Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Sistema de Evolución Universal - Capítulo 101

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Sistema de Evolución Universal
  4. Capítulo 101 - Capítulo 101: Una mañana con Maribel (III): La carreta y el buey.
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 101: Una mañana con Maribel (III): La carreta y el buey.

Maribel regresó al lugar de antes, pero el molestoso ya no estaba.

Se encogió de hombros y comenzó a caminar por la ciudad.

«Con solo una piedra espiritual podría irme de vacaciones un par de días…»

Observó los puestos, las casas, los colores, pero nada llamaba su atención. Cada calle era igual que la anterior.

«Mmmhh… Sistema, ¿estás ahí?»

Silencio.

«Lo suponía.»

Continuó sin rumbo, hasta que un sonido brusco rasgó la monotonía: un golpe seco, seguido de un grito.

La multitud se arremolinó en una esquina. Maribel dejó de caminar y giró hacia el bullicio.

Una carreta se había volcado; la rueda seguía girando torpemente en el aire. El buey que la tiraba estaba furioso, pateando el suelo, bufando.

Maribel se acercó sin apuro.

—Cálmate —ordenó.

El animal bajó la cabeza, dejando escapar un resoplido profundo. Ella extendió una mano, rozó el pelaje en la frente del buey, y este dejó de moverse.

La gente guardó silencio.

Maribel miró al hombre atrapado bajo la carreta.

Se agachó, la levantó con un solo brazo lo suficiente para que él pudiera arrastrarse fuera. La pierna izquierda estaba ensangrentada, la tela destrozada.

—Rayos… esto no me lo esperaba —murmuró mientras examinaba la herida.

Rasgó el resto de la tela, revelando el corte profundo.

Tomó un fragmento de madera, lo dobló hasta obtener una tira firme y ató un torniquete improvisado.

—Deja de llorar —pidió sin brusquedad.

—Carajo… tú no eres la que está sufriendo —sollozó él.

Suspiró.

—He visto cosas peores. Vas a vivir.

Él rompió en lágrimas.

—¡Estoy arruinado!

Por primera vez en toda la mañana, Maribel se detuvo. Lo observó en silencio. No con pena… sino con una comprensión muda.

«Este hombre no parece tener muchos recursos.»

Se incorporó.

—¡Vengan a ayudarme! —ordenó.

La multitud se quedó quieta, mirando al buey domado pero aún temible.

Nadie se movió.

Tres hombres finalmente se acercaron, aunque cada uno con ojos desconfiados.

—Llévenlo a un médico —dijo Maribel.

Los tres se miraron entre sí.

—¿Y qué ganamos con eso? —preguntó el más joven.

—No es nuestro problema —agregó otro.

Ella los miró incrédula.

—¿Quieren dinero por ayudar a este hombre?

—¿Y si es así? —respondió uno, encogiéndose de hombros.

Maribel bajó la mirada. Una sombra cruzó su rostro.

Cuando volvió a levantarla, su frialdad obligó a varios a retroceder un paso.

—Todos tenemos familia —dijo—. Y todos sabemos lo que haríamos si uno de ellos estuviera así.

El silencio cayó… hasta que una mujer dio un paso al frente.

—¿Cómo te ayudo?

Maribel señaló dos palos. Estos crecieron, reforzándose. Luego apuntó a las ropas acumuladas; se acomodaron como una camilla rudimentaria.

La mujer tragó saliva.

—Ayúdame a llevarlo —dijo Maribel.

La mujer dudó, pero tomó ambos extremos de la camilla.

Maribel elevó el cuerpo del herido con una corriente de qi y lo dejó caer suavemente sobre los palos.

«…Espera. Pude haberlo llevado así desde el principio.»

Antes de retractarse, la mujer ya tiraba de la camilla con esfuerzo.

Maribel se cubrió el rostro un instante, ocultando el rubor bajo el cabello, y avanzó cargando su lado de la camilla.

—¿Qué está pasando? —preguntó alguien mientras abrían paso.

—¡Hagan espacio!

La mujer jadeaba, pero seguía avanzando.

A las dos cuadras, sus manos temblaron.

—Ya no… puedo…

—Está bien —dijo Maribel—. Yo llevaré—

Un hombre irrumpió, apartó a la mujer con suavidad y tomó los palos con decisión.

Los ojos de Maribel se abrieron.

—¿Qué esperas? —dijo él—. Sigamos.

Ella cerró la boca, asintió y caminó.

Cinco cuadras después, el hombre se rindió.

Otro lo reemplazó.

Y luego otro.

Cuando el sol estaba aún a horas de su cénit, llegaron a una zona donde se atendía a humanos heridos.

Maribel sostenía la camilla con el corazón acelerado, pero con una sonrisa tranquila.

«¿Estás cansada?» preguntó de pronto una voz familiar dentro de su mente.

La sonrisa de Maribel se hizo más grande.

«Para nada.»

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo