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Sistema de Evolución Universal - Capítulo 116

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  4. Capítulo 116 - Capítulo 116: Formando Equipos (II): Preludio.
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Capítulo 116: Formando Equipos (II): Preludio.

Las nubes del amanecer apenas se habían disipado cuando las campanas del Pabellón del Umbral Correcto resonaron sobre la Ciudad del Reposo. No era un sonido metálico, sino un pulso profundo, como si el mismísimo reino respirara. A cada toque, las barreras espirituales alrededor de la plaza se encendían en círculos sucesivos, formando una red de luz clara que bastaba para hacer olvidar, por un instante, la tormenta de días atrás.

Vaelithra permanecía de pie en el borde superior del Pabellón, elevada sobre todos.

No llevaba corona. No la necesitaba.

La luz del amanecer se filtraba detrás de ella, delineando la silueta que el mundo conocía como la Diosa del Corazón de Hielo, pero no era frialdad lo que reinaba en su mirada hoy, sino determinación.

El examen debía comenzar. La moral del reino lo necesitaba.

A su alrededor, las formaciones de círculos mágicos empezaban a activarse. A primera vista eran solo líneas plateadas flotando en el aire. Solo los más atentos podían ver que cada trazo llevaba fragmentos de memorias del reino: batallas ganadas, juramentos de libertad, voces de niños nacidos sin cadenas. Cada línea estaba viva. Cada círculo tenía un propósito.

Una transmisión a escala nacional.

—Con esto será suficiente —murmuró Vaelithra, extendiendo la mano sobre el círculo central.

El núcleo de la formación respondió como un latido. La energía fluía. Los canales estaban abiertos.

Justo cuando iba a estabilizar el flujo, una ondulación abrupta sacudió los niveles superiores de la plaza. Fue suave, pero cargada de autoridad, como la caída de una pluma capaz de partir una montaña.

Vaelithra elevó la mirada antes de que la figura se materializara.

Una grieta de luz azul oscuro se abrió en el aire, silenciosa como un pensamiento. Y de ella emergió un hombre joven, vestido con una túnica que no pertenecía a ningún reino conocido públicamente. El emblema en su hombro —tres líneas cruzadas por un punto vacío— solo podía significar una cosa:

El Consejo de la Voz del Universo.

Pero el aura del recién llegado no coincidía con la habitual arrogancia ceremonial de los enviados oficiales. Tenía los ojos inyectados del esfuerzo de un viaje prohibido y la respiración controlada con disciplina casi desesperada.

Vaelithra descendió un paso, sin perder altura ni imponencia.

—Oras —dijo, reconociéndolo sin necesidad de presentación—. No esperaba al Consejo hoy.

Él inclinó la cabeza con una reverencia apresurada, demasiado baja para ser diplomática y demasiado sincera para ser política.

—Su Majestad Vaelithra… mi visita no debe ser registrada. Ni vista. Ni mencionada.

La reina arqueó una ceja.

—Y aun así apareces en el centro de mi formación pública.

—No había otro modo de alcanzarla antes de que la activara —respondió Oras—. Y… traigo una orden que no viene del Consejo. Ni de ningún reino. Ni del Cielo.

Vaelithra permaneció inmóvil, pero la formación bajo sus pies vibró como si de pronto la temperatura hubiera descendido.

—Habla.

Oras tragó saliva. El sudor le corría por la sien pese al clima templado. Se acercó un paso, suficiente para que solo ella pudiera escucharlo.

—La Voz del Universo me envió con un solo mandato: debe permitir que la transmisión sea visible más allá de sus fronteras.

Vaelithra lo miró sin pestañear.

—¿Interrumpir las barreras soberanas de mi reino? No.

—Majestad…

—No.

La respuesta cayó como una sentencia.

La formación se reforzó, respondiendo a su voluntad. Oras dio un paso atrás al sentir el filo helado de su aura.

—El mundo está quebrado —insistió él—. Si no lo hacemos, los rumores seguirán, crecerán… y las grietas también. Esto es una petición del universo mismo.

