangre cayó pesada.
—¿Tú… en qué momento? —sus ojos temblaron.
El joven tragó saliva, horrorizado.
La mirada de Róngxuān se volvió cruel.
—¿Te atreves a lastimarme?
—Tú mancillas mi persona primero. Vienes aquí a hacer un espectáculo —respondió Maribel sin elevar la voz.
El cultivador dejó caer su qi.
Era sofocante.
Maribel apretó los dientes, pero permaneció de pie.
Los ojos de Róngxuān se abrieron un poco más, sorprendido de que ella no cediera. Intensificó su aura.
Bofetada.
El vapor se elevó de la mano de Maribel.
La indignación del hombre explotó; su qi se agitó como una ola furiosa.
Pero antes de que pudiera moverse, un vértigo brutal lo interceptó.
Róngxuān perdió el equilibrio. Su pie izquierdo avanzó hacia la izquierda, su pie derecho hacia la derecha. Sus ojos bailaron descontrolados. Sus brazos se cruzaron sin sentido. Tropezó y extendió la mano hacia el cielo en vez del suelo.
El silencio cayó.
Se rompió solo cuando él vomitó.
Maribel bajó un dedo y suspiró.
—No puedes enfrentarte a alguien si no puedes distinguir las direcciones.
Alzó la mirada. El terror en los rostros cercanos era evidente.
Suspiró otra vez.
La multitud reanudó sus actividades, fingiendo no haber visto nada.
Maribel asintió para sí y tomó su plato.
—Ya puedes irte —le dijo al muchacho.
Él huyó despavorido.
La visión del joven corriendo hizo que Róngxuān apretara los dientes. Sintió que lo último de su dignidad se evaporaba.
Con un esfuerzo titánico, juntó su qi, lo condensó en el abdomen y logró ponerse de pie.
Maribel levantó la mirada de su comida. Estiró los dedos, casi perezosa.
Róngxuān volvió a caer de rodillas, tambaleándose como si el mundo hubiese girado bajo sus pies.
El murmullo del entorno se apagó cuando volvió a vomitar.
Maribel lo miró un segundo. Solo un segundo.
Luego regresó a comer con calma. El sonido del arroz, del caldo, de los cubiertos… era un juicio silencioso.
Cada bocado era un recordatorio: Él no valía ni un instante más de su atención.
Róngxuān, jadeante, humillado, con el orgullo hecho trizas, solo pudo observarla…fascinado. Enfermo de fascinación.
Finalmente, las frutas y platillos del asiento circular se acabaron.
Maribel juntó las manos.
«Supongo que debo agradecerle al creador del sistema… donde sea que esté ahora mismo.»
Se levantó y entregó el plato.
El chef lo recibió sin levantar la mirada.
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