Sistema de Evolución Universal - Capítulo 104
- Inicio
- Todas las novelas
- Sistema de Evolución Universal
- Capítulo 104 - Capítulo 104: El fuego, el hielo y la calma.
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 104: El fuego, el hielo y la calma.
Los sonidos de la lucha retumbaban entre los árboles.
Amara salió disparada en el aire, rodando descontroladamente. Sus pies tocaron el tronco de un árbol y, con un destello azul bajo las suelas, se impulsó. La lanza describió un arco amplio, levantando la nieve del suelo. Chispas doradas estallaron cuando el arma chocó contra la espada de Richard; la nieve suspendida en el aire se derritió al instante.
Richard sonrió con superioridad.
—¿Así que esa es tu técnica?
Amara resopló y lanzó un puñetazo directo. El qi siguió al movimiento, creando una onda de impacto que expulsó la nieve detrás de ella. Pero su golpe jamás llegó.
Los pies de Richard se movieron con una calma insultante, desviando el ataque a un lado. Aflojó la fuerza en su espada, permitiendo que la lanza de Amara siguiera su trayectoria sin estorbo. Ella abrió los ojos, demasiado tarde, cuando Richard tomó el mango del arma.
La distancia entre ellos se volvió letal.
Richard golpeó.
Amara elevó la rodilla en el último instante. El impacto la lanzó hacia atrás; aprovechó el impulso, giró en vertical y pateó hacia la mandíbula del espadachín. Richard esquivó por un suspiro.
Antes de completar el giro, Amara clavó la lanza en el suelo y quedó colgada boca abajo. Giró en 360º, lanzando una patada rotatoria. Richard liberó una ráfaga de qi que detuvo el giro, luego contraatacó con un corte veloz.
Amara se impulsó al cielo usando la lanza como soporte, esquivando por centímetros. En pleno ascenso, movió los dedos: el arma respondió, flotando bajo su control.
Mientras caía, abrió un punto ciego.
Richard agitó la mano; una llamarada brotó como un sol breve, cegándola apenas un instante. El corte vino después, directo y limpio.
La lanza regresó a toda velocidad. Amara apenas rozó el mango con la punta del pie y se dejó arrastrar por el arma, escapando del filo por el grosor de un cabello.
El corte de Richard viajó kilómetros, borrándose entre árboles. Con una patada al aire, saltó más alto que el bosque entero. Desde allí vio a Amara avanzando sobre la lanza, flotando como un cometa azul.
Él rodó los ojos, luego sonrió.
Apuntó la espada.
Bam.
El aire estalló. Cada rugido del viento dejaba cráteres profundos en la nieve.
—Tsk… qué problema —murmuró Amara.
Movió los dedos; decenas de esferas de nieve reforzada se elevaron para interceptar los impactos. No sirvió de nada: fueron pulverizadas al instante.
Amara entrecerró los ojos y dejó que su qi la arrastrara bajo la nieve.
Richard detuvo su embestida a distancia y cerró los ojos, buscando.
De pronto giró, espada en alto, liberando un arco de fuego hacia el suelo.
Sus ojos se abrieron: era una trampa. Una masa sólida de nieve reforzada había recibido el golpe sin derretirse.
«¡Atrás de mí!»
Richard volteó con urgencia y cortó.
*Clin*
Amara emergió, arrodillada, bloqueando con el mango de la lanza.
La espada estalló en fuego azul. La nieve a lo lejos se derritió por el calor, pero la nieve cercana a ella no cedió. Amara sintió el corazón acelerársele ante ese brillo. Sonrió.
El mango de la lanza se pegó al filo de la espada.
Richard abrió los ojos, incrédulo.
Amara tiró con fuerza. Richard se negó a soltar el arma.
Cuando la lanza empezó a ceder por el calor, Amara saltó con una patada al estómago como final. Pero sus ojos se abrieron en pleno aire.
Richard atrapó su pie.
Y la zarandeó de un lado a otro, como si fuera liviana.
Amara extendió la mano y lanzó pulsos de qi. Él los esquivó sin perder el ritmo, así que ella cambió de táctica: los usó para impulsarse. Un sonido seco crujió en el aire, como una rama partiéndose.
Los ojos de Amara se abrieron; apretó los dientes y giró en el aire, alcanzando a propinar una patada en el rostro de Richard. Cayó apoyada en un solo pie; el otro colgaba torcido.
Mientras Richard volaba hacia atrás, ella envió la lanza como una flecha hacia su cuello. Él respondió con un pulso de qi desde todo su cuerpo, pero la lanza reconfiguró su trayectoria para perseguirlo.
Entonces ocurrió.
Un aplauso retumbó en todas las direcciones, creando una onda expansiva que los aturdió a ambos.
La pelea se detuvo.
—Suficiente —dijo Sofía—. Esto es un empate.
—¡¿Qué?! ¡Estaba por ganar! —reclamó Amara.
Sofía apuntó a su pie roto.
Amara resopló.
—Esto no es nada. Se curará pronto. Y aún puedo pelear.
Sofía suspiró.
—Siente el calor.
Amara miró la nieve bajo ella. Había pequeñas chispas de fuego azul. Tragó saliva y flotó hacia arriba. Desde la altura lo entendió todo.
Richard la miraba con una sonrisa petulante, brazos cruzados.
Cuando ella estuvo lejos, él chasqueó los dedos.
Un remolino de fuego explotó hacia arriba, vaciando la nieve, devorando el aire. Quedó al descubierto un cráter gigante, profundo, de tierra pura. No quedaba rastro de nieve.
Amara suspiró, derrotada.
—¿Cómo rayos? Esto no es justo.
—Lo dice quien ve el futuro —respondió Richard, con ironía.
Amara lo fulminó con la mirada y se sentó en una roca, abrazándose. El pie roto colgaba.
—No lo entiendo… —murmuró—. Soy mejor luchadora que tú.
Richard alzó una ceja. No respondió.
Sofía hizo un gesto. La nieve se elevó, formó una esfera y luego se derritió por completo. El agua flotaba en el aire.
—Hidrátense. Dejen de discutir.
Amara estiró un dedo y una tira de agua salió flotando, como un fideo translúcido.
Richard bebió metiendo las manos como si se lavara la cara.
—Oye, Amara —dijo él—. La próxima vez pelea con Sofía.
Ambas se quedaron mirándose.
Los ojos de Amara dijeron “ni loca”.
Los de Sofía, “cuando quieras”.
—¿Por qué? —gruñó Amara—. Ella solo explotaría todo hasta que se quede sin nada que lanzar.
—Precisamente por eso —dijo Richard—. Quiero que ustedes dos entrenen.
—Entrénala tú —respondió Amara, indignada.
Richard suspiró.
—No podría. Temo dañarla.
Amara bajó la mirada a su pie fracturado. Hizo una mueca.
—Qué desafortunado por ella entonces. Yo la golpearé por ti. —la joven lancera se cruzó de brazos y pensó.
«Ella no hace ataques inevitables después de todo.»
El viento sopló fuerte. La nieve se agitó. La atmósfera se tensó, como si una tormenta fuera a desatarse…
Pero de repente todo se calmó.
Los tres giraron al mismo punto.
La calma llegó antes que la persona.
A lo lejos, en una zona donde la tormenta se abría, caminaba una mujer. La nieve se apartaba ante ella.
Pasaron minutos hasta que llegó.
Ella sonrió, ladeando la cabeza.
—¡Hey! ¿No me invitaron a entrenar? —dijo con una ironía suave—. Qué malos.
Sofía rodó los ojos.
Amara sonrió.
Richard se rascó la cabeza.
Luego apuntó su espada.
—Entonces ven, Maribel. Entrenemos.
Ella sonrió levemente.
—Primero entrena tu voluntad.
Los ojos de Richard se desenfocaron. La espada se le cayó.
Maribel pasó junto a él y le golpeó el hombro con suavidad.
—Ya te gané —dijo divertida.
Richard recogió la espada. Las llamas volvieron a sus ojos, pero al mirar la espalda de Maribel, el fuego vaciló.
Ella no lo miraba; aun así, su voluntad se rompió.
El espíritu ardiente de Richard se apagó sin explicación.
Él apretó los dientes, intentando despertar el qi, pero nada salió.
—¿Qué es esto? No solo me arrebatas la voluntad de pelear… ¡también mis técnicas!
Maribel levantó una ceja.
—Solo te quito la voluntad. Tu cuerpo es el que se niega a usar las técnicas. Por eso te dije que entrenes tu voluntad primero.
Se sentó junto a Amara, y apuntó a Richard con el dedo.
—Otra vez.
Richard suspiró, desenfundó la espada, la volvió a guardar de inmediato.
—Otra vez —repitió Maribel.
Minutos pasaron así.
Al final del tiempo, Richard cayó de rodillas, jadeante.
—Por los cielos… ¿De que sirve esto?
Maribel levantó una ceja.
—El cuerpo se mueve, pero es el espíritu quien lucha. Así que te fortalezco entrenándote así —ella sonrió amablemente— pienso ayudarlos a todos de esta forma.
Los tres temblaron.
Richard miró a Sofía.
—He cambiado de idea… —respiró—. Quiero entrenar a Sofía.
Los ojos de Sofía se abrieron como platos.
Sonrisa nerviosa, manos rezando.
Escondidos en la nieve, el grupo de cuatro personas pulían sus habilidades. Pese al frío, tres cayeron sudando sin haber blandido sus armas. La última, estaba sentada en la nieve; soportando el frío, piernas cruzadas, con los nervios presionados; aguantando con un cuerpo mortal.
Maribel abrió los ojos con pesar, sus cejas temblaron. Su expresión de dolor se tornó en desconcierto.
«¿Qué le pasa a mi cultivo? ¿Este núcleo requiere tanta energía?»
Desde el abdomen, algo ascendió hasta su pecho, apretándole el corazón. Era una sensación extraña, como si un punto diminuto dentro de ella tirara hacia sí todo lo que alcanzaba.
Ella suspiró y continuó meditando.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com