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Sistema de Evolución Universal - Capítulo 103

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  4. Capítulo 103 - Capítulo 103: El buey y el dragón.
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Capítulo 103: El buey y el dragón.

La carcajada estalló sin aviso.

—JAJAJAJAJAJAJAJAJA…

En la habitación solitaria, la risa rebotaba contra las paredes como si intentara llenarlo todo.

La princesa se retorcía sobre las sábanas, rodando de un lado a otro con una energía demasiado viva para semejante encierro.

Maereth Rojo —la digna heredera, la hija del Dragón Rojo, la que jamás debía perder la compostura— tenía el rostro empapado de lágrimas.

—Ay, no… no me lo creo… —jadeó entre risas que amenazaban con desbordarla nuevamente.

Otro estallido la sacudió. Un espasmo alegre, casi infantil, casi desesperado.

Pasaron largos segundos hasta que consiguió exhalar un suspiro trémulo, como si la risa, al fin, le aflojara las cadenas del pecho.

—“La Maga del Buey Caído”… —repitió con una sonrisa incrédula, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Qué nombre tan malo… tan ridículo… tan… perfecto.

La silueta de la princesa quedó quieta por un instante, suspendida entre el brillo cómico del apodo y la curiosidad.

La habitación estaba en silencio, apenas iluminada por las velas que insistían en arder incluso cuando no había nadie que las mirara.

Maereth estaba recostada boca arriba sobre su cama, respirando entre restos de risas. El apodo todavía le zumbaba en la mente.

«La Maga del Buey Caído.»

Era un nombre ridículo. Un insulto elegante. Una broma que no debería haber despertado nada en ella.

Pero lo hizo.

Se llevó un brazo al rostro para cubrirse los ojos. En la oscuridad tibia detrás del antebrazo, el eco emocional floreció sin pedir permiso.

—No es justo… —susurró con la voz ronca.

Había algo en esa historia, en esa mujer a la que ni siquiera había visto, que golpeaba un hilo dormido dentro de ella. Una memoria prestada. Un gesto conocido. Una irreverencia que no debería existir en alguien tan débil.

«La actitud tomada por esta maga… eso haría Vireya.»

El pensamiento le cayó encima como una manta húmeda.

Maereth apretó los dientes.

No era lógico. No era racional. No era siquiera cómodo.

Pero era cierto.

«¿Cómo existe en el mundo alguien más que es así?»

Maereth se sentó lentamente. Sus dedos temblaban apenas.

Podría culpar al frío nocturno, pero la verdad era otra:

«Esto… me pesa en el corazón.»

Y aun así, no podía apartarse.

«Una mortal que quebró a un Jiāng. Una mortal que habló con desprecio, como si no supiera que había nacido para agachar la cabeza. Una mortal que después de todo… siguió comiendo.»

Maereth se llevó los dedos a los lacrimales.

«La muy insolente siguió comiendo.»

Dejó escapar una risa débil, rota en las esquinas. Le dolió el pecho. No supo si era nostalgia o un vacío que hacía demasiados años fingía no oír.

Extendió la mano hacia su escritorio. Tomó un pincel.

Tras respirar hondo, comenzó a escribir una carta.

Las palabras fluyeron con una calma que no le pertenecía:

[A Su Majestad Vaelithra del Corazón Eterno: Me gustaría solicitar permiso para presentarme en el Examen de Ingreso para el Pabellón del Umbral Correcto. Considero que, como representante de mi linaje, debo fortalecerme adecuadamente para honrar las responsabilidades de mi cargo. Asimismo, deseo estudiar más de cerca la estructura cultural y marcial de este reino, para no avergonzar mi procedencia en futuros intercambios diplomáticos. Y finalmente, Su Majestad, ruego que considere que la participación de una princesa extranjera podría estrechar aún más los lazos amistosos entre nuestros pueblos.]

Terminó de escribir.

Sopló suavemente para secar la tinta.

Luego, sin pensarlo demasiado, firmó.

«Es la excusa perfecta. La máscara perfecta. No me puede decir que no. Así también trato con mi objetivo principal en el Umbral: aquella anomalía de la cultivación.»

Selló la carta.

La dejó sobre la mesa.

Y luego se acostó de lado, abrazando una almohada como si necesitara sostener algo para no desmoronarse.

—…Quiero verla —susurró al vacío.

El susurro no sonó solemne. Sonó humano.

Y eso, para Maereth Rojo, era lo más peligroso de todo.

Una hora pasó.

El frío llegó antes que la figura.

El aire se volvió más claro, más puro. La escarcha se formó en las esquinas de la habitación, extendiéndose como pétalos de un loto que no existía.

Maereth no se movió. Ya sabía quién era.

La figura emergió del reflejo tenue de la ventana: un cuerpo de hielo tan perfecto que no parecía tallado, sino soñado.

Vaelithra habló con la serenidad de alguien que observaba más de lo que decía.

—Recibí tu carta, Maereth Rojo.

La princesa se incorporó lentamente, con la dignidad intacta.

—Majestad. Gracias por responder tan pronto.

—No acostumbro dejar a mis invitados esperando. —El clon caminó con suavidad casi líquida—. ¿Así que deseas unirte al Pabellón del Umbral Correcto?

—Deseo someterme al examen, sí.

Vaelithra ladeó el rostro apenas.

—Las razones que expones son… políticamente apropiadas.

Maereth mantuvo la espalda recta.

—Me esfuerzo por ser una invitada ejemplar.

Un silencio delicado cayó. No era pesado, ni amenazante. Simplemente… observador.

Vaelithra habló con un matiz de calma peligrosa:

—¿Qué esperas encontrar allí?

No era una acusación.

Sonaba a una pregunta sincera para alguien que nunca decía la verdad.

Maereth no retrocedió.

—Fortaleza, Majestad. Y un mayor entendimiento de este reino. El examen del Pabellón es respetado en todas las tierras que he visitado. Sería vergonzoso para mi linaje evitar un desafío que incluso los jóvenes de aquí enfrentan con orgullo.

La respuesta era impecable.

Pero no era la verdad.

La verdad era que quería ver a la mujer que quebró a un Jiāng como si fuera un muñeco mal construido. La verdad era que había reconocido, en una actitud ajena, una sombra de Vireya. La verdad era que quería, aunque fuera por unos días, existir en un lugar donde la vigilancia no la ahogara.

Vaelithra la miró.

No con desconfianza, ni con juicio. Sino con esa mezcla inhumana de ternura y distancia que pertenecía solo a ella.

Maereth tembló por dentro, una extraña emoción parecía querer aflorar en ella. Pero se mostró estoica por fuera.

La reina sonrió apenas.

—Bien —dijo al fin—. Tienes mi permiso.

Maereth sintió un pequeño alivio en el estómago. No lo mostró.

Vaelithra continuó:

—Pero recuerda esto, princesa del Dragón Rojo: el Pabellón del Umbral Correcto no se doblega ante linajes. Y lo que encuentres allí puede no ser lo que esperas.

Maereth bajó la cabeza.

—Estoy dispuesta a aceptarlo.

—No lo dudo.

El clon sonrió apenas, con esa amabilidad antigua que podía derretir estrellas o congelarlas para siempre.

—Descansa bien, Maereth. El examen comenzará pronto.

La figura se deshizo en nieve luminosa. El frío se retiró con ella.

La princesa quedó sola.

Exhaló lento.

Luego se permitió sonreír, apenas, con un brillo que mezclaba nostalgia y anticipación.

—Voy a verte… Maga del Buey Caído.

Manual para romper la compostura de un dragón :b

Ok no.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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