—Acepto mostrar la fuerza de mi reino. A mi gente. No a quienes desean su caída.

Oras abrió la boca para replicar, pero una tercera voz lo silenció. No una voz humana. Ni una voz divina en el sentido tradicional.

Fue un sonido que no provenía de aire ni de energía, sino de la estructura misma del mundo.

Un murmullo sin timbre. Una frase sin palabras. Un pensamiento sin dueño…

…y sin embargo, dueño de todo.

La formación luminosa se oscureció de pronto. Los círculos temblaron. La realidad pareció inhalar en calma, como si nada más que ese sentimiento importara.

Vaelithra dio un paso al frente sin querer hacerlo. Oras cayó de rodillas.

Una mirada se posó sobre ellos. Todo pensamiento se comprimió, incluso pensar en hablar se volvió difícil.

«Permite que la mirada del mundo contemple lo que debe ser visto.»

El eco se expandió en silencio, como si su fuerza estuviera contenida deliberadamente para no deshacer el reino entero.

Oras apretó los puños.

Vaelithra entrecerró los ojos. Durante un instante, su corazón latió con una mezcla de sorpresa y… temor. Un temor antiguo, casi olvidado.

El mensaje no había terminado.

«Pero ninguno de sus hijos llevará estas imágenes a los dominios del Dragón Rojo.»

Vaelithra apretó los puños. Encontró las palabras para formular una pregunta.

—¿Por qué… expondría… a mi reino?

La sensación extraña desapareció, permitiendo que los pensamientos fluyeran con naturalidad. Pero la mirada no se fue.

«Corazón eterno, planeé esto con esfuerzo. Es mi única forma de salvar a quienes el cielo quiere muertos. Solo así puedo cumplir la promesa de felicidad.»

La reina abrió los ojos con sorpresa.

—¿Tú… piensas limpiar el mundo? Eso es imposible.

La voz respondió con un dejo de ironía.

«No es imposible, solo inútil. El cielo no aceptará perdonar los pecados, sin la limpieza del corazón.»

Un tono de tristeza se filtró en la voz.

«Todos se dejaron engañar por las raíces y hierbas mágicas… olvidando la verdadera purificación. Pero yo solo puedo abrir los ojos del mundo, no guiarlos.»

Oras tembló al presenciar esta conversación. Entendió porqué el universo lo envió en secreto.

Vaelithra contempló. Al levantar la mirada, se vio a sí misma en otro espacio. Su mente dejó ese cuerpo, habitando uno distinto.

En un mundo helado, una corona de hielo se movió. Una elfina alzó la cabeza, mirando a los tres mil mundos. Las galaxias se extendías ante sus ojos como luces, luego una se agrandó hasta mostrar el séptimo universo.

Aquella elfina suspiró. Un pilar amarillo surgió y se elevó en el cosmos, dejando atrás infinitas galaxias. Cuando regresó, volvió a pisar el frío hielo. Su suspiro se sincronizó con la reina en La Ciudad del Reposo.

«¿Terminaste de indagar?» preguntó la voz.

Vaelitrha asintió.

—Ni cerca de encontrar tu paradero. —susurró la reina.

Ella extendió las manos.

La formación completa se iluminó como un amanecer. Las líneas plateadas se tornaron doradas. Los círculos giraron. Y la transmisión comenzó a expandirse más allá de las fronteras, obedeciendo la instrucción que ninguno de los presentes podía desobedecer.

En muchos reinos, la señal fue interceptada; las imágenes se proyectaron sobre los cielos de distintas naciones

Vaelithra exhaló lentamente.

—Entonces… así será.

Oras, aún de rodillas, no se atrevió a levantar la cabeza.

A lo lejos, en el interior del bosque sagrado, las nubes comenzaron a separarse, como si el examen esperara la señal definitiva para abrir su camino.

El Pabellón del Umbral Correcto había despertado.

Y el mundo entero —menos un reino condenado— estaba a punto de verlo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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